En las difíciles épocas de crisis política de los años anteriores, por ejemplo, cuando Carlos Mesa llegó al poder, muchos sugerían que su gobierno debía ser parecido al de Valentín Paniagua del Perú, es decir, de transición, limitarse a llevar al país a una nueva elección, en la cual surja un Presidente dotado de una alta legitimidad proveniente del voto. No sucedió así y el presidente Mesa se estrelló de bruces contra la historia.
Después, nuestra historia y la política pusieron en el camino de la sucesión presidencial a Eduardo Rodríguez, hombre le leyes, de probidad reconocida, persona que claramente no tenía inclinaciones políticas ni de búsqueda del poder. Esa historia lo empujó a que sea Presidente en uno de los momentos de la más profunda crisis política que vivimos en la última década. Su tarea estaba anclada en la necesidad de salvar la democracia, de garantizar elecciones presidenciales limpias que permitan elegir a un nuevo titular del poder que obtenga legitimidad del voto y que, de esa manera, pueda otorgar estabilidad a la política nacional.
Instalado en el poder, lo primero que demostró Rodríguez era que no deseaba prolongarse su mandato ni un día más de lo que mandaba la Constitución; conducta rara y diferente a la de muchos otros que siempre quisieron quedarse en el poder. Para Rodríguez su gobierno era de transición y no debía ir más allá de lo que estaba escrito en la Constitución. Después de mostrar voluntad sincera de renunciar si los partidos y los políticos no llegaban a acuerdos para facilitar la transición, abrió espacios claros para la futura elección presidencial.
Empero, no hay que olvidar que el país estaba todavía trancado entre la pugna por Asamblea Constituyente versus el Referéndum autonómico, unos se inclinaban por la Asamblea, otros privilegiaban el Referéndum, pero no todos ellos abrían los ojos al país, sino solamente miraban sus propias posiciones. El presidente Rodríguez y su gobierno crearon el espacio para la generación de un pacto político en el cual se reconocía la necesidad de la simultaneidad de ambos procesos, es decir, Rodríguez impulsó las concertaciones requeridas para que se entienda que tanto Asamblea Constituyente como Referéndum eran necesarios para la paz y la democracia en Bolivia. Logrados esos acuerdos, Rodríguez llevó al país a una transición pacífica y a un nuevo estado de la democracia. Si algo le enseñó Rodríguez a los bolivianos fue el respeto más absoluto por Estado de derecho y por el debido proceso. En buena medida, la democracia que vivimos hoy, existe debido a que supo manejar con acierto, con discreción, sin bombos ni platillos, una transición política que le ha beneficiado a todos los bolivianos.
Está claro que la historia le reconocerá todos esos méritos, pero lamentablemente en la coyuntura, algunos funcionarios y políticos, en lugar de que el país le reconozca sus méritos, hacen todo lo posible por atacarlo. Sin embargo, también hay gente agradecida, —yo me incluyo—, que son los más, que reconocen lo que hizo ese Presidente por nuestra democracia.
*Carlos Toranzo R. es economista y analista político.
Constituyente astronómica
Que el lector no se asuste: en este comienzo de la nueva serie de El Satélite de la Luna, cuyas células madre oportunamente congelé hace 30 meses, no me referiré a las astronómicas dificultades de la flamante Asamblea Constituyente.
Decisiones por dos tercios
Para asambleístas y ciudadanía. En la actualidad se discute el Reglamento Interno que debe regir en las decisiones de la Asamblea Constituyente. Si por dos tercios (170 votos) o sólo por mayoría absoluta (la mitad más uno, 128 votos).
Eso de “originarios”
En Bolivia todos los nacidos en el territorio nacional somos "originarios". Originario en castellano, idioma venerable y muy nuestro, que algunos miembros del Poder Ejecutivo, y otros, deberían pulir e incluso aprender, significa dar origen
La encrucijada actual
Hablar de una crisis boliviana sería casi no decir nada. Si ha existido una nación en crisis permanente, ésa ha sido Bolivia. Entonces, ¿por qué preocuparse tanto?