Antes de que se me tilde de poco respetuoso ante la desgracia ajena, déjeme precisar que de haber tenido un desenlace menos feliz que el que tuvo, ni se me ocurriría asociar, así fuera tan solo figurativamente, la accidental caída del señor Román Loayza dentro de la fosa orquestal del Gran Mariscal, escenario de la Asamblea Constituyente.
Previamente a hacerlo, sin embargo, digamos un par de cosas respecto del asunto mismo. La existencia de un video, del que hablaremos más adelante, permitió disipar cualquier duda sobre las circunstancias en la que se produjo, determinando, a su vez, que este infortunio pudiera ser —como ya lo estaba siendo— utilizado para incriminar a algún miembro de la oposición como autor de la precipitación al vacío de Loayza, empujón mediante, con las consecuencias políticas que ello hubiera supuesto. Y, ¡cosas del destino!, que la humanidad lastimada del asambleísta fuese a parar a la pieza de un hospital de Santa Cruz y atendida por un equipo de galenos que en otro contexto y con la ligereza que suele caracterizarlo, el propio dirigente masista calificaría como parte de la “oligarquía cruceña”; pues bien, los “oligarcas” acabaron prodigándole cuidados que, sumados a su fortaleza física y volitiva, prácticamente devolvieron la vida al ahora convaleciente dirigente campesino. ¿No es maravilloso?, ¿no resulta, acaso, una lección de grandeza y fraternidad?
Esta epifanía me permite traer al papel un momento de los aciagos días en los que en las calles de La Paz y El Alto se libraba una batahola. En la medida en que los heridos llegaban al Hospital General, otro creciente número de ciudadanos —entre ellos el columnista (lo digo una vez transcurrido largo tiempo y sin el menor afán de reclamo)— acudía a este centro llevando medicamentos y donando su sangre. Algo de sangre “K’ara” habrá servido para que una cantidad de conciudadanos recupere la salud.
Entrando en la materia de fondo, encuentro que la manera en la que se desarrolla la escena en la que finalmente aparece Román Loayza tendido en el subsuelo, se repite ad nauseaum en el proceder gubernamental, ¡y no me refiero a la sostenida caída de la confianza en el Presidente que muestra una encuesta!
Lo que he visto es que el asambleísta iba caminando con naturalidad y de pronto, al borde del escenario, vira la cabeza y parte del torso como para ver y escuchar lo que ocurre a sus espaldas y, en fracción de segundo, sucede lo que ya conocemos; “se le acaba el piso”, diríamos, y el hombre cae pesadamente. Y lo que advierto en el equipo de gobierno es que, análogamente, mientras camina en un sentido tiene la cabeza orientada hacia el opuesto, dando pasos en falso a cada momento. El piso se le acaba con inusitada frecuencia y no tiene mejor idea que achacarlo a un supuesto complot en su contra, que es lo mismo que decir que la oposición lo empuja al vacío. Lo cierto es que no necesita que lo empujen, se basta solo.
*Puka Reyesvilla es docente universitario.
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