El Nobel alemán expresa su postura tras las críticas por confesar que fue parte de las temidas SS nazis.
El País de Madrid • Fotos: AFP
Era joven, quería irme de casa y, en el fondo estaba de acuerdo”. El escritor alemán Günter Grass, premio Nobel de Literatura y durante décadas referente moral indiscutible en su país, explica así a este medio por qué ingresó a la edad de 17 años en las Waffen-SS, la organización nazi responsable de incontables atrocidades durante la época hitleriana. Grass sostiene, sin embargo, que no fue consciente de esos crímenes hasta que se terminó la guerra, algo que hizo crecer en su interior “un sentimiento de vergüenza”. “Y ahora que esto está en mi reciente autobiografía [Pelando la cebolla], tampoco crea que se acaba la vergüenza”, afirma apesadumbrado.
En su autobiografía habla de lo que nunca dijo. No está aún claro si está sorprendido por el eco de sus revelaciones. ¿Qué reacción preveía? No era nada fácil coger a aquel niño del año 1939, una persona tan lejana ya de mí, y entrar en conversación con ella. En principio, ella se niega a ser interrogada y tiene sus secretos, pero se va logrando y, poco a poco, voy entrando en ella, capa a capa, en la persona que crece encerrada en aquel sistema ideológico, en la era nacionalsocialista.
Ahí se ve el ritmo: con 15 años ya estoy de uniforme en las juventudes hitlerianas; después, con el uniforme de los ayudantes antiaéreos con las baterías; después, en el Reichs-Arbeitsdienst (Frente Juvenil de Trabajo Nacionalsocialista); con 16, con 17, en mi estupidez, yo me había presentado voluntario a los submarinos, y éstos ya no aceptaban a nadie y, cuando llamaron a filas a mi quinta de 1927, me convocaron y, cuando llegué a Dresde, al campo de instrucción, pude comprobar que estaba en un campo de entrenamiento de las Waffen-SS.
Yo entonces, por lo que sabía, consideraba a las Waffen-SS como unas unidades de élite, que estaban mejor equipadas que las demás, pero también que tenían siempre más bajas que las demás.
Eso se sabía. Pero yo era joven, quería irme de casa. Y en el fondo estaba de acuerdo. Lo que después se puso en relación con las Waffen-SS, todos sus crímenes, de todo eso no fui consciente hasta después de la guerra. Eso tuvo mucha influencia en que este hecho único, este episodio de mi vida, me lo guardara sólo para mí. Está relacionado con un sentimiento de vergüenza...
¿Y aumentó con el tiempo? Sí, este sentimiento de vergüenza fue creciendo según iba viendo y sabiendo todos los crímenes de los que eran responsables las Waffen-SS y lo que era la culpa general de todo aquel sistema alemán que recaía sobre nosotros. Al dar mis datos biográficos, también cuando me he manifestado públicamente y en mis conferencias o artículos, nunca he ocultado que hasta el final de la guerra yo creía en la victoria final [del nazismo]. Y en esta cautividad ideológica no me parecía aquello una ocultación de algo grave, sino de algo que yo tenía que solucionar conmigo mismo.
¿Pero cómo, cómo es posible que estando dentro de la división nunca oyera a compañeros de las Waffen-SS hablando de los crímenes cometidos ni tuviera ninguna noticia directa sobre los mismos? Para mí todo aquello, en esos momentos, no me era patente, no tenía ninguna conciencia de ello.
Dentro de la conmoción que han provocado sus revelaciones en Pelando la cebolla se pueden distinguir los ataques lógicos de sus adversarios políticos y enemigos de siempre, que ven llegada la ocasión ideal de zanjar cuentas, pero también se distinguen claramente voces de amigos, Schlöndorff o Loest por ejemplo, que se quejan con mayor o menor amargura de que usted no ha sido franco con ellos.
Se me puede criticar, y desde luego yo voy a aceptarlo. Pero también reclamo para mí el derecho de reservarme mis cuestiones hasta que encuentre fórmulas de expresarlas. Por ejemplo, he tardado mucho tiempo en escribir Krebsgang (A paso de cangrejo), en el que me ocupo de la suerte de los expulsados alemanes [de los territorios orientales]. Eso tenía mucho que ver con el destino de mis padres. Durante la ocupación soviética de la ciudad de Danzig, mi madre fue violada repetidas veces por soldados del Ejército Rojo. Para evitar que violaran a mi hermana, ella se ponía una y otra vez delante, y para que la niña de 14 años no fuera violada, ella lo fue de forma continua. Mi madre jamás habló sobre ello, y sólo lo supe después de su muerte. Únicamente pude hablar de ello al escribir ese libro. Ésa es la complejidad de este proceso literario que se hace así en el paso (hacia atrás) del cangrejo.
