El Festival Andanza 2006 reunió en La Paz y Sucre a varios artistas del manejo corporal tanto de Europa como de Latinoamérica. La expresión y los conceptos alimentan a los maestros del movimiento.
Texto: Miguel Vargas Saldías • Fotos: Eric Bauer
Actor, bailarín, director... las etiquetas, lo oprimen, le ajustan. Gerardo prefiere estar en silencio mientras sobre una pantalla de video se proyecta un bollo de papel. Con la música, Gerardo ingresa y se acerca a la imagen, haciendo el ademán de abrir el enorme papel. Desde ese momento, una serie de imágenes surgen en la pantalla y el bailarín-actor-director deja que su cuerpo navegue en la aventura del movimiento. ¿A quién le importan los rótulos?
Andanza es la segunda versión del Festival Internacional Contemporáneo en paisajes urbanos que se realizó en las ciudades La Paz y Sucre. Imaginea, una organización sin fines de lucro que está conformada por jóvenes artistas con una intensa vocación, invitó a artistas de siete países de Europa y Latinoamérica para que el público boliviano conociera cómo se explora y se conceptualiza con el movimiento y con el espacio.
Gerardo Angulo es uno de ellos. Nacido en Argentina, es director de un festival denominado El Cruce, en Rosario, donde las etiquetas sobran. “Nang Teatro es una compañía que se junta cuando hay necesidad de crear. Básicamente somos cuatro o cinco personas. De acuerdo a eso nos juntamos con músicos, dibujantes, fotógrafos. Llegué a este festival gracias a que conocí a Daniel Calderón, el director”, explica Gerardo, quien con la cabeza rapada resguardada por una gorra se aventuró a recorrer La Paz para contactarse con los espacios. “Hace 20 años comencé haciendo teatro de calle, luego fotografía y me acerqué a la danza a través de la expresión corporal. Quizá soy más director, pues me importa mucho la puesta en escena”. Así nació la obra Derivas, presentada en La Paz, en el museo Tambo Quirquincho, como un trabajo ecléctico. “La intención es encontrar un lenguaje propio donde puedan confluir la imagen y el movimiento”.
Derivas nació como fusión entre distintos artistas desde el movimiento y la imagen para navegar por sus experiencias y compartir.
“El arte en la calle es muy necesario porque hace que un artista se enfrente con una realidad que no ve a diario. Así la gente se ve en el espejo, usando la creatividad para expresarse. El arte me hizo mirarme al espejo, mirarme dentro, descubrir que hay un niño que perdemos cuando nos van educando. El arte me puso ante mi niño y me mandó a encontrarlo”.
Los ritmos del silencio
¡Clic! Una bombilla de luz alumbra su cuerpo moreno cubierto por un vestido que parece casi disolverse. ¡Clic! La oscuridad libera a las estrellas que delinean el patio del Museo Nacional de Etnografía y Folklore. ¡Clic! Los ojos de Sandra Carolina Delgadillo, la bailarina, brillan mientras su cabello se acomoda a las caprichosas posiciones que aquella pantera toma. ¡Clic! Queda la penumbra ¡Clic! ¡Clic!
23 años años tiene Sandra Delgadillo. Nació en Bélgica, pero sus raíces están en Oruro. Por eso, su primera llegada a Bolivia le sirvió para conocer a su parentela y recobrar las relaciones que le unen a este país.
“Ahora estoy trabajando con el silencio”, comenta Delgadillo. Es que el movimiento y la exploración han sido una parte importante en su formación. “Si encuentro gente que toca algún instrumento, voy a invitarla a la improvisación. A mí lo que me importa es que la obra evolucione, que no se quede estática. Como el espacio es nuevo, quiero adaptarme al espacio. Ahora trabajo con el silencio, pero me gustan los instrumentos en vivo”.
Desde pequeña, el movimiento ha sido siempre como una obsesión para ella. Aprendió de su padre el taekwondo para practicar la capoeira de Angola. A los 16 años ya hacía break dance y a los 18 decidió presentarse en la escuela de danza contemporánea. Y fue aceptada.
“La danza contemporánea me permite libertad plena, la libertad de conocerme a mí misma, cada vez descubro más y más. También es una forma de comunicarme, es como hablar sin necesidad de palabras. No todo lo expresa el baile, más bien es el movimiento, pueden ser dos dedos de una mano o el hecho de recorrer 100 pasos”.
Comunicándose con niños y adultos por igual a través de su arte es que logró participar en varias giras en Europa para presentar su trabajo. “Puedo intercambiar muchas cosas. En la danza contemporánea se empieza con una idea y de ahí se crea el movimiento. Si uno conoce la idea y se interesa en cómo se crea una pieza, la gente puede entenderla mucho mejor”.
Esta necesidad de compartir la inspira. Por ello ha realizado una obra de danza contemporánea para niños, en la que prima el mundo de la imaginación. “Lo importante es que los niños tengan ganas de bailar junto a nosotros”.
Para sus obras, ella trabaja sobre temas muy específicos. Matchbox & Fire es una obra concebida como dueto que luego adaptó a un solo. El movimiento está construido en base a un concepto simple: si dos puntos se acercan, otros se alejan. Este principio es el que impone en el Museo Nacional de Etnografía y Folklore, adaptando su coreografía al espacio y las luces.
