Fue enviada a Bolivia como avanzadilla del grupo liderado por el Che Guevara. Estuvo en la ciudad durante dos años, lugar donde se casó y logró la confianza de los vecinos de Sopocachi y de la alta sociedad.
Texto: Javier Badani • Fotos: D. Guzmán / M. Carrasco / Cortesía Carlos Soria Galvarro
Su cansado cuerpo se estremece al observar el retrato en blanco y negro. “¡Es ella!, la ladrona de corazones. Hasta lleva puesto el mismo sucio saco gris que no se sacaba ni siquiera para dormir”, exclama Yolanda Rivas de Ploskonka (78), mientras calca con calma en sus dedos el rostro femenino que se anida en la fotografía.
La emotiva reacción de la artista plástica no es gratuita. Y es que después de 40 años acaba de reconocer la silueta de Laura Gutiérrez Bauer, una “dulce” joven a la cual enseñó la delicadeza de la cerámica y que sólo unos meses después ocupó las portadas de la prensa como Tania, la guerrillera argentino-alemana que murió combatiendo en Vallegrande (Santa Cruz).
Rivas de Ploskonka forma parte de la interminable lista de bolivianos cuyas vidas fueron marcadas durante los dos años (1964-1966) en los que Haydée Tamara Bunke Bider —el verdadero nombre de Tania— desarrolló en el país una misión clandestina: preparar el terreno para la irrupción de un movimiento guerrillero liderado por el mítico Ernesto Che Guevara.
“Andaba siempre con un par de viejos zapatos negros planos, un pañuelo en la cabeza y sin dinero”. Incluso, “mi madre le guardaba sopita debajo de la cama porque le daba pena lo flaca que era”, rememora Rivas, cuyas sobrinas, durante esa época, recibieron de esta mujer de ojos claros lecciones de alemán.
El impacto que provocaron en los años 60 Bunke Bider y su doble vida aún está intacto en la memoria de esta anciana y de toda su familia.
“Desde ese día en que descubrimos sus mentiras y su muerte decidimos no recibir ya a nadie en nuestra casa... tenemos miedo”, lamenta Rivas cuyo hogar, entonces, casi termina destruido a manos de la Policía, que buscó allí documentos relacionados con la guerrillera.
Sopocachi, su refugio
El 31 de agosto de 1967 la muerte llegó por sorpresa. Ese día, un grupo de guerrilleros liderado por Joaquín inició el cruce del río Grande, guiado por el campesino Honorato Rojas, quien unas horas antes había delatado al ejército boliviano la presencia de los insurgentes.
Confiados, los nueve revolucionarios se sumergieron en las caudalosas aguas sin saber que en la otra orilla se hallaba una compañía del regimiento Manchego. Segundos después, se desató el infierno.
Según narra una carta escrita por Antonio Arguedas, ex ministro del Interior, los soldados, agazapados, se sorprendieron mucho al observar a “una rubia emergiendo de la selva, delgada por las privaciones de la lucha, pero que aparece como una mujer bellísima”. Tras esta impresión inicial, “se oyeron los primeros disparos. Tania levantó los brazos en un movimiento desesperado por sacarse la metralleta. Pero antes, uno de los soldados le disparó una ráfaga en pleno pulmón”. El cuerpo sin vida de la combatiente mujer de la guerrilla, de 29 años, siguió río abajo y sólo pudo ser recuperado siete días después.
La noticia de la muerte de Laura Gutiérrez Bauer impactó a los habitantes de la casa de la calle Gregorio Reynolds Nº 633, en Sopocachi.
Y es que meses antes la joven argentina se había presentado allí como una inquieta etnóloga en busca de un departamento para alquilar. Desde ese instante, María Esther Tejada Goitia y su esposo Osvaldo Riveros Saavedra, dueños de la casa, quedaron prendados por la enorme simpatía de la solitaria mujer.
“En las noches entraba al comedor para tomarse un café y conversar con mi madre”, recuerda hoy Gonzalo Riveros Tejada, que en esa época —a finales de 1966— contaba únicamente con 24 años.
