Enclavado a 3.900 metros, en este pueblo yungueño las mulas son un lujo, las largas caminatas una necesidad y las lagunas un lugar sagrado.
Texto y fotos: Javier Badani Ruiz
La mula no es un animal cualquiera en la localidad de Chuñavi: es un símbolo de opulencia. A 1.500 bolivianos por cabeza, ´es como tener un automóvil de lujo correteando por la ciudad´, explica Martín Leva, uno de los dos tenderos que despachan escasa mercancía en la comunidad sudyungueña.
La comparación de Leva no es exagerada y se hace carne al observar al habitante común trepar por más de dos horas los empinados cerros cargando en sus espaldas la leña que usará luego para cocinar sus alimentos. Claro, los más afortunados hacen el mismo trayecto en menor tiempo y con el cuadrúpedo animal cargado en extremo.
Con todo, las largas caminatas son una parte de la herencia que las culturas prehispánicas dejaron a los 166 habitantes de Chuñavi.
Enclavados en las faldas de ´la otra cara del Illimani´, los comunarios devoran diariamente decenas de kilómetros hasta sus chacras donde se dedican a la agricultura, la ganadería y la religiosidad. Lo hacen por los milenarios senderos precolombinos que ahora, bajo el emprendimiento de sus jóvenes, se consolidan de a poco como un atractivo turístico, a únicamente tres horas de la ciudad de La Paz.
Illimani, ese tímido nevado Esta madrugada no hubo suerte. Un ejército de nubes escondió al Illimani, que dormita a tan sólo 15 kilómetros de Chuñavi. ´Así no más es´, asegura Félix Quenta Salinas, y con esas palabras comienza a desempolvar la voz de sus abuelos.
´Cuando llegan los turistas... ¡zas!, se oculta; no quiere que le saquen fotos, pues´, espeta con un aire de orgullo. Así, por hoy, el lente tendrá que conformarse con retratar a otro cerro, el coqueto Mururata.
A sus 32 años, Félix es dirigente de su comunidad, agricultor y uno de los guías locales que presta sus servicios a los turistas que, aunque en poca cantidad, llegan hasta Chuñavi para iniciar una travesía de tres días por los caminos preincaicos que serpentean las montañas de la Cordillera Real, a más de 3.900 metros de altitud, hasta tocar el cálido corazón yungueño de Chulumani, a unos 2.000 metros.
Antes de la Colonia, Chuñavi —a 73 kilómetros de La Paz— era el punto de encuentro de cuatro de los más importantes caminos del Imperio tiwanakota y posteriormente también lo fue del incaico.
Entonces, su ubicación privilegiada —en el punto más alto de la región— hizo de esta localidad lugar ideal para el intercambio de la producción proveniente de la Amazonia, el subtrópico y el Altiplano.
Aún hoy en día, estos delgados senderos conectan a la zona de Chasquipampa de La Paz con el pueblo beniano de Rurrenabaque.
´Antes, desde Uyuni traían en caravanas de 30.000 llamas sal para la Amazonia. De allí volvían con cacao y algodón. Y durante el trayecto de vuelta recogían hoja de coca y madera chima para elaborar las varas de las autoridades´, explica Quenta.
Hacia el fin del mundo Una marraqueta endurecida por el frío y un té de sultana hirviendo dan la bienvenida a una nueva jornada en Chuñavi. El cielo está casi despejado. El nevado paceño, sin embargo, prefiere mantener todavía escondido su colosal rostro ante la presencia del inquieto visitante.
´El fin del mundo está cerca. Y llegará cuando el Illimani quede pelado, sin nieve´, dice con total convicción Martín Chávez, encargado de dar las noticias diarias en aymara en la emisora Qhana 90.3.
A pesar de todo, este presagio no parece afectar el júbilo de Coqui, un vivaz perro guía que se alista para recorrer, junto a Félix Quenta, 20 kilómetros del camino precolombino de Yunga Cruz, el que termina en el pueblo de Chulumani. A esa distancia se alzan Kala Ciudad (Ciudad Encantada) y cinco lagunas consideradas sagradas por los habitantes de Chuñavi.
Luego de 60 minutos de caminata, Félix explica que es hora de acortar camino. Usualmente, como el resto de los comunarios de Chuñavi, realiza el recorrido de ida y vuelta a Kala Ciudad en cuatro horas por senderos alternativos.
La laguna mágica Cerca de culminar el ascenso a los 4.400 metros, el corazón parece estallar y el cuerpo desfallece. Félix, en cambio, espera tranquilo en la cima mientras se alimenta con macha macha, la cerveza andina.
Al igual que este diminuto fruto dulce —que en cantidad puede causar en el cuerpo el mismo efecto que el alcohol—, hay variedades de plantas comestibles como el jala huayo, el alimento preferido por ´el oso de anteojos´, conocido más popularmente como jucumari.
Y cuando la sed se apodera del caminante, durante el descenso hacia las lagunas se encuentran vertientes que descienden desde las cumbres del Mururata y el Illimani.
De las cinco lagunas que se hallan en Kala Ciudad, la Kasiri es la más grande. Rodeada de imponentes farallones que se asemejan a una petrificada metrópoli, esta laguna es un hervidero de leyendas.
´Las caravanas tiwanakotas que se dirigían a la Amazonia acampaban aquí. De pronto, según cuentan las leyendas, aparecía una cadena de oro en medio del lago. Al intentar sacarla, la gente era tragada por las aguas´, narra Quenta.
El respeto por las cinco lagunas se hace evidente durante las épocas de sequía. Entonces, los comunarios de Chuñavi llegan allá en ayunas para recolectar su agua. Una vez de regreso, los campesinos rocían el agua en sus terrenos y ´al día siguiente comienza a llover´, asegura el ya experimentado guía.
Luego de 10 horas de deambular por la Cordillera Real, la noche anuncia el retorno de los caminantes a Chuñavi, guiados por los ladridos de Coqui. Como un suspiro, el amanecer llega de prisa. Y esta vez el Illimani se deja contemplar por unos segundos para perderse luego en la bruma. Y es que parece que la dura caminata ablandó un poco el corazón del coloso paceño.