Niños de entre tres y quince años que provienen de estratos pobres y comunidades rurales tienen ahora una oportunidad y un sitio donde dormir.
Texto: Inés Ruiz del Árbol Fotos: David Guzmán
Cristian tiene cuatro años, los mofletes rojos y la mirada perdida. Corre hacia la hermana Silvia y se recuesta en su regazo, buscando una atención casi maternal. Después de este arrumaco cotidiano, sus pasos se alejan por el pasillo mientras Silvia le sigue con la mirada. “Ha tenido una historia dura. Pedía limosna con su mamá, que tenía muy pocos recursos”, susurra con su acento inglés, como si se tratara de una oración. La de Cristian es sólo una de las 25 historias clandestinas que conviven dentro de las cuatro paredes de la casa de El Negro José, donde se intenta dejar atrás un pasado que no siempre fue fácil.
En el patio, varios niños comen mandarinas a la espera del comienzo de las clases de apoyo extraescolar. En ellas reciben la formación necesaria para poder seguir correctamente sus lecciones de la escuela, ya que antes muchos de ellos pasaron años sin pisar un aula. Lamentablemente, el trabajo ha copado gran parte de sus vidas, pues la mayoría de estos chicos proviene del área rural de Oruro, donde el empleo infantil está a la orden del día.
Ahora, lejos de ese mundo, disfrutan de una realidad distinta. Y la infancia, que de un modo u otro les fue negada antes, está volviendo otra vez a surgir en sus tímidas sonrisas.
La hermana Silvia es testigo de este cambio. Esta misionera religiosa de origen anglosajón lleva cinco años trabajando en el albergue como administradora del centro y educadora de los pequeños, que tienen edades que oscilan entre los tres y los quince años. “Soy casi como una mamá para ellos, y a veces me tengo que poner estricta, pero también soy como una hermana, como una amiga”, confiesa.
Abanico de actividades Los niños han llegado al albergue por razones muy diversas. Algunos vivían en la calle, abandonados y sin ningún tipo de recursos. Otros provienen de familias pobres, donde se veían obligados a trabajar para ayudar a la economía del hogar. Y a todos el encontrar el albergue les ha dado esperanza y ahora sueñan con un futuro mejor.
La jornada de los chicos comienza hacia las siete de la mañana, cuando suena rotundo el despertador en las dos estancias del albergue.
A las ocho, los mayores tienen que ir a la escuela, y los más pequeños aguardan a los educadores de materias preescolares. El equipo del centro cuenta al respecto con ocho profesores, que consideran a los niños como parte de su familia.
En el albergue, por otro lado, también se han implementado talleres de computación, de corte de pelo, de música, baile y deportes.
La hermana Silvia, además, siempre anda en busca de nuevas ideas. “Tenemos la intención de hacer títeres y teatro, para fomentar el lado artístico de los niños, pero no queremos descuidar el aprendizaje en cuanto a la cocina y las labores domésticas”, explica.
No perder las raíces En la pequeña gran familia que se ha creado en el albergue, que lleva 12 años funcionando, cada uno de los chicos tienen necesidades diferentes. “Con los más pequeños hay que tener paciencia y darles mucho cariño. Los adolescentes están en una edad complicada, y a veces se hace imposible lidiar con ellos, aunque luego todo son satisfacciones”, sintetiza la hermana Silvia.
Con todos, entre tanto, el objetivo es común: conseguir que los niños no pierdan sus raíces y mantener, en la medida de lo posible, el contacto con sus familias. La mayoría son chipaya, una de las culturas más antiguas del altiplano, con una lengua y costumbres propias.
Por eso, la hermana y los educadores procuran que los niños visiten sus pueblos en la época de las vacaciones y los fines de semana.
Pero Silvia no está satisfecha y quiere seguir dando su apoyo a los pequeños también cuando salgan del albergue. “Me gustaría ayudarles a buscar alguna beca para que sigan con su formación, para que puedan mejoras sus vidas”, dice.
En el patio, mientras, los niños juegan al fútbol. Seguramente muchos de ellos hasta hace poco no imaginaban que iban a hallar la infancia que les fue negada por años.