“Escrutopo: He tenido que dejar mis imperiosas ocupaciones en el averno para poder atender tus llamados urgentes, exitoso candidato a dictador en desgracia. ¿Así que estás preocupado porque tu republiqueta está en ebullición y cada vez tienes menos simpatizantes? Me dices que día a día son menos los que escuchan tus atropellados discursos, que las denuncias de confabulaciones caen con más frecuencia en saco roto y que ni aún tus mayores estridencias merecen ya consideración en la tribuna. Pues, ¿de qué has de sorprenderte?
Cuando insistes y persistes en lo mismo y nada cambia, lo que en realidad muta es la consideración sobre ti. He notado que ahora vuelves con más empeño a esa retórica que te hizo conquistar a espíritus poco cultivados; pero es que no todas las plateas son así. En otras oportunidades, pocas, veo que intentas seducir con palabras casi melosas; pero es que, entonces, las audiencias no saben si eres tú o algún imitador de esos que hasta te hacen parecer tratable, casi humano, mal que nos pese.
Entiendo que te guste zarandear a quien se cruce, pero no puedes pasártela maltratando al todo el mundo, todo el tiempo. No hay nada más irracional que el resentimiento y, como irracional que es, es capaz de producir las más desenfrenadas tormentas, y tú estás invocando a un diluvio.
Pero bien, no por ternura, que nos envilece, sino porque me lo ha encargado el príncipe, debo darte nuevas recomendaciones. Mira, ya no discurses tanto, porque, te lo diré de una vez, no eres un gran orador; y quien quiera que te vea en esa pantalla un par de veces podrá predecir luego palabra por palabra las que has de pronunciar en una oportunidad u otra. Y aunque, al principio, a algunos sorprendas e incluso sensibilices, seres débiles estos republicanos, al final no horadarás como a la piedra sino que harás brotar alergias.
Por tanto, silencio. Oye, silencio por unos días, no hables ya. Actúa. Entre bambalinas, consíguete un aliado, no digo que bueno, porque eso en política, menos mal, no existe; pero sí útil, muy útil.
Mira, los más serviles son los enamorados del dinero y el poder, mejor si se consideran lúcidos. Porque es que bastará con que les alabes su supuesta brillantez y les hagas creer que estás haciendo lo que proponen, para que los tengas en la alforja.
Busca uno al que le guste figurar para alimentar su ego, necesitado de aprecio, porque ni su palabra ni su presencia conmueven, empeñado en conquistar aunque sea con ideas ajenas. Hazle creer que las pocas tuyas son suyas, para que cumpla exactamente lo que quieres, haciendo como que le obedeces.
Dile, que qué inteligente, que qué brillante ocurrencia, que eso que propone es lo que harás. Verás que el sumiso resultará él, y que con él podrás jugar como quieras. Esos seres, cuantos más fatuos, más útiles´.
*Álvaro Zuazo es periodista.
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