Una pareja compuesta por un francés y una belga está recorriendo parte de Latinoamérica tratando de reconstruir los más bellos romances. En su periplo, también estuvieron en Bolivia.
Ambos tienen la sonrisa siempre a flor de piel. No es para menos, pues la tarea que tienen encomendada es la de recolectar las más bellas historias de amor de América Latina. Para eso, también pasaron por Bolivia, donde estuvieron durante casi tres semanas tras el rastro del latido de los corazones de La Paz, Cochabamba, Chuquisaca, Potosí y Beni.
Él, Nicolás Schmitt, es francés, con el pelo corto y casi rapado a los costados, los dedos largos como los de un pianista y jurista de profesión. Ella, Natallya Ghyssaert, es belga, pero con raíces mexicanas, tiene una larga cabellera y trabaja como médico naturista. Sin embargo, ambos han renunciado por unos meses a sus rutinas y están ahora viajando por sus propios medios para intentar sembrar un poco de esperanza en el mundo. Es por eso que se hallan en estos instantes a la caza de los romances más intensos con acento latino.
Pero esta travesía no es nueva. Al menos, no para Nicolás, que en 1999 dio vida en Francia, junto a varias personas más a la asociación “La historia más bella del mundo”. Desde entonces ha viajado por más de 50 países, y cada una de sus escapadas ha tenido un eje temático distinto. “La primera trató sobre el tema de la educación. La segunda, sobre la cultura de la paz. La tercera se centró en el concepto de libertad. La cuarta versó acerca de la transmisión de la felicidad. Y la quinta es la que está en proceso”, explica en el Montículo paceño, donde se acercó para observar las inscripciones de los enamorados.
Entre todos los viajes, suman ya casi 50.000 kilómetros de recorrido, siempre por tierra. Y cada paso dado se va documentando en forma de relatos y de fotografías. Ahora, además, con la reciente incorporación de Natallya al proyecto, también se están registrando imágenes de video. Finalmente, con todo el material, como se ha venido haciendo hasta el momento, se organizarán exposiciones itinerantes en varias capitales europeas y quizá en Nueva York y en Nueva Delhi.
“El único objetivo es volver a la gente mejor. Y en ese sentido no hay motor más fuerte que el amor. Ante tanta injusticia, tantas guerras, tanta pobreza y tantas muertes, queremos que las personas hablen de sí mismas, que saquen lo mejor que llevan dentro”, confiesa Nicolás.
Amor a la boliviana
En Bolivia, donde llegaron tras atravesar Colombia, Ecuador y Perú, han conocido desde una pareja de viejos mendigos, que se apoya incondicionalmente con hechos tan simples como ayudarse a cruzar la calle o a cargar los pocos enseres con los que salen adelante, hasta esposos de comunidades rurales que les basta sólo con el campo y tenerse el uno al otro para estar felices.
Pero ha sido en la gran urbe, en La Paz, donde se han topado con uno de los relatos más increíbles, en este caso de amor filial. “Conocimos una familia —cuenta Natallya— en la que el esposo se quedó viudo cuando sus tres hijos eran todavía muy pequeños. Y la Cotoi, como era llamada la hermana de la madre biológica, Carmen, renunció a todo hace 50 años para irse a vivir con ellos y hacerse cargo. Abandonó su casa, un puesto de alta responsabilidad en un banco y su libertad, todo para educar a los pequeños como si fuesen suyos. Imagínate lo mal visto que estaba en esa época hacer eso sin que estuviera casada con el padre”.
Luego, después de 16 años, comenzó la segunda parte de esta historia, pues la Cotoi —que ya se murió— se casó con el que fue antaño el marido de su hermana. Hoy, entre tanto, los que fueron sus “hijos adoptivos” han montado un estudio de abogados y trabajan juntos. Y el cariño es tal que hasta los nietos no se olvidan de ella, pues fue la única abuela que conocieron.
“Ricardo, uno de ellos, recuerda que la Cotoi siempre se ocupaba de ellos y no había un día que no les llamara por teléfono. Cuando iban a su casa, se despertaba a las cinco de la mañana para contarles cuentos y les regalaba chocolates. Por eso, Ricardo aún sigue de vez en cuando comprando esa misma marca de chocolate por el simple hecho de que le recuerda a ella”.
