Era víspera del 29 de agosto de 1533, cuando después de haber escuchado las palabras de Atahuallpa —“si llegas a Potosí serás el hombre más rico del mundo“— Pizarro toma la palabra (ante el tribunal formado por 24 colonialistas), tratando de salvar la vida del Monarca y dice así: “que éste siendo soberano de un país no podía ser juzgado por una autoridad subalterna sino por el único Rey de España“.
El español provocó tomas de posición en favor y en contra; los unos se reclamaban de la autoridad real conferida por Carlos V a Pizarro, los otros afirmando que el Inca se había mostrado noble y generoso hacia ellos. Es, en medio de esta controversia que la Iglesia católica hace escuchar su voz a través del cura Valverde quien invoca las sagradas escrituras con toda su fuerza.
Ha sido proclamado por Dios y está escrito que: el hombre que toma por esposa a su hermana, a la hija de su padre o a la hija de su madre, si él ve el cuerpo desnudo de ella y ella ve el del hombre es una ignominia. Ellos deben ser exterminados a vista de su pueblo. Su sangre debe caer sobre su propio cuerpo. Pizarro interrumpió para decir que el Inca era un in-creyente y que no conocía las Santas Escrituras y que esta ignorancia debía llamar a la misericordia del tribunal.
¡No! dijo Valverde: “Pues este hombre ha sacado beneficio de todos sus poderes para ofender a Dios el Grande. Todos los pueblos de la tierra tienen la obligación de respetar las leyes de Dios, incluso si nunca han escuchado hablar de la Santa Escritura, pues las leyes son universales“.
Los jueces deliberaron a voz baja, entre silencios entrecortados por voces. En ese momento Pizarro había comprendido que la causa de Atahuallpa estaba perdida. Trece sobre veinticuatro se pronunciaron por la pena de muerte. Dios y el Rey habían hablado. El veredicto anunciado fue la muerte por estrangulación y luego su cuerpo debía ser quemado. Francisco Pizarro transmitió el mensaje al Inca. Después de saber la noticia el Inca dijo: “Yo les he llenado de oro y ustedes no cumplen su palabra. ¿Qué hemos hecho, yo y todos los míos para merecer este destino?“. Pizarro muy afectado, se alejó del Inca, incapaz de entender el llamado de piedad de aquel que antes era venerado como el rey de reyes.
Atahuallpa en esa situación para salvar su vida dijo: “Dejen mi vida, yo les abriré los caminos de Tawantinsuyu, les doblaré de oro y plata. Yo haré llenar de oro y plata todas las casas de Cajamarca“. En ese momento todos sufrían ya, veían el solo negro, signo de duelo. “Inti apu Inti apu, nuestro maestro“, gritaba al unísono una masa de hombres y mujeres ya en la sombra del atardecer. Dos horas más tarde el Inca fue llevado con cadenas en los pies y las manos a la plaza de Cajamarca en la que nueve meses antes aparecía vestido de oro y plata.
Viendo esto los aymara-quechuas gritaron desesperados, pero el Inca les ignoró. Por última vez levantó los ojos hacia la franja rocosa de su imperio, cuando ya detrás de aquélla el sol acababa de desaparecer. El Wiracocha había también desaparecido para zambullirse en el mar del Oeste y tal vez ha prometido volver pensó el Inca. Pero Atahuallpa dijo a sus mujeres que él volvería convertido en una serpiente para castigar a los extranjeros. Dicho esto, el Inca caminó hacia la muerte con un paso digno y seguro, los verdugos le acercaron al poste, Atahuallpa miró fijamente a Pizarro, mientras que los verdugos jalaban la cuerda; de los ojos abiertos de Atahuallpa caían gotas de lágrimas como si el Inca rechazase la muerte. Era el 29 de agosto de 1533. Muchos aymara-quechua gritaban de desesperación y muchos se ahorcaron, otros se lanzaron desde las rocas al precipicio. Las mujeres se ahorcaron con sus propios cabellos. En el cuarto del muerto los favoritos del Rey llamaron por su nombre y buscaron entre las cuatro esquinas y gritando y gritando se quitaron la vida.
Al día siguiente mientras los españoles celebraban la misa alrededor del cuerpo de Atahuallpa, miles de mujeres llegaron gritando y pidieron ser enterradas vivas en el sepulcro del Inca. La noche subsiguiente el cuerpo del Rey había desaparecido; se explicó a los españoles que el hijo del sol partió para Quito en busca de sus ancestros maternales. Un kuraka dijo que la tierra no quiere devorar el cadáver del Inca, los precipicios y las rocas tiemblan y entonan cantos fúnebres, las lágrimas se juntan en torrentes; el Inti se oscurece, la luna enferma y el tiempo quedó reducido a una simple pestañeada.
Desde su muerte casi nadie recuerda al Inca Atahuallpa, incluso aquellos que hoy se autonombran de sacerdotes, amautas originarios, y tampoco lo hizo el Presidente “indígena“ a pesar de haber recibido el bastón en Tiwanaku, sólo hizo referencia a Manco Inca. ¿Qué significa este olvido? ¿Temor a la Iglesia? ¿Impostura? ¿Es una complicidad con el colonizador? Cierto, la historia colonial y oficial del Estado borró en la mente de los quechuas y los aymaras la figura del Monarca, la memoria quedó en el vacío, en ese vacío la Iglesia llenó de oscuridad, de olvido, de odio y de sufrimiento: De todos los crímenes cometidos contra el pueblo del Inca, la Iglesia católica jamás pidió perdón a las naciones aymara-quechua, sin embargo lo hizo con otros pueblos en el mundo. ¡Jallalla Atahuallpa, seguros estamos que volverás!
*Fernando Untoja Ch. es docente universitario.
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