Los dos tercios aparecen hoy como una fórmula mágica, sinónimo de legitimidad, consenso, desprendimiento, acuerdo, y racionalidad en la toma de decisiones importantes. Sin embargo todos parecemos olvidar que muchas veces los acuerdos logrados vía dos tercios, fueron solamente posibles acudiendo a los consabidos mecanismos de la repartija prebendal. El sistema de coaliciones y pactos parlamentarios entre partidos electoralmente débiles, estuvo casi siempre signado por una creciente práctica de distribución de espacios de poder, que, en el transcurso del tiempo, se convirtió en una perversa fórmula de hiperclientelismo.
En aquel contexto, los requisitos de mayoría absoluta y mayoría de dos tercios para la aprobación de leyes y designaciones, funcionaba mientras había algo que repartir. Fueron épocas en que los célebres “operadores políticos“ degeneraron en verdaderos traficantes del poder. Cada voto tenía un precio, y éste se cobraba celosamente en forma de ministerios, embajadas, magistraturas, cortes, instituciones “institucionalizadas”, licitaciones, contratos, y no pocas veces, en contante y sonante. Muchos recordarán, con horror, cómo, inclusive después de la repartija de pegas, circulaba por los pasillos del poder, el maletín de los gastos reservados para asegurar votaciones de la oposición ¡y del propio oficialismo! Moraleja procedimental: No todo lo que brilla es oro.
¿Qué pasa entonces cuando hablamos de dos tercios en un espacio constituyente en el que no hay botín para repartir, y en el que se confrontan posiciones políticas diametralmente opuestas? Más allá del discurso de las buenas intenciones y del espíritu democrático, personalmente veo poco probable que mayorías y minorías puedan ponerse de acuerdo en un híbrido que satisfaga a todos. Ni por tercos ni por malintencionados; simplemente porque se enfrentan dos visiones de país completamente diferentes, y sobre todo porque el escenario está altamente contaminado por discursos subalternos que reditúan del mísero enfrentamiento racial y regional. No hay que ser Mandrake para adivinar que los dos tercios llevarán a la Asamblea a un empantanamiento mortal, cuyo costo será la vuelta a fojas cero.
Y a no ser que este sea el deseo oculto de parte de la oposición, más vale que los actores se desembaracen de la rigidez jurídica de las formas y reasuman la naturaleza política del proceso constituyente, pues justamente éste es el producto de una crisis política. ¿Será tan descabellado pensar en algún mecanismo que nos lleve a elegir en las urnas, por mayoría absoluta, entre dos propuestas de Constitución? Para el MAS, esto implicaría el reto, hasta ahora pendiente, de encontrar el eje articulador de una propuesta política inclusiva, que seduzca nuevamente a las atemorizadas clases medias.
El tiempo de la consigna y la confrontación “al fósforo” se agota, y preocupa la ausencia de una propuesta que resuelva las crecientes tensiones internas de un movimiento naturalmente complejo, que responda a la expectativa de una visión integral, y que sobre todo, sea capaz de superar la maniquea confrontación étnico-regional. Ya va siendo hora de que el flujo y reflujo de demostraciones de fuerza gratuitas, se traduzca en confrontación de ideas y propuestas. O sea, llegó la hora de aterrizar, y en ello, el partido de gobierno tiene la obligación de recuperar la iniciativa.
El resto es champa guerra nomás, y claro, no deja sabor a poco.
*Ilya Fortún es comunicador social.
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