Hubiera querido comenzar a la manera de una satisfacción pública: “En un momento de ofuscación”. Pero sería engañarme y engañar a quien lo leyera; lo que hice, lo hice conscientemente, en pleno uso de mis facultades mentales, lo que no hace más que agravar el sentimiento de culpa que me embarga.
En mi descargo, diré que en uno de mis artículos llamé “voto por defecto” al que habría de emitir el 18 de diciembre de 2005. Sin necesidad de mencionarla explícitamente, dejaba pocas dudas respecto de la opción por la que me había inclinado. En la medida en que otras más próximas a mi filiación socialdemócrata se hacían a un lado, la vía del descarte me iba conduciendo a cometer, al igual que a tantos otros ciudadanos, ahora lo vengo a saber, un error de consecuencias desgraciadas para el país.
En principio tendría que haber celebrado el resultado electoral. Hasta motivos de orden personal tenía para hacerlo: era la primera vez que el candidato por el cual voté, ganaba la elección —lo que quiere decir que nunca voté por Sánchez de Lozada—. Y no lo hice; porque tan pronto como el ungido y sus colaboradores comenzaron a hacer declaraciones me vino un estremecimiento.
Tuve un rapto de esperanza cuando el ya electo Presidente emprendió la gira que lo llevó a varios lugares del orbe mostrándose como demócrata a carta cabal. Pienso, hoy en día, que semejante sobreexposición acabó desestabilizando la psique de nuestro actual Mandatario al extremo de asumirse como una suerte de Elegido. Ciertamente, nadie está preparado para recibir tanta atención de golpe y porrazo.
Fue durante la campaña electoral que el entonces candidato a la vicepresidencia, Álvaro García, no se cansaba de declarar su cuasi conversión a la socialdemocracia. Si algo faltaba para convencerme era eso “¡bienvenido, ciudadano García, garantía de talante democrático!”, pensaba. Sacando cuentas, el binomio prometía revertir el proceso de desagregación y enfrentamiento social en el que se debatía la patria.
Lejos de lograrlo, ya en función de gobierno, lo que se ve es que lo han exacerbado. El revanchismo histórico, el racismo promovido desde el Gobierno y un irrefrenable impulso hegemónico y autoritario, son los rasgos salientes del MAS en estos ocho meses al mando de la nave del Estado. Lamentablemente es tarde para reconducir su desempeño, pues éstos y otros demonios andan sueltos y, por la tendencia, sólo se tendría que esperar más turbación.
Hace pocos días, el Presidente reclamaba ante autoridades cruceñas que no lo responsabilizaran de asuntos que afectan la sensibilidad histórica de oriente señalando que él “ni había nacido” cuando éstos se originaron. Pues bien, haciendo uso de la misma lógica presidencial, resulta que ningún boliviano contemporáneo de Patzi, Choquehuanca, García o Morales había nacido en 1492 —ni en 1532, si se prefiere—. O sea que, tal como quiere ser tratado el Presidente, dejen de achacarnos a los bolivianos de algo que sucedió hace 500 años.
* Puka Reyesvilla es docente universitario.
La píldora del día después
La presidente chilena Michele Bachelet ha tenido el acierto de ordenar que en su país toda mujer mayor de 14 años que pida comprar la píldora del día después sea complacida. Por más de una razón a mí me parece muy bien.
El señuelo de la oposición
Si el MAS hubiese obtenido en las elecciones del 2 de julio pasado el 70% de los votos, en este momento la oposición estaría enarbolando —cual víctimas ultrajadas— el democrático derecho del 30% restante a disentir, discrepar y bloquear el nuevo proyecto político.
Depurar para ser creíble
Es inicio de la primavera y “el cauta reverdece, el huamanguito florece y la soga se revienta”, como canta el venezolano Simón Díaz. Y aunque el llanero recite “es que el que se merece la sabana, pues que se la den”
El despilfarro de una legitimidad
El que conozca un poco de historia (la propia y la más general) comprende perfectamente que ninguna transformación profunda de las estructuras de poder ha discurrido en lugar alguno sin confrontaciones, cuya intensidad estuvo siempre relacionada con la constelación de fuerzas vigente.