Existe un punto estratégico entre los sitios rituales de Cuzco y Tiwanaku. Se trata de Marka Pampa, la ciudad sumergida. En este sitio, ubicado entre las islas de Q\'oa y Pallalla, un grupo de expedicionarios aymaras entregará una ofrenda al lado femenino del lago. Se trata de Uma, la abuela agua.
Texto: Miguel Vargas S. • Fotos: Jamil Chávez
Destellan las balsas de pescadores con sigilo. Los navegantes rodean al anochecer las islas de Q\'oa y Pallalla. Algunos dicen que van tras la pesca, levantando sus redes. Otros, más avispados, están convencidos de que en la noche podrán atisbar algún reflejo que delate algún tesoro en las aguas del lago Titicaca. Allí, en las profundidades, se encuentra el Taypi Qallta, el origen del universo aymara.
¿Qué es el Taypi Qallta? Según explica el rostro severo de Juan Ángel Yujra, antropólogo aymara del grupo de estudios andinos Pacha Amuyu, se trata de un punto intermedio entre los dos centros neurálgicos de la vida ritual de los pueblos andinos, como lo fueron Cuzco y Tiwanaku. Allí, estaría una ciudad sumergida, Marka Pampa, de cuya existencia dieron crédito ya los investigadores.
Sin embargo, el interés del grupo de yatiris, achachilas y sabios aymaras que iniciarán el recorrido hasta las cercanías de la Isla del Sol es otro: entregar una ofrenda de parte de los pueblos lacustres a la parte femenina de la divinidad aymara: Uma, la abuela agua.
Una de la tarde. Mucha energía y algún bostezo llegan hasta la zona paceña de Munaypata. Un bus recibe al grupo de viajeros que apura el equipaje a los hombros, junto a las gafas de sol, bolsas de dormir y ropa mullida y abrigada. Ponchos, lluch’us y alguna botellita de alcohol acompañan el trayecto junto a la infaltable coca, que anima las conversaciones.
Si la ciudad de La Paz estaba fría, los vientos de Copacabana, a 155 kilómetros de distancia, gobiernan la tarde. Allí se hará una ofrenda al lago para pedirle permiso para explorar sus dominios.
Espejo del mundo, le llaman. El lago Titicaca tiene casi 200 kilómetros de longitud por 110 de ancho y una profundidad máxima de 270 metros. El primer contacto se hizo cruzando el estrecho de Tiquina, pero ahora, la cadena montañosa de los andes luce sus picos, que representan a los antiguos abuelos, los achachilas, a quienes se tiene respeto y se pide licencia para cualquier emprendimiento o ritual. Ahora se busca llegar hasta aquel mítico sitio del que surgieron Manco Qapac y Mama Oqllo, los mismísimos hijos del Sol y fundadores del Impero de los Incas.
Uma, la abuela agua, despliega sus olas con fuerza. Wayra, el abuelo viento, ahuyenta a las nubes con furia. En la inmensidad del lago, la leyenda es cosa cotidiana. Con dos mesas rituales para la dualidad masculino-femenina, la ceremonia culmina en Copacabana, que palpita a una temperatura de entre nueve y menos 10 grados centígrados. Hora de recuperarse energía y esperar el nuevo día.
Las poblaciones lacustres
Antes de ingresar a las aguas, el grupo se resguarda en una de las comunidades indígenas más importantes de la zona, Sampaya, cuyo nombre significa “descanso de ida y vuelta”. El nombre se debe a que por esta comunidad siempre se debe pasar para empezar el viaje hasta los lugares sagrados y, del mismo modo, regresar. La comunidad es muy amistosa, por lo que reciben a los visitantes con música y la comida que se cultiva en el lugar; como la patata, el maíz, la quinua y la carne de llama. Estos alimentos caen bien al organismo, pero sin duda es el agua su principal fuente de descanso. Por ello se realiza allí el ritual sagrado del agua en la vertiente: Uma Jawira.
A mediodía, una lancha comienza el trayecto hasta la Isla Qoati, la Isla de la Luna. En lo alto de esta comunidad aún se conservan las ruinas del templo de las Vírgenes del Sol, donde las jóvenes andinas (ñustas) dedicaban sus vidas a los quehaceres rituales. “Es justamente el agua, elemento femenino, el que no se ha perdido de esta cultura donde la dualidad es esencial. Chacha (hombre) y warmi (mujer) formaban el equilibrio perfecto”, explica Yujra.
