Son cinco años desde que el poblado potosino trasladó casas, iglesia y latidos para la instalación de una de las minas más grandes del mundo. Hoy, sus habitantes rememoran la historia.
Texto: Inés Ruiz del Árbol • Fotos: David Guzmán
Aquí estaba mi casa”, señala un vecino donde ahora se ve la sofisticada planta de una mina. Donde estaba la escuela, ahora se ven pasar camiones con minerales. Donde la iglesia acogía a sus fieles, hoy almuerzan los mineros que han terminado su jornada. Son cinco años desde que San Cristóbal se convirtió en el primer pueblo boliviano en ser trasladado piedra por piedra y por ello los habitantes han preparado una fiesta con invitados especiales, concursos y comidas típicas.
Para el festejo, los habitantes de la localidad situada en la región de los Lípez, en Potosí, se han congregado en torno a los recién llegados para relatar la transformación del tranquilo pueblo en un enorme emprendimiento minero.
Las voces se anteponen unas a otras. Alguien comenta que el gran yacimiento existente bajo los cimientos de la comunidad fue el que hizo que la empresa encargada de desarrollar el proyecto de crear allí una mina, Minera San Cristóbal, ofreciera a los vecinos la posibilidad de vivir en un nuevo emplazamiento, con todos los servicios básicos garantizados y alojamientos de mejor calidad.
Los pobladores no estaban muy seguros de querer abandonar el lugar donde habían pasado tantas décadas, pero las condiciones parecían buenas y la opción del traslado empezó a hacerse tangible.
A partir de 1996, la empresa comenzó una amplia prospección minera con resultados positivos. Una vez adquiridos los derechos propietarios de todo el yacimiento de mineral de plata, zinc y plomo, se realizaron trabajos de prospección y perforación.
Allí se buscaba el desarrollo sostenible, unido al compromiso social, ambiental y cultural con la comunidad y su entorno. Por ello, en noviembre de 1998 se inició la construcción del nuevo pueblo de San Cristóbal, a 17 kilómetros del antiguo. Más de 700 obreros locales, al mando de 25 ingenieros, trabajaron arduamente, consultando permanentemente sus ideas con la gente de la comunidad.
El nuevo pueblo empezó a tomar forma después de siete intensos meses de labores. Más de 100 viviendas fueron concluidas con todos los servicios básicos, además de una escuela, un polifuncional, una casa comunal, el hospital y el nuevo hotel, destinado a los turistas que van a visitar el famoso Salar de Uyuni y sus entornos.
El nuevo San Cristóbal
“El pueblo no se parece mucho al anterior. En el antiguo las calles eran angostas, no había electricidad continua y tampoco agua corriente”, suelta al aire una de las más ancianas de la población. Sin embargo, en el nuevo San Cristóbal, las calles espaciosas y los servicios que se ofrecen a pobladores y turistas han hecho que casi todos lo prefieran al de antaño.
“El pueblo estaba empezando a abandonarse porque no había trabajo y los jóvenes decidían emigrar para conseguir un futuro mejor”, aclara otro de los vecinos. El crear una mina se veía como una alternativa para que la gente no tuviera que viajar para encontrar un empleo con opción de futuro.
Contrariamente a lo que se pueda pensar cuando se imagina una mina, la de San Cristóbal está a cielo abierto y allá se encuentran algunas de las tecnologías más avanzadas en el campo de la minería. Todo ello se debe a que los responsables del proyecto han querido crear un nuevo concepto, donde la contaminación y la inseguridad no sean las constantes de la vida diaria de los mineros.
Peregrinación al nuevo pueblo
Todavía quedaba un problema pendiente: el pueblo no sería el mismo sin su iglesia, esa de aire colonial y de piedra blanca, cuya silueta le daba a la región un aire diferente. El antiguo templo de San Cristóbal fue construido a finales del siglo XVII y, debido a su valor artístico e histórico, fue declarado monumento histórico en diciembre de 1967. Se firmó un convenio con el Viceministerio de Cultura para el traslado de la iglesia, la recuperación y la restauración de las obras de arte, como los púlpitos, retablos y altares.
Después de firmado el acuerdo, el templo se volvió a construir. El aporte de los pobladores fue decisivo. En julio del 2000, la obra culminó y todos los elementos decorativos fueron trasladados al nuevo emplazamiento.
Muchas fueron las iniciativas que comenzaron a surgir en el nuevo pueblo. Una de ellas fue la creación de la “Fundación San Cristóbal”, para facilitar las acciones de desarrollo sostenible de la comunidad, así como incentivar su economía, desarrollando proyectos productivos y creando oportunidades de empleo independientes de la mina. También se trabaja el tema del turismo, pues puede convertirse en la gran alternativa para la región de los Lípez.
Es por todo eso que en julio, San Cristóbal estalló en una fiesta: el quinto aniversario provocó la visita de autoridades locales y nacionales, la degustación de las comidas típicas y concursos de bailes tradicionales. En todo este tiempo, nada parece haber quebrantado la armonía que estos lipeños han conseguido preservar en su nueva ubicación. Sin embargo, nunca falta el que, alejado de los tumultos que provocan las celebraciones, todavía añora aquella casa donde nació su hijo, esa plaza donde charlaba con sus amigos o la empolvada calle donde aprendió a manejar la bicicleta.