En este mes se ha cumplido el centenario de la muerte del presidente don Aniceto Arce. En efecto, el 14 de agosto de 1906 murió en su hacienda de Tirispaya, a los 92 años, luego de una ejemplar vida al servicio del país, plena de agitación, empuje, lucha y de desbordante energía.
De su extraordinaria obra, primeramente se debe destacar el gran complejo industrial-minero de Huanchaca, el más importante de Sudamérica, que no sólo se convirtió en la primera fuente de ingresos del Estado, sino que sirvió en gran medida para financiar la Guerra del Pacífico. Asimismo, el ferrocarril de Antofagasta a Bolivia, y las carreteras de Sucre a Potosí, de Oruro a Cochabamba, y de esta ciudad a Sucre. Por último, la instalación de puentes para cruzar caudalosos ríos, como el ´Puente Arce´ en el río Guapay, y el ´Antonio José de Sucre´ sobre el río Chicha Pilcomayo. Cabe mencionar también que las líneas telegráficas, apenas existentes antes de su administración, se extendieron durante ella por casi todo el territorio nacional.
Respecto al ferrocarril de Antofagasta a Bolivia, ´la gran obra de redención nacional´ al decir de Alcides Arguedas, es triste recordar que hubo una cerrada oposición a tan gran proyecto, porque se decía que era un elemento de penetración de la expansión chilena, al extremo que las masas gritaban: ´¡Abajo el ferrocarril! ¡Viva la llama!´. Pero la tenacidad de Arce determinó la conclusión de ese formidable camino de hierro que iba a transformar y expandir la minería y el comercio del país. Fue el 15 de mayo de 1892, cuando el ferrocarril llegó a Oruro, y cuando el presidente Arce con los ojos enturbiados por las lágrimas, colocó un simbólico clavo de oro, expresando: ´¡He concluido mi obra: ahora podéis matarme!´
La idea de unir la zona costera con el interior de Bolivia por medio de un ferrocarril, la tuvo Arce en 1876, tres años antes de la Guerra del Pacífico. En esa época convenció al presidente Daza de la fundamental importancia de vincular por medio del riel al puerto boliviano de Mejillones con Potosí y Oruro. Si ese extraordinario proyecto se llevaba a la práctica, nuestro país no hubiese perdido su litoral, ya que el ferrocarril habría consolidado la soberanía nacional en esa zona, facilitando el traslado de la población de la tierra alta a la costa. Y de este modo, serían los propios bolivianos quienes habrían explotado las riquezas de ese suelo y no manos extranjeras que a la larga se apropiaron del lugar.
En cuanto al conflicto del Pacífico, la verdad es que poco se conoce otra gran faceta de la labor de Arce: su desesperado anhelo de recuperar una salida propia y soberana al mar. Ya durante el transcurso de la Guerra del Pacífico, y luego del desastre de la batalla del Alto de la Alianza, don Aniceto insistió en negociar una paz por separado en base a la cesión a Bolivia de Tacna y Arica. Pero el presidente Campero, ofuscado por las presiones de los llamados guerristas, prefirió desterrarlo, pese a estar de Primer Vicepresidente, y decidió continuar manteniendo la alianza con el Perú aunque ella sólo nos podía conducir al enclaustramiento geográfico.
Años después y estando al mando de la Nación, don Aniceto continuó su obra portuaria. Aprovechó la ocasión del estallido, en 1891, de una tremenda guerra civil en Chile, para negociar con el grupo rebelde al Gobierno central, acantonado en Iquique, a cambio de su reconocimiento como Estado beligerante, el compromiso de llegar posteriormente a un acuerdo de paz con la cesión de un territorio costero.
Como el grupo rebelde de Iquique triunfó en dicha guerra civil y se constituyó en Gobierno chileno, los entendimientos anteriores se transformaron en los llamados Tratados de Mayo de 1895, pactados durante el gobierno del brazo derecho de Arce, don Mariano Baptista, mediante los cuales Bolivia recibía a cambio del litoral perdido, las provincias de Tacna y Arica. Pero como había sucedido con el Ferrocarril, los patrioteros de siempre se opusieron tenazmente a esos tratados hasta hacerlos fracasar. Y cuando éstos subieron al poder, durante el régimen liberal, fueron obligados a suscribir el desgraciado Tratado de Paz de 1904.
En consecuencia, a don Aniceto Arce no sólo se lo debe recordar y homenajear por su extraordinaria tarea industrial y de vinculación vial y ferroviaria, sino también por haber sido uno de los principales luchadores por romper el enclaustramiento geográfico y lograr nuestra ansiada y muy necesaria salida al mar.
*Ramiro Prudencio Lizón es diplomático e historiador.
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