Pasiones incondicionales
Parecidas historias se han ido repitiendo en los otros países recorridos.
En Ecuador, por ejemplo, conversaron con una pareja muy peculiar. “Ella, pese a la oposición de su familia, dejó su labor como maestrita de escuela en el campo para ir a buscar a Quito a un campesino del que se había enamorado”, dice Natallya. No tenía su dirección y encontrarle parecía una quimera. Sin embargo, el destino se apiadó de ellos y, de casualidad, se cruzaron un día por la calle. “Y desde hace 30 años, ya no se separan casi ni un minuto”, sonríe.
En Perú, mientras tanto, les contactó un ex presidiario con una odisea vital que tuvo un final afortunado. “Él estuvo preso durante 15 años porque era comunista y en el momento en que le metieron al presidio estaba enamorado de una jovencita. Ella le fue a visitar una única vez durante su encierro. Él, cuenta, la hizo suya, pero después ella emigró a España. Él, cuando salió, le confesó por carta su amor y consiguió que regresara. Entonces, se enteró que tenía una hija de 14 años. Y hace tan sólo unas semanas se han casado”, relata Nicolás.
Padrinos internacionales
Ahora, en breve, Natallya y Nicolás se irán a Chile y Argentina. Pero sus cuentas de correo electrónico electrónico(natallya@hotmail.com / nicoschmitt@hotmail.com) seguirán abiertas para que todo aquel que quiera les mande sus historias.
Ellos, con una paciencia infinita, no dejarán de leerlas y de emocionarse. Aunque también hay que decir que en esta aventura no están solos. Y cuentan con padrinos de primera línea como el Dalai Lama, máxima autoridad espiritual tibetana, y Jacques Chirac, presidente de Francia, que sobre todo les ayudan con los contactos y las exposiciones.
En el Montículo, mientras, los troncos mutilados por amor y las columnas con inscripciones a veces cursis, otras modernas y las más románticas pero ingeniosas se adueñan del ambiente. Y una pregunta obligada llega como un auténtico dardo envenenado a la pareja: ¿Ustedes también están enamorados?
Ellos se miran con ternura. Una pupila se clava contra otra. Juntan sus manos. No atinan a decir nada. No importa, acá sobran las palabras.
Fotos con esperanza
La imagen de la parte inferior de esta página es una de las que más ha tocado el corazón de la gente que ha podido contemplarla en alguna de las exposiciones que han recorrido ya varios países mostrando las fotografías y los relatos del proyecto “La más bella historia del mundo”. En este caso, se trata de un anciano que estaba caminando en el Nepal cabizbajo porque le dolía mucho la cabeza. Hasta que Nicolás Schmitt llegó a su lado y le ofreció algunas aspirinas. El señor estaba extrañado, nunca había visto medicamentos y no sabía cómo debía tomar la pastilla. Incluso, se veía un tanto desconfiado. Finalmente, sin embargo, la aceptó, y cuando se sintió más aliviado comenzó a reír con el desparpajo de un niño por la satisfacción y la tremenda alegría que sentía ante la ayuda del extraño. Entonces, alcanzó a mostrar su dentadura, en la que apenas se distinguían ya unos pocos dientes. Y ahí es donde da comienzo la segunda parte de esta historia. Meses después, en un frío hospital europeo una señora de no más de 35 años estaba sufriendo mucho debido a un grave accidente de automóvil que le había afectado la mandíbula —perdió todos sus dientes—, lastimado la cadera y por el que tuvieron que realizarle varias operaciones. Por todo, no tenía ganas de vivir y se pasaba el día únicamente paseando por los pasillos del recinto. Hasta que llegaron hasta allí las fotografías de la cuarta expedición de Nicolás Schmitt, que tenía como eje la transmisión de la felicidad. Cuando la mujer vio al viejo botado de la risa, se avergonzó de su autocompasión y cambió su punto de vista sobre la vida. Y también se contagió de la carcajada continua de ese hombre. Volvió a sentirse feliz. Después de la grata experiencia, no tardó en escribir a Nicolás para agradecerle. Y éste asegura que ha recibido cientos de correos electrónicos de personas conmovidas por esa misma instantánea. Para él, entre tanto, sólo hay un secreto: “Cuando uno tiene ganas es más fácil transformar el mundo; y también que el mundo le transforme a uno”.