Andinistas expertos hacen un repaso por las penurias, los secretos y las vivencias que les acompañan en su paso firme por las cumbres del país.
Texto: Inés Ruiz del Árbol • Fotos: Asociación de Guías de Montaña
Si se dormían, lo hacían para siempre. La madrugada, cerrada, les había sorprendido en una de las paredes rocosas más difíciles del Huayna Potosí, debajo del glaciar. La única opción era guarecerse en un pequeño saliente, donde apenas cabían los dos. Agarrados al abismo pasaron la noche más larga de su vida con el único objetivo de permanecer despiertos, evitando caer en el vacío inmenso de los nevados más altos. Con los huesos entumecidos, la cara cortada por el viento y un extraño temblor por todo el cuerpo, consiguieron amanecer con los ojos abiertos. La subida continuó con las primeras luces, pero los sonidos de aquellas trágicas horas y la visión de un final cercano les han perseguido durante años, en cada ascensión.
Eran Carlos Escóbar y José Callisaya, dos escaladores bolivianos que llevan décadas haciendo de la montaña su modo de vida. Illimani, Huayna Potosí o Condoriri son sólo algunos de los seismiles que engordan actualmente su currículum, plagado de ascensiones a cerros donde son muy pocos los montañeros que se arriesgan a clavar sus crampones y sus piolets.
Y es que la preparación que exige subir una montaña de estas características no se consigue de un día para otro. Conocimientos de primeros auxilios, glaciología, orientación, escalada y una buena forma física son los requisitos mínimos que se necesitan para ver el mundo desde una óptica diferente, a más de 6.000 metros de altitud.
Pero Escóbar y Callisaya no están solos en la tarea, y junto a otros amantes del riesgo forman parte de la Asociación de Guías de montaña de Bolivia. Y su director, Gonzalo Jaimes, conoce muy bien la importancia que tiene que un montañero esté bien preparado para encarar los colosos. ´Hay muchos jóvenes, sin embargo, que suben a la montaña sin conocerla, y no son capaces de anteponerse a los peligros. Corren riesgos innecesarios´, lamenta.
Por ello, se ha creado la Escuela de montaña, que ofrece preparación a aquellos que quieren disfrutar de las altitudes de forma consciente.
La escuela, además, se ha convertido en una entidad reconocida a nivel internacional para la formación de guías profesionales, y países vecinos como Chile, Ecuador y Venezuela la asumen como tutora.
Uno de sus cursos más conocidos, caracterizado por su exigencia técnica, es el de aspirante a guía de montaña, que dura dos meses al que acude gente con cierta experiencia en escalada en roca, hielo y nieve. Y, una vez aprobado, uno dispone de dos años para alistarse para el de guía, que de desarrolla en Chamonix (Francia). ´Este último es muy duro —avisa Gonzalo—, son pocos los que consiguen finalmente el certificado que les acredita´.
Bautizando nuevas rutas
Es precisamente con los montañeros ya profesionales con los que Gonzalo disfruta más la escalada. Con ellos, procura salir a abrir nuevas rutas cada vez que puede. ´Con mis clientes no es lo mismo. A veces, me aburro porque cubrimos rutas sencillas, que ya conozco. Sin embargo, con alpinistas expertos experimentamos cosas diferentes buscando caminos inexplorados´.
Algunos de los más complejos del territorio boliviano han sido incluso bautizados por ellos mismos. Es el caso de ´Me vuelve mono´, ´una ruta llamada así en honor a un comercial publicitario que nos hacía gracia´, explica José Callisaya.
Otra ascensión, la denominada ´De los bolivianos´, es un homenaje al grupo de escaladores de la asociación. ´El nombre lo pusieron unos montañeros extranjeros que llegaron después. Nosotros estábamos demasiado ocupados intentando salir de allí como para ponerle un nombre´, añade José.
´Escuela de las vizcachas´ es otra de las vías abiertas. ´En esta ocasión, la bautizamos así porque está repleta de estos animales, que además escalan sin cuerdas y sin nada´.
Y Édgar Martínez, otro apasionado de las escaladas, no quiere dejar de lado en esta enumeración uno de los picos de Quimsa Cruz, una cordillera al sur del Illimani. ´Se trata de los \'Cuernos del diablo\', y fuimos los primeros bolivianos en hacer cumbre, en el año 93. Antes sólo lo había superado un grupo de alemanes.
