La profunda entrega de las actrices en la obra —soportando golpes, agresiones sexuales y baldazos de agua de colores— junto a un excelente trabajo corporal y la energía desplegada, destacan en la puesta de la compañía Lafamiliateatro de Chile.
Estas cualidades prometen un alto nivel teatral. Sin embargo, como se ve en el transcurso de la obra María: confesión lúcida de motivos, el grupo no logra salvar el reto de crear una visión propositiva sobre un manicomio —lugar desgastado como metáfora y tema—, recayendo en las habituales imágenes de locos con ataques de histeria y gestos exagerados. De paso, el exceso —escenas sexuales y violencia— más que perturbar, si es el objetivo, pierde su fuerza.
Ciertamente, el recurso del manicomio es aprovechado por el vestuario que, a través de telas, costuras y almohadones con visos de cuarto acolchado y camisa de fuerza, aporta estéticamente. Lo propio sucede con la dupla de voces y movimientos que arman el guardia y una de las internas, sugiriendo una relación de miedo y dependencia entre quien domina y el dominado.
Menos logrados son otros recursos como las rejas que dividen a actores de público. La idea, manifestada como discurso, es hacer que unos y otros se sientan presos, pero luego este elemento no se explota.
Reinterpretar hechos históricos, como el de María Estuardo, puede servir para mirar el presente. Pero, esta vez, la catarsis no llega sino a través del texto final, didáctico y efectista, con las actrices llorando y algunos del público también.