¿Confianza? Ni en su camisa exclamaba, según las crónicas, de mal talante Melgarejo, al tiempo que ordenaba a sus coraceros descoser a tiros la prenda sospechosa. Lo que sorprendía no era tanto la actitud recelosa del dictador, compartida seguramente por la mayoría de sus contemporáneos, cuanto el extravagante comportamiento con la camisa a la sazón un bien raro y durable.
Curiosamente, la confianza no fue una virtud estimada en la sociedad tradicional donde los principios ordenadores del intercambio social se fundaban en el parentesco, el compadrazgo, el vecindario o la coterraneidad. Al contrario se solía alentar la desconfianza hacia el extraño, el forastero o el desconocido. Cuando esos lazos se debilitaron, cuando el conocimiento cara a cara de las personas, forjado durante generaciones con su carga de amistades y odios ancestrales no bastó para orientar los negocios por el crecimiento de la población, la diversificación de empleos, de estilos de vida, por el afin- camiento del sistema democrático, la confianza comenzó a cobrar valor para facilitar las transacciones sociales, las empresas colectivas.
En cada elección los candidatos a las distintas magistraturas solicitan a los electores el apoyo para los proyectos que pretenden desarrollar, es decir piden un voto de confianza a la ciudadanía de donde sale, una vez elegidos, su legitimidad como gobernantes. Pero en el poder es otra cosa. Todos muestran en la gestión la misma desconfianza con el ciudadano común. Cualquier prestación requerida a la administración se convierte, por la anclada disposición a ver en cada usuario un potencial tramposo, en una carrera de obstáculos de donde se originan muchos males como la corrupción, la desconsideración con el cliente, el despilfarro de su tiempo, manifiesto en las interminables colas frente a oficinas públicas, que a nadie parece preocupar, la rutinización del funcionario, apegado ciegamente al formalismo de la papelería.
La cédula de identidad, una rareza en muchos países desarrollados, respetuosos con sus habitantes, parece ya no probar nada. No sólo se la dobla con fotocopias legalizadas sino que con frecuencia se exige el documento original que sirvió para llenar la información contenida en aquella, aun más ni siquiera se respeta los instrumentos notariales elaborados por los depositarios de la fe pública. Cómo pueden éstos garantizar los otros hechos y actos que figuran en los testimonios, poderes si se duda de las generalidades allí señaladas. Todavía campea la disposición recelosa, pueblerina, que les gustaba sostener como expresión de sabiduría: piensa mal y acertarás.
Bolivia no tiene una concentración anormal de tramposos, engañadores ni tampoco de doble caras con relación a otras sociedades, a pesar de las afirmaciones del vulgo. Por eso la obsesiva sospecha con respecto a la honestidad de quien recurre a la administración pública, el afán de acumular papeles dobles es una ofensa al ciudadano, a su responsabilidad que además se traduce en la desconfianza generalizada en la cual se sumerge todo el país. Este es un freno poderoso para la elevación de los niveles de vida colectivos. Por un pícaro pagan miles de justos. En pocas partes el Estado descarga su ineficiencia para evitar el fraude en el usuario de sus servicios como en el nuestro.
Me inscribí en una de las más conocidas escuelas de Francia para hacer el doctorado en menos de media hora. Mostré mis diplomas nacionales y de Bélgica, sin ninguna legalización y creyeron en mi palabra. Cuando concluí mi defensa de tesis, me mandaron mi certificado de doctor por correo sin ningún trámite adicional. Nunca pude obtener su reconocimiento en mi país.
Quiero señalar un par de experiencias más que no envuelven certificados, ni títulos, sólo el uso de un servicio público. Hace muchos años atrás fui invitado a la Universidad de Austin Texas. Como los demás alumnos y profesores me paseaba entre los estantes hojeando libros a voluntad, prestándome varios el mismo día para lectura en la casa. En una ocasión se me aproximó la encargada de la sección y con mil disculpas, pues podía dar la impresión de vigilarme, me dijo: He visto que Ud. ha sacado textos de sociología, acabo de recibir estos tres tomos de J. Alexander, un profesor americano, aún no los he registrado, pero como sé que se va pronto tal vez quiera conocerlos antes de catalogarlos. Gracias a ese gesto cambié los programas de mi materia al regreso. Qué diferencia con la biblioteca de San Andrés, donde di clases 30 y más años. Por la misma época pedí en sala tres libros para consulta y la empleada desconfiada me los negó con el argumento que no se podían leer todos a la vez, como si ese fuera un problema suyo.
En París pasé por el mismo correo en varias oportunidades para mandar unos libros a Bolivia, en realidad de mi hijo. A la tercera o cuarta ida la recepcionista me preguntó si tenía mucho material para enviar. Le respondí que sí, unos 50 kilos. Podría, me dijo, ayudarlo, en forma absolutamente excepcional, inclusive puedo perder mi trabajo por esto. Le voy a dar dos sacos del correo francés, ponga en cada uno 20 kilos. Así le saldrá menos caro y ahorrará tiempo. Eso sí tiene que comprometerse a devolverlos porque caso contrario mi empleo está en juego. Le aseguré la devolución. ¡Ojalá! los empleados del correo en La Paz hayan hecho lo suyo para honrar mi compromiso. Un acto único de un funcionario que no me conocía, pero sí conocía el sentido del servicio público al igual que la bibliotecaria americana. En ambas hubo una comprensión clara de su tarea y una vocación de colaborar con el usuario y sobre todo confianza. Sin ella la sociedad actual se paraliza, los lazos sociales se distancian. M. Baptista tuvo razón cuando llamó a Bolivia el país tranca, aunque mis sospechas sobre la raíz del mal caen no del lado de las personas, sino del diseño de la administración pública, ganada a una desconfianza de otro tiempo social. Mientras no se modifique tal concepción temo que seguiremos dando vueltas en redondo.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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