Varios medios de comunicación han sufrido andanadas de críticas que han partido de diferentes sectores disconformes y afectados de alguna manera por sus informaciones supuestamente distorsionadas, equivocadas, tendenciosas o sensacionalistas. Desde el Presidente de la República, que se siente acosado por un canal de televisión, pasando por parlamentarios, hasta personas que expresan sus pensamientos en espacios de radioemisoras destinados a dar voz al pueblo, han surgido, con o sin razón, manifestaciones de malestar con el tratamiento informativo de algunos medios periodísticos.
Los reproches fueron y vinieron hasta generar la reacción del Defensor del Pueblo, quien habría dicho que no puede haber democracia sin libertad de expresión. Don Waldo Albarracín tiene razón. La libertad de prensa y expresión es reflejo de democracia. Es una libertad garantizada no sólo por nuestra actual Constitución Política del Estado sino consagrada en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en la Carta de la Organización de Estados Americanos y en todos los documentos de organismos internacionales. Pero esa libertad no habría que confundirla con el libertinaje con que algunos periodistas manejan la información y que está llevando a la prensa a ser hoy menos apreciada, creíble y respetada que antes. Y no se trate ahora de decir que el periodismo moderno permite esas licencias arbitrarias que el periodismo antiguo no las tenía.
Los medios serios de Europa y otros continentes están abocados actualmente a buscar mecanismos de autorregulación que les permitan mantener o recuperar credibilidad. Esos mecanismos no son otros que el fiel cumplimiento de sus códigos de ética, porque todo medio que se precie de responsable y serio tiene normas éticas.
En nuestro medio hay perio-comentaristas que, mostrando un total desconocimiento de las más elementales normas del periodismo y sin el menor desparpajo, mezclan sus opiniones con la noticia, sesgándola, deformándola, falseándola. En algunos casos —y esto es lo más grave— esa deformación es premeditada con el propósito ex profeso de confundir a la opinión pública, de engañarla y de hacerle creer una cosa, cuando la realidad es otra, olvidándose que la primera obligación del periodista es decir la verdad. Por otro lado, hay entrevistadores que creen que acosando a sus entrevistados, poniéndolos contra la pared, sin darles tiempo a responder preguntas sesgadas que ellos mismos realizan, están haciendo un gran periodismo. ¿Quieren demostrar que son valientes? ¿Que de esa manera se hacen más respetables? ¿Acaso no se dan cuenta de que con ello sólo logran ser repudiados y no respetados? ¿No se dan cuenta de que ese es un abuso de poder que ellos mismos critican en autoridades?
Estas actitudes periodísticas premeditadas tienen por detrás propósitos de toda índole. En algunos casos pueden obedecer al
deseo del entrevistador o entrevistadora de satisfacer su soberbia, de mostrarse superior (¿los son?) a los demás. En otros, pueden ser intereses políticos, comerciales, empresariales o sectoriales, de grupos o incluso personales los que los llevan a adoptar esas poses.
Hay quienes dicen que en el periodismo “no se da puntada sin hilo”, pero es también verdad que algunas de esas acciones tienen que ver con la pésima preparación de algunos. Ese fue el caso de un presentador de televisión que al informar sobre los del Movimiento Sin Tierra dijo que se habían entrado a la que fue hacienda de Franz Tamayo, “un ex compositor y ex presidente del país”. En cualquier otro país, barbaridad de semejante magnitud habría provocado la destitución inmediata del ignorante, pero no en el nuestro, donde gran parte de los medios está abocada a mantener una desenfrenada carrera por ganar audiencia, sin importarle en lo más mínimo la calidad de sus espacios informativos, si se está invadiendo innecesariamente la privacidad de la gente, si se está violando el derecho de menores a no revelar sus nombres, si se están dañando honorabilidades injustamente.
Por esto y por lo otro, la credibilidad de la prensa sigue descendiendo. Según encuestas divulgadas recientemente, está por debajo de la que gozan la Iglesia Católica, la Defensoría del Pueblo y la Asamblea de los Derechos Humanos. Un cuarto lugar muy distante del segundo que casi tradicionalmente ocupaba.
Hay que evitar que este descenso se acentúe y que se ponga en riesgo éste que Gabriel García Márquez ha calificado como “el oficio más hermoso del mundo” y que se convierte en expresión fiel de la democracia.
Recientemente ha sido posesionado el Consejo Nacional de Ética Periodística. Ojalá que ese organismo, cuya misión única es velar por el cumplimiento de las normas éticas en el periodismo, comience a actuar, a evaluar el comportamiento de medios y de periodistas y a impedir que la caída de credibilidad que se está experimentando, se acentúe de manera drástica o que, desde los poderes del Estado se adopten medidas dirigidas a poner freno a la irresponsabilidad y que terminen convirtiéndose en limitaciones a la libertad de prensa.
*Juan Javier Zeballos es periodista.
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