Identidad y danza
Un mismo espacio puede albergar a distintas expresiones. Por la mañana, el dueto Art Mouv, de Francia, recorre los pasillos del Museo Tambo Quirquincho para contactarse con el espacio, y una vez hecho esto, invita a la audiencia a descubrir el lugar y conectarse con él. Por la noche, una pared de papel envuelve a una bailarina boliviana que, a través de la fotografía, la luz y su cuerpo, consigue expresarse.
Hace algún tiempo, cuando María José Rivera Camacho decía “soy bailarina”, la gente le miraba extrañada, pensando Dios sabe qué. Hoy, a sus 26, le dicen: “¡Ah!, haces ballet”. Es un avance, pero María José hace danza contemporánea.
“Empecé con danza clásica con Mónica Camacho, hice cursos en Estados Unidos, Suiza y participé en un festival en Cuba”. Pero de la clásica se fue al jazz y de allí al contemporáneo, donde se perfeccionó en México. “Aprecio la libertad que me ha dado. La danza clásica me ha gustado siempre —aún me gusta, aunque tengo algunos conflictos internos—, pero la danza contemporánea me ha abierto una puerta ilimitada de creación. Para mí era necesario salir de que te enseñen los pasos y repetirlos, avanzando hacia lo coreográfico. Necesitaba construir, buscar lo que me interesaba o motivaba”.
Identidad en movimiento es el primer trabajo sobre el que ella trabaja sin compañeros. “Es una búsqueda mía como boliviana, de la bailarina que empezó en el clásico. Quiero saber qué significa ser boliviana, la herencia que eso conlleva”.
La danza contemporánea se abre espacio entre el ballet y el folklore, muy arraigados en Bolivia. Y, recordando sus primeras experiencias, María José es una bailarina que se considera optimista. “El ballet encontró su lugar. Con la danza contemporánea será igual. A veces escuchas cosas como que la gente no lo va a entender, pero hay mucho interés y ganas de ver nuevos trabajos. Muchas personas se preocupan porque no lo entienden y buscan dar con explicaciones. La danza contemporánea tiene mucho que ver con las sensaciones. De pronto, sí hay significados, pero no es algo narrativo. La danza te dispara cosas que las tienes que vivir”, dice. Y, envuelta en su pared de papel, se lanza hacia la conquista del espacio.
Las mujeres guerreras
Cuando las integrantes del grupo Katak de Bolivia comienzan a practicar en las gradas de la Iglesia de San Miguel, se topan con la gente, las niñas y el diácono del templo. Mientras la gente se pregunta “¿Qué es eso?”, las niñas empiezan a imitar sus movimientos. Y el párroco Fernando Argandoña ofrece también todo su apoyo, pues siempre resulta mejor que las chicas practiquen la danza antes de que se dediquen al mal vivir.
Lo que el párroco no sabe es que estas artistas están definiendo con sus movimientos a la mujer guerrera. Shirley Tórrez Pinto tiene 29 años y cuenta con tres bailarinas con las que ha creado la obra Borde Interno. “Mi interés es mostrar la fuerza guerrera de las mujeres, una fuerza que está compuesta por una energía dulce y otra marcial. Son las que tenemos todas las mujeres de cualquier parte del mundo, de cualquier tamaño, color o edad”, explica la coreógrafa.
La obra empieza con un trabajo introspectivo, en que Tórrez les hace preguntas a las bailarinas sobre qué tipo de mujer se siente cada una. Ellas escriben además qué les molesta, de dónde vienen, a dónde creen que van, qué las atrapa... “De acuerdo a lo que cada una de ellas transmite desde su mundo interno, se elaboran frases que se van juntando, formando finalmente la pieza borde interno”, explica.
Bailar con tanta energía femenina, con esa energía dulce y guerrera que está presente más allá de un cuerpo físico, requiere siempre de un espacio idóneo, como San Miguel. “Todo surgió de forma muy espontánea. Ensayábamos cerca y queríamos una plaza, porque es un lugar más cómodo para actuar. Cuando les pedí que escogieran un lugar, todas se fueron a las gradas”.
Con la intuición como estandarte, cada bailarina propone varios movimientos para resumir a la mujer guerrera, la mujer de este tiempo. “Ella trabaja consigo misma, la mujer tiene tiene la guerra hacia adentro. Nosotras tratamos de llevarlo a la danza. Es muy rico”.
Con actuaciones como la suya, la danza contemporánea abre sus puertas a las calles y al público local en general. “Con suerte, a veces tenemos nuestro propio espacio, pero nuestro trabajo aún no se reconoce económicamente. Estamos en la lucha”, reconoce Tórrez.
Con cinco años de existencia, Katak, como los otros grupos, sabe que todavía cuesta entender su arte más allá de los esquemas mentales habituales sobre la danza. Por ello, no dudan en salir el domingo a la feria de El Prado y, con cinco espectáculos, intervenir el lugar. La crítica no les importa a los participantes. Les preocupa más la opinión del niño, del lustrabotas o la vendedora de dulces...