La imagen que proyecta Bolivia al exterior es la de una familia (pueblo) que no se entiende para nada respecto al modelo al cual ajustar la remodelación de la casa (país). Para colmo, que en vez de discutir el asunto, de cara a un acuerdo, se disgrega en bandos que hacen fintas premonitorias de pelea fatal. En la estampa sobresale un detalle verdaderamente indicativo de delirio: por hoy y por mucho tiempo todavía, no hay ni habrá plata en la cantidad necesaria para construir la casa cuyo diseño promueve la pelea...
La principal corriente del gobierno, a cuya cabeza se hallan el Presidente de la República, Vicepresidente y ciertos ministros de Estado, plantea un diseño de líneas arquitectónicas “originarias”. Algo así como una simbiosis de “tiwanakunismo y collasuyismo”. Es decir, poder central fuerte y dominante, como en los tiempos del Cuzco, apoyado en una economía de tipo social-comunitario. En el mástil de la nueva estructura, la wiphala, como símbolo de etnoculturalismo rigiendo en todos los campos, inclusive en el lingüístico y educativo. Nada de barroquismos coloniales ni de neoclasicismos republicanos. Nada de cúpulas grecorromanas o de pilares dóricos. Únicamente líneas que encajen en la Puerta del Sol o las pirámides de Tiwanaku.
Un sector de la familia se opone a la demolición de la casa (República) edificada en 1825 y refaccionada una serie de veces. Se atiene a ordenanzas constitucionales que prohíbe hacerlo sin los dos tercios de votos de los diseñadores (asambleístas) a quienes la familia delegó la responsabilidad de reformar parcial o totalmente el viejo plano. A esta oposición se agrega la de cuatro regiones del país que exigen acatamiento pleno al Referéndum a través del cual se ganaron el derecho a diseñar sus propios espacios autonómicos. Quieren, además, democracia plena. Es decir, con pluralismo ideológico y político, amén de vigencia plena de los derechos y garantías constitucionales.
La gresca adquiere luego características operetico-dramáticas, cuando en medio de timbales wagnerianos, algunos miembros de la familia salen a la calle a bloquear las vías de acceso al hogar común. Lo hacen en medio de invocaciones de pasar de los puños a las armas contra los del bando contrario.
Obviamente que elaborar el plano (Carta Magna) de una casa (Estado) no es cosa del otro mundo, sino labor relativamente compleja para cualquier diseñador elementalmente ducho en regla y pincel. Al cabo, en Sucre, los asambleístas a cargo del bosquejo podrían llegar a una transacción. Que los dos tercios de votos rijan para ciertos temas y la mayoría absoluta para todos los demás. Es lo que se anticipa. Lo grave, lo realmente grave, radica en cómo construir después la casa (Estado) sobre la base del diseño oleado y sacramentado por la Constituyente y el Referéndum- La familia (el país) no dispone de plata para la inversión. Esta exige un monto súper millonario y un espacio temporal de impredecible duración. El plano, por sí solo, no garantiza nada, absolutamente nada. Es sólo un papel con directrices que en Bolivia, conforme a una tradición que parten de la colonia, “se acatan, pero no se cumplen”.
Sin privilegiar la economía sobre la ideología y la política, en una proyección duradera de real y rentable expansión boliviana en el mercado exterior, con crecimiento económico que le enganche el brazo a la equidad social, crecimiento para el cual necesitamos abrir las puertas del país a la inversión externa, aquella plata, en la cantidad requerida, no llegará nunca. Por tanto, podríamos quedarnos con el plano sobre la mesa, pero sin la casa que anhelamos.
*Mario Rueda Peña es abogado y periodista.
Estado multiétnico y pluricultural
La actual Constitución Política del Estado define a Bolivia como “libre, independiente, soberana, multiétnica y pluricultural”. Y añade que está “constituida en República Unitaria”
Cabreo
Tuve un compañero de colegio que cuando se acercaba la fecha de su cumpleaños rezaba a Dios para que nadie en su casa se acordara. Si su deseo se cumplía, al día siguiente echaba en cara a su madre, a su padre, a sus hermanos, el olvido.