Una nueva carta de Lewis, que, creo, más o menos decía lo siguiente: “Mi impredecible prosélito, me llegan noticias inquietantes sobre tus abruptos cambios de humor, hasta en cosa de horas. ¿Qué decirte de todo esto? Pues que eres el ser más parecido al hombre que conozco, lo cual no deja de horrorizarme. A veces pienso que eres más de ese mundo que de éste, aunque la política tenga el aroma más parecido al azufre que tanto nos recuerda al príncipe.
He de empezar por corregirte, mi extraviado catecúmeno. Mira, se supone que nosotros, seres superiores, tenemos como característica principal nuestra inteligencia. Pero lo que a ti te distingue es que tienes una voluntad más grande que tu entendimiento.
Oye, mi díscolo ex querubín, ve sabiendo que lo que nos caracteriza es nuestro intellectus, nuestra capacidad de ver con la inteligencia y de seguirla luego con nuestra voluntad. En ti, primero está el querer, luego el hacer y por último el pensar. Un desastre, casi un suicidio.
Ya veo cómo enfrentas los problemas de la republiqueta. Primero embistes cuan unicornio hacia todo lo que se te resiste enfrente, y luego caes en cuenta de que pensaste con la pezuña, en medio ya de un aquelarre que pensábamos sólo reservado para estas geografías.
Te exijo entonces, criatura más que humana, que frenes tus ímpetus de destruir todo cuanto tocas, porque sobre lo devastado no hay cómo construir. A ver, a ti a quien tanto inquieta el derrotar al débil demócrata e imponer norma propia, cuando tu vehemencia haya concluido su labor, ¿a qué cristiano podrás dársela a leer?
Reflexiona un poco, mañana no hagas la siesta que escondes a todos y ponte a pensar. No te digo que mucho, porque como quedó en evidencia, ni tu labor, ni tu virtud, es esa. Pero haz un esfuerzo.
Concluyo manifestándote mi perplejidad por el trato que profesas a tu colaborador. Me dicen que ya no le prestas atención, que sus palabras sólo adornan los recintos del poder, pero que tu mirada otea por otros lados. Haz de ser más considerado. Y no se trata de ser bueno, porque, ya se sabe, esa es tarea del Enemigo. Pero no lo desautorices ante tantos ojos. Sabes, los hombres —insisto, tú no estás lejos— cuando llegan a cierta edad, tienden a olvidar los principios juveniles y optan, al treparse al poder, por disfrutarlo, no por ponerlo al servicio de las causas nobles que nos inspiran. Yo no diría que estás a salvo, pero él es presa más fácil de la frivolidad. Los hombrecitos tienden a creer que ella sólo cala en lo externo; pero la peor frivolidad es la intelectual. Sus síntomas son evidentes: les encanta escucharse a sí mismos, se retuercen de placer al inventar términos para decir cosas obvias y buscan oscurecer el charco para que nadie vea que ellos tampoco ven el fondo. Pero déjalo, a veces la gravedad con que exiges respeto para tu nombre —es cierto, muy de nosotros— debe conjugarse con un costado bufón. Recuerda que toda corte que se haya preciado de tal tuvo uno”.
*Álvaro Zuazo es periodista.
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