Román Loayza, ex catequista, dice que Dios le devolvió la vida El constituyente del MAS confiesa que fue catequista. Dice que nació de cuclillas, que aprendió a trabajar poco después de empezar a caminar y que soportó un golpe más duro que el del 1 de septiembre: perder a su hijo varón.
Su caída, el 1 de septiembre, ha dado origen a un abrazo sin precedentes. Oficialistas y opositores, aunque sea por un corto tiempo, olvidaron las divergencias políticas y, la tarde del martes, se unieron en torno a Román Loayza, hombre de la línea dura del MAS que hoy, a más de un mes del golpe que lo puso de cara a la muerte en el Teatro Gran Mariscal, dice que resucitó y que ahora no tiene enemigos.
“Voy allá a hacer mi trabajo, pero no estoy yendo a morir ya”. Así se despidió de su mujer y de sus siete hijas, el lunes por la noche, antes de reincorporarse a las sesiones de la Constituyente. Loayza lo cuenta distendido, con su sobrina y también constituyente Isabel Domínguez al costado, en la terminal aérea de Sucre, poco antes de abordar el vuelo que lo trasladará a Cochabamba. Hacia allá se dirige para someterse a controles médicos; “los doctores se sienten traicionados”, confiesa al explicar que no volvió a visitarlos desde que retornó a la capital del país.
Cuando se le pregunta cómo se siente de salud, responde que todavía le duele un poco la cabeza y el cuerpo. Entonces, con la franqueza del campesino, atribuye ese malestar a su vuelta al trabajo y al acoso de los periodistas; “la prensa me enfocó por todas partes”.
No le cuesta tanto volver los pasos, desde sus actuales 58 años, a la niñez. Pero le pesa un dolor lejano, agacha la cabeza y suelta un suspiro: “Muy triste. Nosotros hemos nacido de cuclillas, mi madre agarrada de su cama; así me ha hecho nacer, sobre cueritos de oveja”.
Su vocabulario en quechua apenas comenzaba a formarse cuando lo requirió la agricultura. A los cinco años le llevaba el desayuno a su padre, que cuidaba del ganado vacuno, y, pese a su corta edad, como buen hijo mayor, ayudaba a cuidar a sus seis hermanos. Cuenta que a los 7 años “apenas” entró a la escuela. Cursó hasta el sexto de primaria en su pueblo cochabambino de Independencia y, recién de adulto, completó sus estudios de bachiller.
Los recuerdos ahora dan un brinco hasta el cuartel, esas épocas que con picardía le traen a la cabeza sus primeras andanzas en el amor. “Del cuartel he vuelto con 18 años, ¡y recién tenía que enamorarme también a las mujercitas!”. No lo dice con machismo sino avergonzado, con la sencillez del hombre conciliador, ya no impulsivo, que ha nacido tras su “resurrección”, como él le llama, luego del 1 de septiembre.
La mayoría de edad le dio varios derechos. “Hasta charanguito he aprendido, no nos dejaban nuestros padres, y me he hecho de mujercita”. Otra vez el amor. Lo cita con frecuencia porque Inés Díaz es, desde los 20 años, su warmi, su esposa; a ella se la conoce por su habilidad para elaborar chicha y ahora por su mano dura para perseguir a don Román y cumplir con el horario de sus medicamentos.
Al sindicalismo, Loayza llegó por conversión. Un día, cuando fungía como catequista, sus empleadores le exigieron que cambiase la prédica de la teoría de la liberación por los siete sacramentos. Él no estuvo de acuerdo, dejó la religión y se convirtió al sindicalismo. “He discrepado, no me gustaba tanto eso y me he ido al sindicalismo”. Igualmente, el día de su vuelta al hemiciclo del Mariscal, pidió respeto para la Iglesia católica.
Lleva 21 años en la actividad sindical: comenzó en Cochabamba como dirigente campesino y se convirtió en el máximo líder de este sector en el país; luego, su figura tuvo un vertiginoso ascenso a partir de su aporte a la creación del Movimiento al Socialismo (MAS). Así, fue diputado, senador y asambleísta constituyente, etapa a la que llegó marcado como un hombre inflexible y, quizá, intolerante. Pero un mal paso le cambió la vida...
“Fui al canto, he pisado, creo, y me he caído de lleno. Y ahí, al costado, he aparecido desmayado. Mis hermanos asambleístas habían reaccionado que alguien me ha empujado, o de repente, pero yo no me he notado; sólo he aparecido como muerto, en el hospital nomás ya”. El relato de Loayza, en un precario castellano, fotografía el minuto aquel en que la violencia se apoderó de los constituyentes del MAS y de Podemos, hasta que los empujones, gritos y silbatos se enmudecieron con su accidente.
Éste no fue el peor golpe de su vida, sino la muerte de su único hijo varón, ocurrida hace menos de un año. Pero, la caída al foso del teatro sucrense sí lo sensibilizó mucho: “Sólo pedía en mi mente, sin hablar, a mi hijo que ha muerto, que está al lado de Dios, que no me lleve a mí, porque aquí me necesitan todavía: Quiero luchar todavía, hijo, no quiero estar todavía al lado de vos”, decía.
Asegura que esa íntima conversación fue escuchada por alguien más. “Eso ha llegado a las orejas del Dios y por eso me he sanado”. Estuvo en coma durante más de una semana y ahora volvió a Sucre con la misión de unir al país, en tiempos de riesgo de desintegración nacional.
“Cuando me sané, yo decía: Ya no voy a actuar ahora con rabia a nadie, sino todos son mis amigos, ya no tengo enemigos porque todos se han solidarizado conmigo”.
Con el último llamado para el vuelo a su Llajta, Loayza deja en el aire casi las mismas palabras que empleó el 3 de octubre, cuando, entre aplausos y alguna lágrima, sus colegas aceptaron darse un abrazo fraterno para cerrar el negro capítulo que abrieron antes de la caída que hizo historia.
Antes de volver a la Asamblea y generar un milagro, dijo a su mujer y sus siete hijas: “Voy allá a hacer mi trabajo, pero no estoy yendo a morir”.