“Venían a visitarla. Uno de ellos sobresalía por su tamaño. Luego lo reconocimos en los periódicos como el guerrillero Pombo”, recuerda Riveros, quien dice que en una oportunidad pidió a Tania prestado un jeep, que fue el que luego ella utilizó para trasladar clandestinamente a los guerrilleros a Camiri.
“Tras su muerte, miembros de la Embajada de EEUU visitaron a mi padre y le pidieron los planos de la casa”, acota su hermano, Álvaro Riveros, quien reconoció su hogar en Venezuela a través de una publicación cubana que identificaba a la casa de sus padres como “el primer estado mayor del Che en Bolivia”.
Después de 40 años, el departamento no ha sufrido cambios. Pero desde aquel entonces la familia Riveros Tejada no volvió a alquilar el lugar. Con todo, la casa ubicada a los pies del Montículo fue sólo una de las tantas viviendas que Haydée Tamara Bunke Bider habitó en su secreta estadía en la ciudad de La Paz, en la que acabó por enamorarse del barrio de Sopocachi.
Seduciendo al poder
La misión principal de Tania era la de establecer relaciones personales con políticos e intelectuales bolivianos, tarea que la argentina nacida en 1937 cumplió a cabalidad.
De padre alemán y madre polaca, en menos de un mes Bunke Bider logró amistades influyentes. Una de ellas fue la de la investigadora Julia Elena Fortún, quien trabajaba en el Ministerio de Educación.
La argentina —que a sus 18 años militó en las filas del Partido Socialista de Alemania— sedujo a Fortún con su intención de formar parte del comité de investigación del Departamento de Folklore, cuyos miembros trabajaban gratuitamente.
Incluso, “ofreció su jeep para actividades antropológicas en comunidades indígenas”, dice Fortún.
Y fue desde su actividad académica —entre otras cosas instaló la primera exposición de trajes típicos del país— que Laura Gutiérrez Bauer se abrió poco a poco paso en el reducido pero siempre influyente mundo de la alta sociedad.
Bajo el consejo de un reconocido abogado, por ejemplo, la también maestra de alemán obtuvo en menos de media hora, por 10.000 bolivianos, una cédula de identidad. Así lo señala la investigación Tania, la guerrillera inolvidable, publicada en Cuba y que forma parte de la colección del periodista boliviano Carlos Soria Galvarro.
Entre las relaciones de Tania en los círculos del poder, se hallaba el jefe de Información del Palacio de Gobierno, Gonzalo López Muñoz.
Fue a través de este amigo íntimo del entonces presidente René Barrientos Ortuño —con quien la guerrillera incluso se tomó una fotografía— que la revolucionaria obtuvo documentos que posteriormente sirvieron para otorgar a Ernesto Che Guevara —bajo otro nombre— una carta como especialista de estudios antropológicos autorizándole a viajar por el país.
Boda por conveniencia
Los recuerdos de aquellos años lastiman a Mario Martínez. Tanto que sus labios huyen ante cualquier intento periodístico por develar más detalles sobre su corta relación con la bella guerrillera que en los años 60 le robó el corazón.
Según allegados y amigos, Martínez conoció a Laura Gutiérrez en 1965 mientras estudiaba ingeniería eléctrica en La Paz. De inmediato, el joven universitario se enamoró apasionadamente de ella y pronto le propuso matrimonio.
En un mensaje enviado secretamente desde Bolivia hasta La Habana en agosto de ese año, Tania expone a sus jefes la necesidad de aceptar la propuesta a fin de obtener la documentación boliviana y legalizar así su presencia en el país.
El matrimonio fue secreto, ya que el mismo novio —menor que Tania— no quiso que su padre se enterara del evento ante el temor de que éste no aprobara finalmente su decisión por miedo a que su hijo perdiera los estudios, según la investigación de las periodistas cubanas Marta Rojas y Mirta Rodríguez.
Además, según ellas, Tania “tuvo que aclararle con precisión que el matrimonio no podía interferir en sus trabajos de ‘investigación’ folklórica, lo que implicaba frecuentes ausencias de la ciudad”.
Tras estos avisos, todo apunta a que la relación acabó porque las labores clandestinas de Tania —las que el propio Che le dictó en 1964 en Cuba— se duplicaron.