Creo de verdad que es mi derecho. No he dicho ninguna falsedad. Lo que he hecho ha sido guardarme un hecho para mí mismo a la espera de encontrar una forma de explicarlo, de articularlo. Esto no podía hacerlo público con una confesión, sino que tenía que ser narrado en el marco del entorno en el que crecí por ese entonces.
Hay quien dice que usted ahora se bajará del pedestal y dejará de dar porrazos morales a los demás. Lo que pasa es que algunos han querido utilizar esta ocasión para intentar liquidarme como ciudadano político y dicen que ahora me tengo que callar la boca. Eso, por supuesto, es una estupidez.
Lo que pasa es que, con un texto que tengo aquí delante, en una intervención con Juan Goytisolo en Madrid, usted condenaba los silencios sobre el pasado nacionalsocialista alemán con vehemencia.
Y es que siempre he hecho lo contrario. En mis libros y en mis discursos políticos siempre se habla sobre ello. Y también he hablado siempre de mi implicación como hombre joven en el sistema. Nunca hice de ello un secreto. Y me he preguntado a mí mismo, porque si hubiera nacido tres o cuatro años antes me habría visto envuelto con toda seguridad en estos crímenes. Esto les pasó a muchos. Por eso, lo mío [no haberlo hecho] no es ningún mérito. Pero es mi derecho también el manifestarme en contra de que antiguos nacionalsocialistas de relieve llegaran a puestos dirigentes y que un nazi importante como Hans Georg Kissinger llegara a ser canciller federal. O que el Gabinete de Konrad Adenauer tuviera muchos miembros que habían pertenecido al partido nazi y en puestos destacados. Es mi derecho, y lo mantengo hoy.
Usted ha dicho que los ataques le habían llegado a suponer una “amenaza existencial” y que lo ha superado gracias sobre todo a los apoyos de los amigos. ¿Este libro le ha cambiado más que los otros? Sí, los primeros días han sido muy difíciles. Se me ha querido liquidar como persona y callarme para siempre. Pero después me ha llegado comprensión y muestras de apoyo de escritores y de gente que ni conocía. Ahora, con el libro publicado, me llega el aliento de los lectores. Y es cierto que este libro me ha cambiado más porque a través de la escritura sí me he acercado más a mi padre y a mi madre. A mi padre siempre le tuve mucha distancia, y ahora me es más cercano, pero además he tenido que escuchar como no había hecho antes a ese egocentrismo del joven.
Para terminar, hablemos de un joven que se topó hace mucho tiempo en el campo de prisioneros. ¿Está seguro de que ese Joseph era el actual papa Benedicto XVI? Ha sido una cosa curiosa que me ha sucedido durante el proceso de escritura. Yo estaba recordando a un joven, también de 17 años, con el que en Bad Elbling, un campo con más de 100.000 prisioneros, había escarbado una covacha y habíamos tensado por encima una tela que él tenía y nos protegía de la lluvia. Ambos teníamos hambre, yo había conseguido unas migas y nos juntamos y pasábamos el tiempo hablando de todo. Él era rigurosamente católico, en sí un chico cariñoso, pero muy fanático, fanático de una manera tímida y católica.
Perfil
Nació el 16 de octubre de 1927 en Danzig (ahora Gdansk, Polonia) y procedía de una familia modesta. Sirvió en el lado nazi durante la II Guerra Mundial. Su primera novela, El tambor de hojalata (1959) cambió radicalmente la vida de su autor. De la noche a la mañana, y con un solo libro, Grass se convirtió en la sensación literaria. Pero escribió otras novelas: El gato y el ratón (1961), Años de perro (1963) y El rodaballo (1977). En sus escritos se mezclan el realismo, lo macabro y el simbolismo, como base de la culpabilidad colectiva. Fue Premio Nobel de Literatura en el año 1999. Ese mismo año, también recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.
Confesión
“ Mi vergüenza creció al conocer los crímenes que cometieron las Waffen-SS ”