Hace pocos días, en una reunión de probos ciudadanos, empezó la conversación preguntándose, ¿a dónde vamos como país? Alguien corrigió cortésmente la propuesta y sugirió cambiar la pregunta por esta otra: ¿a dónde nos llevan? Referida, obviamente a dónde conduce la “revolución” que Evo Morales dice encabezar.
Lo más inmediato es comprobar que el Gobierno nos llevó a la Asamblea Constituyente, incluso con la aprobación de gente demócrata, aunque también con resistencias de quienes creímos que la Constitución podía reformarse según lo establecido por la norma entonces vigente. Se instaló la Constituyente y empezaron, ya no los debates, sino también los insultos y coscorrones. Y es que, como en toda reunión de seres humanos, también se cuelan oportunistas, fanáticos, peleadores y demás ejemplares de la variedad zoológica.
Hace un par de días el propio Evo Morales precisaba que la tal Asamblea tenía las condiciones de “originaria, soberana, fundacional” y con poderes ilimitados. Es decir, la quinta esencia del absolutismo más parecido a las monarquías medievales, para no mencionar otro autoritarismo históricamente más cercano. De inmediato y no sin motivos, corrieron rumores de que éste era el principio de un llamado golpe de Estado de Derecho, concepto ininteligible en términos de ortodoxia jurídica. Si es “golpe” es atentado y probable ruptura del ordenamiento jurídico vigente. El rumor se difundió como el reguero de pólvora, precisamente porque las aberraciones jurídicas y políticas ya se han hecho costumbre en los cortos —largos para muchos— meses de este Gobierno. El reciente escándalo de YPFB es una prueba candente de este tipo de quebrantamientos del orden jurídico establecido.
Quisiera creer que el rumor del tal golpe es sólo eso, rumor. Pero lo que sí es evidente es que con ocasión de la Asamblea Constituyente se ha profundizado la hostilidad entre las diversas Bolivias hoy contrapuestas, por mencionar las más diferenciadas. La pobre la rica y la de ir pasando, la rural, la urbana y la suburbana, la oriental, la occidental y la intermedia, la radical-populista, la radical-derechistas, la conservadora y la de centro, la centralista y la autonomista (y cuántas etnias distintas). Por fin, la nomeimportista. Muchas y muy contrapuestas ideas y actitudes, para conciliarlas sin heridas. Éste es pues el fondo de una democracia pluralista: la pacífica convivencia de las varias tendencias que elige libremente el ciudadano. Y nada de imposiciones, vengan de arriba o de abajo.
Quisiera también pensar que las escenas lamentables que ya se han producido en el hemiciclo de Sucre corresponden más a la naturaleza teatral-operística del gran salón del Gran Mariscal de Ayacucho, que a la finalidad circunstancial que se le ha dado como foro político destinado a un objetivo tan serio como es el rejuvenecer la democracia boliviana, de buenas maneras. ¿No es esto último lo que se pretende? ¿O, por el contrario es tan sólo una escenografía con camuflaje democrático pero en realidad es todo un montaje para la implantación forzosa de un régimen copiado del autoritarismo caudillista venezolano, con pinceladas de la Cuba delicuescente? Seguimos preguntándonos ¿a dónde nos llevan?
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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