Madonna actuó ayer por primera vez en su carrera de más de 20 años en Rusia. En el estadio Lushniki de Moscú fue ovacionada durante dos horas por unos 50.000 fans más allá de la polémica que precedió a su show.
Las fuerzas de seguridad rusas desplegaron 7.000 hombres fuera y dentro del estadio y dos helicópteros patrullaron el lugar desde el aire. Todo parecía conspirar contra su actuación en los días previos: la mafia rusa amenazó con secuestrar a sus hijos, Rocco y Lourdes, por lo cual finalmente viajó sola a Moscú; la iglesia ortodoxa rusa llamó a boicotear el show y hasta un arquitecto afirmó que el techo del estadio podía colapsar a causa de las ondas sonoras del show.
Las protestas de los miembros de la Iglesia ortodoxa rusa continuaron hasta poco antes del concierto, que consideran blasfemo porque para cantar Live to tell Madonna se cuelga de una gran cruz. “Dejen de alimentarnos con la basura de la cultura pop occidental”, clamaban los panfletos de los manifestantes. Según la Policía, hubo cinco detenidos.
Madonna, que no se privó de cantar Live to tell en la cruz, también habló de política. “Ahora son libres y deben aprovecharlo. Tienen que pensar por sí mismos, expresarse. Estados Unidos es considerado libre, pero nadie allí dice su opinión”, afirmó.
La gira Confessions de Madonna recaudará $us 200 millones. En Moscú, donde el sueldo promedio es de 10.000 rublos ($us 370 dólares), las entradas más baratas costaban 1.500 rublos ($us 55). Moscú, DPA-EFE