El cuestionario del Censo Nacional de Población y Vivienda del año 2001 contenía una pregunta poco afortunada que dio lugar a uno de los equívocos más lamentables de nuestra historia reciente. Se nos preguntó a las bolivianas y bolivianos con qué grupo étnico nos identificábamos y, como se trataba de una interrogante con respuesta múltiple cerrada, las opciones que nos dieron fueron quechua, aymara, guaraní o ninguno. No existía la posibilidad de responder mestizo o cholo.
Menos mal que a los autores del cuestionario no se les ocurrió preguntar sobre las preferencias religiosas o sexuales de las ciudadanas y ciudadanos. Imaginemos la pregunta de a qué religión nos sentimos más afectos y que las respuestas posibles sólo hubieran sido espiritualidad andina, judía, musulmán y budista, sin consignar católica o cristiana protestante. De igual manera, si al averiguar sobre las preferencias sexuales de nuestros compatriotas, hubiésemos dado sólo las opciones de homosexual, bisexual y ninguno, sin la posibilidad de contestar heterosexual. Las conclusiones obvias hubiesen sido muy cuestionables. ¿Tal vez estuviéramos persuadidos, hoy día, de que el 64% de las bolivianas y bolivianos nos autodefinimos como ´espiritualmente andinos´? o, cosa grave, ¿que un porcentaje cercano al 90% no posee ninguna preferencia sexual?
Saber preguntar es un verdadero arte del cual parte la investigación científica, en especial aquélla relativa a indagar las percepciones, los hábitos, las creencias, los comportamientos y la filosofía de las personas. Una pregunta mal planteada dará siempre como resultado una respuesta equívoca y distorsionada. A veces, como el caso que nos ocupa, con consecuencias muy severas para la disposición y el manejo de la información pública.
En efecto, a partir de la conclusión del Censo del 2001 que afirmaba que el 64% de las bolivianas y bolivianos ´se identifican como indígenas´, se convirtió en un lugar común afirmar que Bolivia es un país predominantemente indígena, con minorías blancas y mestizas. Una de las consecuencias lógicas de ese tipo de información fue que había llegado la hora de que en nuestro país gobiernen las mayorías, es decir, los indígenas.
Como ya dijimos en un artículo anterior, la falacia ha empezado a desmoronarse. Una investigación muy seria y competente realizada por el profesor Seligson de la Universidad de Vanderbilt, ha demostrado que cuando a las bolivianas y bolivianos se nos da la opción de responder que somos mestizos o cholos, lo hacemos de manera abrumadoramente mayoritaria y, lo que es más notable, que menos del 20% se identifica realmente como indígenas.
¿Quiere decir esto que deben ser los mestizos y cholos, la mayoría, los que deben gobernar? De ninguna manera. Un país democrático y moderno, donde priman las libertades individuales y el Estado de Derecho, le brinda la posibilidad de gobernar a cualquier ciudadano, independientemente de su raza, credo, lengua, sexo, condición social, economía o grado de instrucción. Deben ser los mejores ciudadanos y ciudadanas, los más probos, patriotas, capaces y representativos los que nos dirijan, sin que para ello tenga nada que ver el color de la piel, la cultura u otro factor de discriminación.
Ésa es la base de la democracia y cualquier intento de predominancia de un grupo étnico sobre otros, sólo trae desunión y desgracias lamentables, tal como dramáticamente enseña la historia.
*Ricardo Paz Ballivián es sociólogo y constitucionalista.
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