Vestidas de rojo y blanco, colores que implican alegría y buenos deseos, las mujeres de la Isla de Qoati reciben con pétalos de flores por los aires a los visitantes. La música de un grupo de lugareños ameniza la llegada, mientras los pobladores han cambiado sus vestidos habituales para colocarse la ropa que utilizan para la fiesta y prepararse para la q\'oacha.
Mientras tanto, las mujeres yatiris seleccionan los productos de la zona para llenar unas enormes tinajas que luego serán depositadas en medio del lago como ofrenda. Chicha, vino, carne seca de llama, maíz de todos los colores y decenas de especies de tubérculos ingresan en las tinajas que son rodeadas por algodón de colores y las kantutas. Es la Uma Loqta, la ofrenda para la abuela agua. Y en la orilla, cada comunario ha preparado comida para compartir en el aptapi. Así desean buena suerte a los buscadores de Marka Pampa.
El trayecto hasta el punto en el lago donde está la ciudad sumergida implica dos horas de viaje bajo el arrullo de las aguas. Bandadas de patos, garzas y corvejos difuminan las nubes, mientras el viento agarra confianza e ingresa por el más mínimo resquicio que encuentra entre las ropas. El viaje continúa y el paisaje permite ver algunas de las 36 islas dentro de la masa acuática.
El centro del universo
Taypi Qallta y Marka Pampa son un mismo lugar. El primer nombre expresa el “centro de creación”, mientras que el segundo se refiere más a la ciudad sumergida. “Este es el espacio en el que abuelas y abuelos cultivaron el ritual llamado Uma Loqta, pago al lago sagrado, que es el lado femenino de nuestra cultura”, explica Yujra mientras el atardecer lleva a la lancha hasta un punto intermedio entre las islas de Q’oa y Pallalla.
“Es así que, desde antes de Tiwanaku, se vivía en la complementariedad entre chacha y warmi, en equilibrio y armonía, que dio paso al camino dual en nuestras culturas. Lo femenino siempre tiene valor sustancial junto a lo masculino. Para nuestros ancianos y ancianas, el lago Titicaca es parte mujer y parte varón. El lago mayor, Chucuito, representa al lado femenino. Mientras tanto, el lago menor, Wiñay Marka, es el lado masculino. Entre ambos lagos existe un centro o punto de origen”.
Se dice que antiguamente se realizaban grandes ceremonias en este espacio en aguas abiertas con la única finalidad de fundar pueblos e iniciar actividades. Para los aymaras, este lugar es el centro del “multiverso andino”, entendiéndose por “multiverso” a los pueblos de distintos pisos ecológicos.
No es pura leyenda. Las exploraciones arqueológicas subacuáticas en el lago realizadas entre 1988 y 1992 por Johan Reinhard, Max Portugal Ortiz, Eduardo Pareja y otros investigadores evidenciaron la existencia de un sitio ceremonial, encontrándose en el lugar muchas piezas arqueológicas que hasta hoy son motivo de disputa entre las poblaciones que habitan la cercana Isla del Sol. Hasta hoy, existen conflictos entre los pobladores de Ch\'alla y Ch\'allapampa. Estos últimos tienen un museo con piezas arqueológicas encontradas en las profundidades. Sin embargo, aseguran que la gente de la comunidad vecina ingresa por la noche y roba las piezas, o en su defecto, impide que los turistas lleguen hasta sus puertos.
El mito dice que Marka Pampa existió antes que el lago. En esta ciudad había un templo al que sólo podían entrar las ñustas. Cada día, estas mujeres iban a llenar sus jarras de agua en un manantial en las ruinas de Chinkana, cerca de la roca sagrada, en la Isla del Sol. Un día, dos hombres siguieron a las mujeres y sorprendieron a una que dejó caer su jarra. La jarra se rompió y, debido al poder de Wirakocha (dios padre), el agua continuó fluyendo hasta que creó el lago Titicaca. En castigo, los hombres fueron convertidos en patos.
El relato trajo consigo al atardecer. Ubicados en el punto calculado por los antropólogos aymaras gracias a sus mapas y los datos de los lugareños, el ritual empieza. Se apagan los motores. La mujer yatiri levanta una de las vasijas llenas de productos hacia el sol y empieza a recitar textos en aymara. Los presentes responden con el grito “¡Jallalla!” (¡Viva!) mientras elevan las palmas de las manos hacia el sol. La mujer saca de unos awayos coca y alcohol que lanza a los vientos y luego deposita la tinaja en el agua. Con el peso, la pieza de cerámica se hunde en un segundo.
Sólo resta descansar en la Isla del Sol, en la comunidad de Ch’allapampa, donde la música ameniza la jornada. Allí, la sensación de haberse reconciliado con los ancestros, de haberles ofrecido un tributo, hace bombear el corazón.