Dialogar en la Asamblea es exponer discursos que pretendan establecer un lazo comunicativo entre todas las variantes ideológico, políticos como de cosmovisiones que poseen cada uno de los miembros constituyentes. La base de esta comunicación se encuentra en los actos del habla del lenguaje, que a través de su escucha, entendimiento y comprensión del mismo se reflexionan los intereses de esta pluralidad cultural y política del país que reta a construir una institucionalidad.
Cómo hacer si al escenario de la Asamblea ya se llegó con fracturas discursivas identitarias sobrecalentadas por un clima de confrontación política. Si a esto le sumamos el ´¿entendiquichu? manachu´ de algunos idiomas originarios para los de habla castellana o de ésta a los idiomas originarios, la única salida comunicante son los insultos ´comunes´ del lenguaje o de los gestos corporales que denotan disgusto, inconformidad y enfrentamiento. Para mi buen entender, éste es el primer obstáculo de este espacio constituyente.
Lo sucedido la tarde del jueves 24 en el hemiciclo en Sucre, más allá de los problemas tecnológicos, es el primer tropezón en serio de lograr la tan mentada interculturalidad; primero, porque los que hablan castellano no quieren hacerlo y exponen sus argumentos en idioma quechua, derecho que les da el mejor argumento y seguridad del lenguaje materno, segundo, los que no entienden los idiomas originarios no tienen el deber de hacerlo porque simplemente no se educaron en él o no lo aprendieron por razones históricas y de políticas educativas. ¿Qué queda entonces? debatir en castellano podría ser el primer acuerdo común de la Asamblea, pero esto reposicionaría el argumento de país y cultura monolingüe; entonces, cabe establecer el principio de la diferencia y el respeto por todas las formas idiomáticas como base de la democracia pluralista de la Asamblea.
Llegar a debatir lo que será común en la nueva Constitución que esperamos todos los bolivianos no sólo requiere de intérpretes, sino que éstos traduzcan la gramática discursiva entendida como pasiones, gestos, argumentos y visiones que se despliegan en su verdadero sentido, siendo este fin el destino del diálogo.
Sin embargo, la distancia histórica entre pueblos y culturas, entre tiempos y espacios, entre desigualdades y exclusiones, formas de pensar y sentir, todas éstas que se ordenan y manifiestan en el lenguaje, ponen en riesgo la posibilidad de inaugurar una razonada democracia deliberativa que medie por el asunto común. Si a esto sumamos la calda política del proceso, otro octubre no está lejos.
No queda más que para salvar a la Patria en democracia, hagamos el esfuerzo de reconstruir la nación como fuerza simbólica de unidad desde donde se piense el interés común.
*Kathia Zamora M. es docente universitaria.
"Labor omnia vincit"
La consolidación y profundización del nuevo ciclo político y económico, producto de un triunfo electoral sin precedentes del instrumento político de los movimientos sociales, dependerá de su capacidad de trabajo.
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