“Como ciudadana en ejercicio de mis derechos y obligaciones individuales y colectivos me rebelo y me niego a que me encasillen...”. “Por no ser ni frío ni caliente, te tengo que vomitar´. Así me han dicho que reza un pasaje de la Biblia. Hubiera preferido una sentencia más amable, como aquella de ´Ni chicha ni limonada´. En todo caso, ambas aluden a una posición cerrada y excluyente. Y me niego a aceptarla. Nuestro país no está para esos trotes, aunque muchos, de un lado y otro, se estén empeñando a brazo partido por conseguir que la línea divisoria sea de alambre de púas.
Quienes apelan a la necesidad de una definición excluyente, por asco a lo tibio, sufren de impaciencia crónica, que en parte es también intolerancia, que podría extenderse como el fuego en la madera seca en estos días de quema… quemando a sus incitadores. El fuego, cuando comienza, no respeta, por muy purificador que sea.
Quienes están en ese bando dicen que la ingenuidad y la malicia provocaron la situación irritante de la Asamblea Constituyente. Que los últimos años han sido una sucesión de desmadres provocados irresponsablemente por quienes somos incapaces de ver que todo estaba bien nomás y no había por qué hurgar el avispero. O sea: bien nomás la pobreza, bien nomás la injusticia, bien nomás la corrupción.
En la otra esquina están quienes creen que la época de cambios en la que estamos nació hace algunos meses, con la mayoría en la urnas. Se equivocan, porque llevamos años construyendo esos cambios, y muchas de las cosas que hoy por hoy nos ocurren, para bien, fueron sembradas por la partera de la historia.
Ambas posiciones actúan como irreconciliables. Entonces, frente al ´nada debe cambiar´ se encuentra el ´todo debe cambiar´, haciendo de los últimos 24 años de construcción democrática esa especie de relato melodramático de nuestra historia en la que sólo caben la culpa, los lamentos y las recriminaciones. La pasión es indiscutiblemente hermosa, pero la mayoría de las veces mala consejera, y suele producir, como dice Vargas Llosa, ´la tentación de lo imposible´.
Lo peor que nos puede pasar en que desde la confrontación sin salida, ningún camino de cambio sea posible y todos terminemos como estábamos antes de que comenzara esta historia reciente de hace 24 años. En cambio, es posible que la confrontación negociada y asumida como una base para la construcción de acuerdos nos lleve a continuar con los cambios que, hasta la fecha, han hecho posible que tengamos en el poder un proyecto político más incluyente y más representativo de nuestra diversidad.
Como ciudadana en ejercicio de mis derechos y obligaciones individuales y colectivos me rebelo y me niego a que me encasillen en uno u otro bando. Nunca quise ni quiero que todo siga como está. Como tampoco estoy dispuesta a aceptarlo todo a ojos cerrados…
Lamentablemente esta posición es calificada como tibia por unos y otros. Quizá lo sea para quienes apuestan por el desastre, para quienes no tienen en mente quedarse en esta tierra y pelear, construir, negociar el sueño de que es posible que juntos hagamos lo cambios. Yo me quedo.
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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