La tirantez entre el ahora ex ministro de Hidrocarburos Andrés Soliz Rada y Petrobras a causa de la resolución que estatiza la cadena productiva otorgada a la empresa brasileña, es el inicio de la guerra anunciada entre el Estado boliviano y las compañías petroleras, incluso a costa de la buena vecindad con Brasil. Relaciones que Don Evo Morales se pintaba de rositas porque imaginaba que su “hermano” Lula da Silva le consentiría cualquier aventura, por descabellada que fuera. Pues ahora resulta que la cosa no es tan inocua como pensó el ex ministro de Hidrocarburos, y que se ha roto el encantamiento de sacar mejores utilidades de la amistad gasífera con Brasil. Tal vez ni Evo ni Soliz recordaban que Lula da Silva dijo una vez que “Petrobras es Brasil y Brasil es Petrobras”.
Dicha resolución ministerial dispone la estatización sin indemnización de la producción y comer- cialización del petróleo, sus derivados y del GLP, lo que incluye las refinerías de Cochabamba y Santa Cruz. La respuesta del propio Lula ha sido que, frente a la decisión unilateral de Bolivia, la respuesta brasileña será dura. Otros altos funcionarios han anunciado que recurrirán a las medidas legales pertinentes. Las demás petroleras instaladas en Bolivia se han dado por avisadas y tienen preparada su panoplia legal para defenderse de las arbitrariedades de un Gobierno desnortado. En otras palabras, ¡“C’est la guerre”!
Por este camino, aplaudido ciegamente por quienes todavía creen que el nacionalismo radical, el “soberano aislamiento” (salvo en la dependencia ideológica con Cuba y la obsecuencia al multimillonario capitoste venezolano), han de beneficiar a los bolivianos de a pie, se equivocan. Espantan las inversiones productivas que son la base para el desarrollo, la creación de empleo, la exportación de productos nacionales, la mejor redistribución de la riqueza, etc. En los siete meses de una política errática, el Gobierno, en vez de aplicar la consigna de “sembrar el gas”, o sea que el abundante energético que Bolivia posee empiece a crear riqueza lo antes posible, declara la guerra gasífera a su principal vecino y cliente. Al solo anuncio de las nacionalizaciones, las empresas ya instaladas en Bolivia suspendieron las mayores inversiones que tenían previstas. Y se produjo una espantada en otros inversionistas, retraídos por el populismo y la inseguridad jurídica. Esta inhibición empresarial empezará a notarse en los próximos meses: más subdesarrollo, aumento de la brecha entre países pobres y ricos, emigración, mayor desconfianza. Todo ello, agravado por la desastrosa política internacional del actual Gobierno, que no lee libros.
He aquí una de tantas consecuencias que eran previsibles para cualquier persona medianamente experimentada, del empeño de los actuales gobernantes en imponer ideologías nacionalistas extremas, por encima del pragmatismo económico, indispensable para los negocios. El resultado es la creciente marginalidad, el aumento de la delincuencia, la inevitable inestabilidad política, la fuga de capitales, la falta de inversión productiva y más miseria. Total, ¿dónde queda la retórica grandilocuente pero hueca, sobre la lucha contra la pobreza?
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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El resultado del pozo 5 de San Antonio, o Sábalo, es una decepción, una gran decepción. Podría marcar el fin de la muy corta era de la Bolivia potencia gasífera, dicen expertos que han seguido la historia de esta ilusión.
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El fin de semana pasado un joven peruano pasó las de Caín en el aeropuerto de Barajas, había salido de Lima con destino a Praga para iniciar sus estudios de medicina gracias a una beca que ganó, las autoridades de migración no le permitieron seguir el viaje
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Urge la autorregulación en la prensa
Varios medios de comunicación han sufrido andanadas de críticas que han partido de diferentes sectores disconformes y afectados de alguna manera por sus informaciones supuestamente distorsionadas, equivocadas, tendenciosas o sensacionalistas.