Esta no es la primera vez en que un gobierno de turno adopta una posición exterior contraria a los intereses fundamentales y a los objetivos económicos del país, pero puede ser la más costosa. Para no irnos demasiado atrás en la historia, basta traer a colación la incorporación de Bolivia entre los países beneficiarios del alivio de la deuda externa conocido como Programa HIPC. En ese momento muy pocas voces planteamos que se trataba de una decisión errada, que traería consecuencias inconvenientes, y que había otras maneras de encarar la carga fiscal y de divisas que representaba el servicio de la deuda externa. Ello, no obstante, el dogmatismo neoliberal imperante consideró que el alivio coyuntural para el Banco Central era más importante que cualquier otro razonamiento.
Con el paso del tiempo se ha demostrado que el HIPC representó un alivio menor en las cuentas externas en comparación con el efecto de crecimiento de las exportaciones, pero generó en cambio una enorme rigidez en la política fiscal, puesto que mantuvo la carga de la deuda en moneda nacional en beneficio de nuevos acreedores internos menos complacientes y flexibles, cuales son los municipios y los gremios de educación y salud.
El cuestionamiento central a la participación del país en el HIPC argumentó, además, que Bolivia se incorporaba a un grupo internacional que no le correspondía, y que perdía autonomía en el manejo de sus políticas económicas y sociales, lo que obstaculizaba, entre otras cosas, su participación plena en los compromisos de la integración sudamericana.
En esta ocasión, la participación estridente en la reunión del Movimiento de los No Alineados, fundada en razones puramente ideológicas, contradice sustancialmente la propuesta de un tratado de tres vías con los EEUU, amenaza con generar otra vez un distanciamiento del país respecto de nuestro entorno vecinal y no reporta beneficio tangible alguno.
Hay que recordar, en efecto, que dicho Movimiento tuvo su origen en la Guerra Fría, y que no fueron ajenas a su desenvolvimiento posterior las circunstancias derivadas de la descolonización en el África. América Latina no fue protagonista central de este Movimiento, pero algunos países lo acompañaron en términos ciertamente decorosos. La región desplegó en cambio iniciativas comprometidas con las
reformas económicas internacionales, inspirando la creación de la UNCTAD, el Grupo de los 77 y el establecimiento de un Nuevo Orden Económico Internacional a mediados de los años setenta.
Por su parte, la deriva del Movimiento de los No Alineados después del colapso del socialismo real en 1991 refleja más que otra cosa los actuales conflictos religiosos del Medio Oriente, así como la reconfiguración de la geopolítica de la energía en el mundo, y sus protagonistas principales ponen de manifiesto una orientación esencialmente antinorteamericana antes que antiimperialista propiamente dicha. Para fundamentar el argumento basta mirar el nivel en que estarán representados los países de América Latina y el Caribe en la reunión de La Habana, comparativamente con las otras regiones.
En vista de tales circunstancias, vuelvo a reiterar que la política exterior de Bolivia tiene que tomar en cuenta las circunstancias de su colocación geográfica, que la obligan a jugar un papel de articulación, convergencia y concertación antes que de confrontación con sus vecinos. Se suma a ello que el país ejerce actualmente la Presidencia de la Comunidad Andina y le corresponderá, asimismo, presidir la Comunidad Sudamericana a partir del próximo año. Para que el cumplimiento de dichas responsabilidades resulte ejemplar y satisfaga, además, nuestros intereses nacionales fundamentales, se hace preciso que el país adopte de una vez una estrategia internacional congruente en todos sus componentes.
*Horst Grebe L, es economista.
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