Este fotorreportaje da una idea del trabajo de monseñor Nicolás Castellanos en el Plan Tres Mil de la capital cruceña. Allá, jóvenes y niños impulsan con música sus vidas.
Texto y fotos: Patricio Crooker
Después de ensayar sentado en la esquina de su cama, Ariel Peláez lustra sus zapatos para tenerlos listos para un concierto en la Catedral. Con tan sólo 15 años de edad y un año de experiencia tocando la trompeta, ya es jefe de filas en la Orquesta Hombres Nuevos, cuyos integrantes se han convertido en todo un símbolo de cambio y de superación en la ciudadela Andrés Ibáñez.
Ubicada en la periferia marginal de Santa Cruz, en esta zona —conocida popularmente como Plan Tres Mil— sólo hay dos avenidas asfaltadas y el 60 por ciento de la población vive en la pobreza, mientras que el otro 40 lo hace en la miseria. La música, sin embargo, ha logrado traer sonidos de esperanza.
Pese a las carencias —se practica en un lugar con paredes forradas con esponja para mejorar la acústica y con apenas un par de ventiladores—, decenas de jóvenes se reúnen todas las tardes en la escuela de música creada por el padre Nicolás Castellanos hace seis años.
Lo hacen por alcanzar un sueño, el de cambiar de vida, el de poder acceder a la universidad, y por ese deseo común los jóvenes con más experiencia enseñan a los más niños, todo bajo la batuta de Carlos Cifuentes, el director del conjunto.
Hoy, tienen hasta un luthier —artesano constructor de instrumentos— y en total son más de 20 muchachos en la orquesta central y 50 están en formación, lo que les ha permitido ofrecer conciertos en templos emblemáticos como el de Urubichá, donde empezó todo.
Ariel sale ya de casa a una calle llena de arena. No faltan los nervios. La nueva presentación espera.