No comparto la voluntad gregaria destinada a los festejos de fechas plurales, porque considero que el sentimiento es único, nunca intercambiable y al igual que el instante... es insustituible. Sin embargo, no deseo pasar indiferente frente a una nueva celebración mediática de la festividad del amor —21 de septiembre— y es por ello que me someto ante el deleite que me brinda la ligereza de un besito furtivo y me regocijo de poder disfrutar —con calma y con tiempo— del placer de develar cotidianamente el hechizo encubierto del amor, de esa alma de la identidad compartida, de ese encanto desbordado de mujer que se controla con una mirada y se conduce a través de una dubitativa caricia.
Para quienes somos unos caídos en el tiempo, que concebimos que nada es para siempre, que siempre es el mejor momento para amar y ser amada/o; que no dudamos en afirmar que durar es implicancia y enardecer es sentimiento, es irrefutable que las fechas no pasan de ser una invención más, que burocratiza el tiempo y el amor, una realidad que trasciende la mitología de las fechas y se circunscribe a espacios de encuentro en un no lugar que habitan un no tiempo.
Y dado que todos y cada uno de los días son motivo de festividad para los corazones enamorados, cuando estés donde quieras encontrarme, aquí estoy y ahí estaré, en cualquier ámbito que abarque el perímetro de tu mirada, para lo que quisieras comparar a mi lado y para lo que quisieras omitir.
Es evidente que aunque conviva con tu ausencia corporal, me urge que los días tengan prisa, y tu presencia latente en mis sentidos y mi mal disimulado enamoramiento por ti ya no encuentra coartada en la distancia, porque aunque viaje sola, me acompañas a todas partes; porque aunque no vivas aquí, sin siquiera permitirme racionalizarlo, entregada en pleno a mis sensaciones, resides en mí. Porque. ¡Qué inútiles resultan las distancias físicas para los enamorados!
Porque a medida que disminuye mi ilusión por lo demás, objetivo mis esperanzas en los momentos contigo y me aferró a ti, te busco en la lectura, te rastreo en las elucubraciones académicas, te persigo en la afinidad de las inclinaciones, te invoco en el silencio y te encuentro en la complicidad de mitos y realidades, en la edificación de utopías, en la construcción de bohemia y en esos lugares y objetos (donde en términos de Spinoza, la belleza es un efecto sobre el espectador) que no son por las formas sino por la memoria, como deben ser las cosas si buscamos en ellas al ser humano que las realizó y a nuestro papel en esa hechura.
Que el mundo sea una injusticia, que se acabe el helado y la torta de chocolate me tienen sin cuidado, hoy estoy en condición de comprender que somos personajes de una historia que día a día se escribe, y me tiene sin cuidado el no saber en qué capítulo va el libro, ni qué resolución tendrá el argumento; tú y yo somos realidad e ilusión, los protagonistas de un libro mágico en el cual de a poco con nuestros instantes hemos ido redactando uno tras uno nuestros capítulos vividos como testigos de que es inconcebible que seamos tanto sentido, más que sentimientos y no sólo remembranzas.
*Mariella Pereyra es cientista política.
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