El opapícaro con su carga de sufrimiento, rencores hallaba el camino para disminuir sus desventajas. Tío: lo busca opapícaro, gritó el niño, sin ninguna malicia. El dueño de casa salió ofuscado intentando disimular con gestos de bienvenida por demás cordiales la metida de pata. El ofendido también fingió ignorarla. Le invitó a pasar al escritorio donde tenía puesto el tablero de ajedrez.
El opapícaro fue un apodo frecuente en los pueblos de la llanura del país, aún se lo emplea en algunos de ellos donde el crecimiento no ha desterrado las relaciones cara a cara entre gente que se conoce por generaciones. El nombre recaía en personas con traza de opa pero cuya conducta mostraba más bien las cualidades contrarias, para sorpresa del ingenuo que se dejaba llevar por las impresiones iniciales. El mote, como dirían los lógicos, es un oxímoron, una figura de lenguaje que reúne en una sola expresión dos palabras con significados opuestos: opa y pícaro. El primer término, un americanismo, se refiere a un individuo o a un acto atolondrado, necio, simplón. Pero que en el caso apunta al aspecto físico de una persona, considerado por la opinión corriente como una manifestación de la bobera. Se trata de maneras de hablar, de actuar, de gestos o de defectos físicos: una pata de pañuelo, un labio caído, una tartamudez, a veces producto de una herencia biológica, estigmatizados por el común del pueblo como signos externos de una debilidad de la inteligencia. El segundo, el pícaro, tiene una larga tradición en la literatura castellana. La novela picaresca del Siglo de Oro español se ocupó de él retratando su vida. Personajes, sin centavo en el bolsillo, ni fama que cuidar, pero llenos de malicia, ingenio, descaro, socarronería, urdimales permanentes. Tales atributos se presentaron igualmente en las sociedades de este lado del atlántico.
Los tratados de caracteres humanos conocidos desde la Grecia Clásica y cultivados especialmente en el Renacimiento no incluyeron al opapícaro, tampoco apareció como personaje literario de envergadura, salvo en algunos versos del poema cruceño, pastoril tardío, de M. Montero: Paquito de las Salves. Aunque más de un lector oriental de Don Quijote seguramente no hubiese dudado de poner este calificativo al héroe cervantino, entre loco y cuerdo que se permitía dichos, opiniones que la cordura de los demás, quizá a pesar de su deseo, no osaba mostrar. Sin olvidar sus hazañas y reflexiones, aparentemente disparatadas para sus paisanos, en las cuales campeaban la irreverencia y la ironía.
El género picaresco creó un estilo social con varias subespecies: los charlatanes, burladores, rufianes, avispones, celestinas, vagabundos, en ninguna encajó el opapícaro, si bien exhibe aspectos de algunos de ellas. Tampoco el estudio de La Bruyére, sobre los caracteres, un clásico inspirado en la obra del ateniense Teofrasto, que pintó personajes singulares, con pretensión universal: el inoportuno, el ostentoso, el bribón, el cortesano, los lambiscones, sátira de los hombres y de la sociedad de entonces, hizo una descripción de él. El tema se popularizó y muchas obras prolongaron esas caracterizaciones, adaptadas a la época, sin introducir al opapícaro. Sin duda ni Santa Cruz ni el Beni son Grecia, Francia ni España, mas allí se construyó un carácter típico con algunos atributos propios y otros tomados de fuera, en especial del mundo ibérico.
El opapícaro, hombre o mujer, era un personaje cuya figura o apariencia exterior correspondió a la imagen que sus coterráneos tuvieron del opa. A menudo bastó un solo rasgo físico para recibir el epíteto. La víctima en lugar de aplanarse por el estigma atribuido, le sacaba ventaja en la interacción social, en ocasiones para decir torpezas, chistes crueles o agudas ironías a sus interlocutores, no toleradas a nadie más. En otras oportunidades para obtener logros materiales a través de sus picardías, a costa de los desprevenidos vecinos. El opapícaro convertía así en una estrategia de vida la reprobación social.
“Y quién me ve a mí la traza, calladingo en esta esquina sin saber que me domina inteligencia y… jujú¡ pero así son las cosas, muchas veces son los tigres descendientes de cordero. Y aquel que está de primero resulta jitamucu¡” (excremento de perro), reflexiona Paquito de las Salves, ilustración del campesino cruceño, excepcional, indolente, reñido con el trabajo al mismo tiempo repleto de ingenio, de imaginación en opinión de J. Antelo.
Como se desprende de estas estrofas, donde la grafía regional ha sido modificada, el individuo estigmatizado acepta con sorna la situación y la revierte para mostrar donde acaban quienes miran con desdén su modesto aire. En las relaciones sociales el opapícaro no consigue de entrada el respeto y la consideración que merece, no tanto por las inevitables diferencias de trato que existían en el orden tradicional respecto a la clase, el sexo, la procedencia, cuanto por su aspecto físico menospreciado. Sin embargo se sirve de él para con astucia, no poco de maldad, poner el juego de su parte. Haciendo de debilidad fortaleza, al contrario de lo que sucede con muchas personas estigmatizadas, el opapícaro pasa a menudo la factura al otro que tarde se da cuenta de la errada apreciación. Sus acciones requerían de un conocimiento cercano de los demás, por eso su figura tiende a desaparecer donde las relaciones sociales se distancian, se formalizan o simplemente la cirugía interviene para eliminar el defecto discriminador. El opapícaro con su carga de sufrimiento, rencores hallaba el camino para disminuir sus desventajas. Cierto, él apareció igualmente fuera del área oriental, empero ahí se comprendió y se tipificó bien su papel, hasta otorgarle un rostro costumbrista.
¿Cómo terminó la partida de ajedrez? El dueño de casa puso fin al encuentro cuando recibió el tercer mate. ¿Alguien anticipó otro resultado?
*Salvador Romero P. es sociólogo.
Necesarias reformas en Europa
En los últimos quince años, la economía europea está lenta y con niveles de desempleo que han estado por niveles del orden del 12 por ciento anuales, hoy en un 8 por ciento, muy por encima a la tasa natural de desempleo del 4,7 por ciento que, por ejemplo, tiene EEUU.
Marcela Nogales, chivo expiatorio
Marcela Nogales, ex gerente general del Banco Central de Bolivia, estaba con sus hijos en la sala de preembarque del aeropuerto de El Alto para abordar un avión a Chile donde iba a ir a vivir porque su marido había sido contratado por la empresa Queiros-Galvao.
Imposturas: blancoides e indioides
¿Por qué estamos donde estamos? ¿Por qué separarnos en maniqueísmos absurdos? ¿Por qué se nos divide entre blancoides e indioides? ¿Los que nos están llevando a este callejón sin salida, son realmente demócratas?
Sabor a poco
Los dos tercios aparecen hoy como una fórmula mágica, sinónimo de legitimidad, consenso, desprendimiento, acuerdo, y racionalidad en la toma de decisiones importantes.