En los últimos procesos electorales, especialmente en las últimas elecciones presidenciales y en las elecciones para miembros de la Asamblea Constituyente, se ha reproducido el fenómeno que muestra al Movimiento al Socialismo, partido gobernante, sobrepasando la mayoría de la votación y, por otro lado, a los denominados partidos de la oposición en un decrecimiento progresivo. El fenómeno parece ir vislumbrando una tendencia hacia un cierto monopartidismo en el que la mayoría gobernante tiende a ocupar todos los espacios, tanto del sistema político, como social o económico.
En este escenario, la llamada oposición política ha carecido de suficiente capacidad para articular una labor opositora dentro de un marco democrático del poder. En muchas circunstancias se califica a la “oposición” como el pequeño resto de fuerzas políticas con las que la fuerza dominante, en este caso el Movimiento al Socialismo, debe negociar ciertas cuotas de poder, o leyes nacionales, debido a que no cuenta con los dos tercios del Poder Legislativo.
Esta función de oposición se aleja completamente de la idea que se tiene de esta labor en un marco democrático del ejercicio del poder. El gobierno democrático exige pluralismo, búsqueda de consenso, negociación y acuerdo. A ello se debe sumar la labor ciertamente constructiva y propositiva de la oposición en función de ofrecer o participar en la construcción de un proyecto nacional que pueda reunir a la mayor parte de la ciudadanía del país.
Y lo que ha caracterizado la política boliviana en muchos de los momentos esenciales de su historia es la formación de ciertas hegemonías político partidarias que han implantado modelos políticos alejados del debate político, de la inclusión de sectores institucionales, y de instancias de la sociedad en su conjunto. La tendencia en estos momentos siempre fue la de homogeneización del país, intentando ver la única salida por la vía de un centralismo secante y un monocolor político. Todo ello contrariando un país intercultural y diverso.
En este sentido la tarea opositora no debe ser puramente la negociación para los dos tercios del Congreso a la hora de aprobar leyes, sino la de contribuir a la construcción de un proyecto nacional consensuado, valedero y beneficioso para el país en su conjunto. Esta tarea parece haber desaparecido del nuevo escenario político nacional.
Por todo ello quizá ha llegado el momento de refundar muchas de las mediaciones políticas, ya no simplemente para democratizarlas internamente, sino para dotarlas de instrumentos necesarios para convertirse en alternativas viables al destino del país. Esta es una alta responsabilidad política, en un marco democrático.
*René Cardozo es sacerdote jesuita y diplomado del Instituto de Estudios Políticos de París.
Modificar el art. 1 de la Carta Magna
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Urgencia absoluta
La decisión israelí de aplazar una masiva ofensiva terrestre en Líbano, aprobada por su Gabinete de Seguridad hace dos días, representa una tenue esperanza para que Naciones Unidas irrumpa al fin en la guerra