En aquella época, el alpinismo estaba comenzando a despuntar en el país, pero no se contaba con buenos materiales de montaña. ´Hicimos cumbre con instrumentos elaborados a mano por nosotros mismos´.
Esta experiencia fue muy importante para todos, tanto que Gonzalo tomó prestada la silueta de esta montaña para elaborar el logotipo de las prendas de montaña que vende en la calle Sagárnaga.
Y hoy, con el aprendizaje adquirido tras años de grandes y pequeñas expediciones, los guías como Gonzalo son capaces de atender aquellos imprevistos que surgen cuando uno está a más de 5.000 metros de altura con montañeros.
´El mayor problema con el que nos enfrentamos en Bolivia es la adaptación de la gente a la altura. Por eso, debido a la falta de aclimatación, hemos tenido varios casos de edemas pulmonares y cerebrales. Todo comienza con un vulgar dolor de cabeza y continúa con falta de coordinación física y mental. Pero nosotros sabemos cómo identificarlo y, cuando es así, no permitimos que el cliente siga, pues de hacerlo la muerte es una cuestión de horas´, dice Gonzalo. ´También nos hemos enfrentado, a veces, a congelaciones que han terminado con amputación´.
El ataque a la cumbre
Cada ascensión se inicia con el acercamiento al campo base, parada obligada para los montañeros. Es habitual que los alpinistas vayan acompañados por mulas, llamas o porteadores, estos últimos personas de las comunidades aledañas que transportan mochilas y provisiones hasta llegar al campo alto durante el período invernal.
Desde allí, el siguiente paso es la conquista de la cumbre, y es entonces cuando la labor del guía se hace fundamental, pues es el que tiene que dar seguridad a todo el mundo.
´Por lo general —comenta Gonzalo—, utilizamos cuerda, arnés, piolet y mosquetones. También son indispensables los crampones, que son una especie de pinchos que se colocan en las botas para garantizar un mejor agarre al hielo´.
Todo esto representa una garantía para no caer en las grietas de los glaciares o rodar sin rumbo fijo por las laderas nevadas, hecho que ya ha sucedido con montañeros inexpertos que no tomaron precauciones.
Rescates imposibles
Relacionado al tema, están los rescates de alta montaña, labor para la que los guías suelen ser requeridos. ´Hace algunos años, por ejemplo, se perdieron unos japoneses. Iban solos y cayeron unos 200 metros al vacío, rompiéndose la clavícula y varias costillas —cuenta Gonzalo—. Nuestra respuesta fue inmediata. Primero llegaron dos personas para auxiliarles y después dos montañeros con camillas comenzaron la difícil tarea de descender cargando con los heridos, aprovechando su adecuado conocimiento del medio´.
Cuando maniobrar es complicado, entre tanto, lo que se hace es usar poleas o armar camillas ultraligeras con la ayuda de cuerdas.
Al respecto, Carlos Escóbar sabe muy bien lo que es mover un cuerpo, sobre todo uno sin vida. ´Es una tarea titánica para la que se pueden necesitar incluso diez personas, sobre todo porteadores. Y el costo de la operación es alto´.
Por eso, en la mayoría de los casos, por las dificultades propias del terreno, lo que se hace es enterrar al difunto en una tumba de hielo o en una grieta, con lo que las montañas mismas hacen de improvisados nichos, de cementerios naturales.
Y es que no es fácil el día a día del montañero, quien, además de disfrutar de las emociones fuertes y los parajes inolvidables, tiene que lidiar con un sinfín de sinsabores.
Al hablar del asunto, Carlos Escóbar no puede evitar mirar al infinito y echar un suspiro lentamente. ´Todos aquí hemos perdido a algún amigo —confiesa—. En cierta ocasión, fue uno que estaba practicando para el curso de guía. Resbaló y cayó. Nos impactó mucho´.
Al contarlo, sin embargo, se impone la dureza, marcada en su piel, curtida, por el sol de las cumbres. Sus pupilas han visto demasiadas cosas, como todas las de aquellos que dedican su vida a recorrer las cumbres y a mostrar la vida más allá de los 5.000 metros de altura.
Son personas que saben cómo responder a una avalancha, que saben orientarse en medio de una niebla espesa, dormir a la intemperie y colgarse de una pared de líneas verticales sin inmutarse. Y, en definitiva, es gente que disfruta nada más que con el simple hecho de ayudar a otros a coronar una montaña.