Pensaba escribir acerca de la incongruencia del discurso oficialista que critica la lógica liberal de la democracia representativa y defiende su mayoría absoluta en la Asamblea Constituyente con argumentos deleznables. Pero desistí después de leer unas cuantas columnas periodísticas que destilan veneno y juegan a la oposición extraparlamentaria con un estilo tal que el resultado es rencor sobre rencor. Pensaba escribir sobre los aciertos de algunas decisiones gubernamentales que ponen en práctica su oferta electoral pero no pude continuar porque me acordé de otra tanda de artículos de prensa que se desviven en ponderar las acciones de las autoridades de turno de una manera tan superficial y alabanciosa que el resultado es llunkerío sobre llunkerío.
Así que opté, si me disculpa el lector, por adoptar una postura post-mo(rten)derna que consiste en ser oficialista cuando hablo y gesticulo con opositores y ser opositor cuando el intercambio de palabras y señales se da con oficialistas. Uno corre el riesgo de quedarse solo, como en los boleros, mirando cómo el mar y el cielo se ven igual de azules y en la distancia parece que se unen. Pero no importa.
Además, no es nada difícil cuando uno es cochabambino, diría mi tocayo Calderón, que me espetó en el rostro que así les va a los que nunca estuvieron de verdad en Cochabamba, como yo, que sólo dejé dos veces la llajta para radicar en México, mientras que otros, como él —que habita Buenos Aires después de estar en París, Chile y La Paz— nunca salieron de Cochabamba aunque anden vagando por el mundo. Es que para ser no hay que estar, diría nuestro inefable canciller, y es cuando me sale el opositor, una de las cabezas de la hidra que llevamos todos dentro. Es que el neocolonialismo está en las mentes y si uno se siente extraño en su propia tierra (tierra/territorio, compañero) es por culpa de la persistencia de las estructuras de dominación que determinan la necesidad de una revolución democrática y cultural, y es cuando me sale el oficialista, otra de las cabezas de la hidra que dentro tenemos. Yo no sé cuántas cabezas tiene mi hidra, pero deben ser más que las que soporta ese maravilloso personaje de Julio Cortázar, un tal Lucas, al que espero encontrar en la avenida Corrientes en Buenos Aires jugando con el ´piantao´ al que canta Piazzolla en esa esquina donde canta Joaquín Sabina, en el Gran Rex.
Porque ese estilo de personajes nos hacen falta, cansados como estamos de la solemnidad altiplánica, los desfiles cívicos, los sermones dominicales, los votos resolutivos y los estados de emergencia. Y no me pidan que busque los símiles de esos personajes desde una mirada endógena. De los que me acuerdo se han ido, como el Picasso de La Paz, el Alfredo Medrano de la llajta o el Víctor Hugo Vizcarra de todas partes, con quienes hablé poco, como corresponde. Y aquellos amigos con los que comparto mi tiempo, si los nombro dejarán de serlo. Como corresponde.
O sea, nos hace falta más originalidad que originariedad. En la Asamblea Constituyente, en la retórica gubernamental, en los lamentos de la oposición, en la intelectualidad y en el movimientismo social. Eso. Necesitamos ser más originales que originarios. Una idea nada original, por cierto.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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