“Verba volant, scripta manent´. Este conocidísimo refrán latino que traduzco como ´las palabras vuelan, lo escrito permanece´, debió ser útil en épocas remotas, cuando no había periódicos. Sin embargo, los sensatos pensamientos emitidos por Aristóteles o los brillantes discursos de Cicerón fueron palabras, las del primero, dichas en el ágora o plaza pública de Atenas, y los segundos, pronunciados en el hemiciclo del Senado romano. Al fin, palabras. Y, sin embargo, no se las llevó el viento ni se perdieron en el infinito sino que llegaron hasta nosotros, gracias a que fueron transcritas en pergaminos y sucesivamente reproducidas en papel, y traducidas en todas las lenguas cultas del mundo.
Esta pretenciosa introducción me sirve para expresar un deseo, no sólo mío sino de muchos buenos ciudadanos bolivianos. Me explico. Hace unas semanas, el vicepresidente García Linera arengaba con furia a los campesinos altiplánicos a que llevaran su mauser debajo de su poncho rojo. Con esto encendió los odios racistas y atemorizó a todo quien no es originario. Más tarde, el incansable madrugador y viajero Presidente de la República, en uno de sus encendidos discursos a algún movimiento social que él ha puesto de moda, acusaba de palabra a los medios de comunicación, de entorpecer la ejemplar labor de su gobierno. No es la primera vez. Los periodistas sintieron ultrajado su máximo patrimonio que es la libertad de expresión, además de criticar la injusta generalización. Últimamente, el leído Canciller de la República afirmaba que los habitantes de la zona Sur de la sede de gobierno odian e incluso escupen a los originarios que se atreven a deambular por aquella zona burguesa de la ciudad. Se sintieron ofendidos por haber sido acusados de racismo militante. ¿Las expresiones de las tres autoridades mencionadas fueron sólo palabras al viento? Tal vez hubiesen quedado en eso si los medios de comunicación escritos (doy por sentado que también los audiovisuales) no las hubiesen estampado en letras de molde.
Así que, desde que hay periódicos, los ´verba´ no sólo vuelan, unas veces cual elegantes golondrinas, otras como cuervos carroñeros, sino que permanecen impresas en forma de letras sobre papel en periódicos y en libros, e incluso en caracteres electrónicos, para que todo el mundo se entere y, con un poco de suerte, pasen a la historia. No importa si fueron pronunciadas en un rincón perdido del mundo, pues igual podrán ser trasportadas por los artilugios electrónicos hasta las imprenta de cualquier lugar del planeta.
Por eso, también los sabios latinos nos legaron aquel otro refrán: ´bis ad limam, semel ad linguam´. Lo de ´bis´, como sabe todo el mundo, es ´dos veces´. Lo de ´limam´ es la lima que pule, sea del herrero, del carpintero o de la manicura. Lo de ´semel´, es ´una sola vez´. Y lo de linguam, pues eso, la lengua. Traduciendo del clásico latín al castellano, resulta lo que solemos decir y no siempre practicar, de ´pensarlo dos veces...´. Éste es el deseo —no digo consejo por no ser impertinente— de tanta gente que preferiría que las máximas autoridades del país utilizaran un lenguaje, todo lo popular que quieran, pero no provocativo e insultante.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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