La guerra civil boliviana crea muchas expectativas, dentro y fuera del país.
Desde el exterior miran a Bolivia con ojos de ambición. Hay mapas hechos sobre la nueva geografía sudamericana, que parten de la sospecha, o la esperanza, de que Bolivia quede dividida en por lo menos dos pedazos, o en cinco pedazos, uno para cada vecino. Hay incluso chistes sobre este ejercicio de división. Uno de ellos dice que los países vecinos no se reparten el territorio boliviano porque ninguno quiere correr el riesgo de quedarse con Cochabamba. Y una versión más seria dice que Brasil se opondría a que Bolivia sea dividida, no sólo porque hay un tratado de 1938 en que ese país es garante de la integridad territorial boliviana, sino, y sobre todo, porque no quiere que las reservas de gas natural queden en territorio argentino. Esta versión probablemente cambie cuando se confirme, si se confirma, la sospecha de que las reservas de gas no son tan grandes como se creía.
Las expectativas internas sobre la guerra civil las tienen quienes creen que será una guerra como las de antes o como las de las películas, con frentes bien definidos. Hay gente que está alistando sus botas, sus caramañolas y sus rifles, en espera de que llegue el momento de partir hacia el frente de batalla, preferiblemente desde una estación de tren, con banda de música, y con besos a la amada que quedaría sollozando, mientras el tren se aleja.
Nada que ver. Para comenzar, y para decepción de los ansiosos de dentro y de fuera, hay que decirles que la guerra civil comenzó hace tiempo. Y que no hay trenes.
A los de fuera hay que decirles que la guerra civil no es entre el Sur y el Norte ni entre el Este y el Oeste. Ésta es una guerra civil diferente. A la boliviana. Se da en varios lugares y por diferentes motivos, aunque predominan las razones económicas, de gente que busca aumentar sus ingresos o comenzar a tenerlos.
La causa de que todo sea resuelto mediante guerras civiles focalizadas es que el Estado boliviano se está diluyendo. Fue golpeado por quienes impusieron reformas pensadas en el exterior, y afectaron su soberanía. El Estado fue debilitado. Esto lo dice Noam Chomsky en un reciente artículo. Y se refiere específicamente a Bolivia. Un Estado debilitado no tiene capacidad para controlar todo su territorio ni las relaciones entre sus partes.
A los de dentro hay que decirles que la guerra comenzó hace tiempo. Sólo hay que aprender a verla. Se da en todas partes. Cocaleros que se enfrentan a la Policía, cooperativistas mineros que asaltan centros de producción, originarios que asaltan a los cooperativistas, sindicalistas que se defienden de los cooperativistas y los tres, cooperativistas, sindicalistas y originarios, bloquean carreteras, donde, a su vez, se dan enfrentamientos entre bloqueados y bloqueadores. Están también los originarios del Chaco que quieren cobrar a las petroleras y cierran las válvulas, o los chaqueños que quieren modificar el mapa y cierran las válvulas. También están los guarayos que quieren expulsar a los invasores collas que el Gobierno llevó al oriente.
La lista es incompleta, porque faltan las guerras que el canciller David Choquehuanca quiere propiciar, guerras raciales.
En fin, que la guerra está bien avanzada.
*Humberto Vacaflor G. es periodista.
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