Puede sonar paradójico que, en pleno siglo XXI, se hable de lo imposible, cuando tanto se promocionan los avances científicos, sobre todo en el campo médico y cibernético y, con cierta ironía también, en el de las relaciones internacionales y globalización.
V. Havel, ex presidente checo, con gran altura intelectual supo escribir acerca de este arte al decir que: ´Aprendamos y enseñemos que, la política debe ser la expresión del deseo de contribuir a la felicidad de la comunidad más que una necesidad de engañarla o arruinarla. Aprendamos y enseñemos a otros que la política puede ser no sólo el arte de lo posible, especialmente si eso significa el arte de la especulación, del cálculo, de la intriga, de los negocios secretos y de la pragmática manipulación, sino que incluso puede ser el arte de lo imposible, es decir, el arte de mejorar al mundo y a nosotros mismos´.
Es importante tratar de ir un poco más allá y descubrir el sentido de una situación que se repite a lo largo de la historia y que parece no tener fin: El que preside tiene la obligación de gobernar a un país, a todo un país y ése es el desafío más grande. Es en esa encrucijada de intereses tan distintos, pero también legítimos, de distintos componentes de una sociedad, en donde se revela el verdadero líder. No es un carisma personal lo que lo engrandece, ni masas que lo alaben hoy y mañana lo puedan ignorar y hasta derrocar, sino el saber compaginar lo mejor de cada sector para construir un país mejor para todos sus habitantes. Así, ´el buen líder habla poco, y cuando ha concluido su trabajo y alcanzado su propósito, la gente dirá: lo hicimos nosotros´ (Lao Tse). Y éste es un buen termómetro para conocer el pulso de una nación y si progresa o retrocede.
El mismo Havel da otra clave del buen gobierno: ´La confianza en uno mismo no es orgullo. Todo lo contrario: sólo una persona o una nación que confía en sí misma es, en el mejor sentido de la palabra, capaz de escuchar a otros, aceptándolos como semejantes, perdonando a sus enemigos y lamentando sus propias faltas. (…) Sólo de esta manera restauraremos el respeto hacia nosotros mismos, el respeto a los demás, así como el respeto a las demás naciones´.
Soñamos con un país bien articulado, independiente, libre, democrático, económicamente próspero y socialmente justo. Ésa es la definición de una república humana que sirva a cada persona porque todas, sin excepción, son importantes, y que, por consiguiente mantengan la esperanza de que el ciudadano pueda servirla con la capacidad y la capacitación que ha adquirido. El mayor orgullo de un gobernante tendría que ser el hecho de que nadie se quiere ir porque la patria es un hogar dónde desarrollarse como personas y como comunidad familiar y social.
*María A. T. Albalat es docente.
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