Y es que se le encomendó la difícil tarea de obtener información político-militar a través de los contactos que había desarrollado en Bolivia para crear condiciones para recibir al personal de la guerrilla.
El plan original del Che Guevara no incluía a Tania en la participación directa en la ejecución de las actividades subversivas, pues quería mantenerla en La Paz por si se daba el caso de necesitar esconder a algún elemento de la guerrilla. Sin embargo, un error selló el destino de Haydée Tamara Bunke Bider.
Una mujer en combate
Ernesto Che Guevara arribó a Bolivia el 3 de noviembre de 1966 con un pasaporte uruguayo y bajo el nombre de Adolfo Mena. Al día siguiente, el guerrillero argentino —alojado en el Hotel Copacabana— se reunió secretamente con los miembros de la red de apoyo urbano. Entre ellos se encontraba Tania.
En marzo de 1967, y contraviniendo la orden de Guevara de no aparecer en la zona de operaciones, Tania viajó al campamento guerrillero en Santa Cruz trasladando a los guerrilleros Ciro Roberto Bustos y Regis Debray para que se reencontrasen con sus compañeros.
El Che no se hallaba en el lugar, lo que obligó a la guerrillera a permanecer allá más de lo debido. Mientras tanto, los servicios de inteligencia de Bolivia descubrieron en un garaje de Camiri el jeep de Laura Gutiérrez Bauer. “En unas maletas encontraron ropa de mujer y de hombre y una libreta llena de direcciones y teléfonos, pero no se sabía en ese momento que la persona en cuestión era Tania”, aclara Antonio Arguedas en una carta que fue enviada posteriormente a los padres de Bunke Bider.
Fue tiempo después que la imagen de la guerrillera comenzó a tomar forma, gracias a la confesión de dos desertores que revelaron su presencia en la zona de combate.
Enterado del descubrimiento del jeep, Guevara —muy molesto— se vio obligado a hacer realidad el mayor anhelo de Tania. Y tuvo que incorporarla a la lucha guerrillera.
“Tania está individualizada, con lo que se pierden dos años de trabajo bueno y paciente. La salida de la gente es muy difícil ahora”, escribió el Che en su diario el 27 de marzo.
Así, vestida con pantalones moteados, botas, una blusa desteñida a rayas verdes y blancas, una mochila y un arma al hombro, Tamara Bunker Bider se adentró en la selva con la guerrilla liderada por el Che.
Claro, había que tomar precauciones para cuidar a la bella joven. Por eso, los comandantes determinaron la pena de muerte para aquellos que se acercaran por la noche a la hamaca de la guerrillera.
Cinco meses después, en Vado del Yeso, la muerte acabó con los sueños de Tamara de llevar la revolución a su Argentina natal. Y allí, en las márgenes del río Grande, donde cayó, el poeta camireño Arnulfo Peña decidió darle nueva vida: Esta vez a través de un poema que transformó a la guerrillera en “La flor que surgió del río Grande”.
UN INFORME SECRETO
Mercy era el nombre secreto de un miembro masculino de la inteligencia cubana —hasta ahora no se conoce su verdadera identidad— que llegó a La Paz para verificar la posibilidad de que Tania hubiera sido detectada “por el enemigo”, evaluar su trabajo y enseñarle nuevas técnicas de espionaje. A continuación, parte del extenso informe que Mercy envió a La Habana en enero del año 1966.
“Es necesario señalar que la compañera Tania es una persona tal vez demasiado económica y tuve que obligarla casi a que se comprara ropa para salir, ya que no tenía ninguna y al hacer sus compras siempre lo hacía por consejo mío. Pero eso sí, tratando de comprar lo más barato. Yo le llamaba la atención: ‘Vos no sos económica, sino miserable’. Así la convencía, no sin que antes me diera una charla política de lo mucho que le costaba a Cuba conseguir los dólares. Esto la hacía ante mí más agradable”.
La Red
Si bien Tania jugó un papel fundamental en la preparación de la guerrilla, no fue la única que tenía labores en La Paz. Según datos del periodista Carlos Soria Galvarro, al menos tres personas de avanzada del aparato cubano se hallaban también en esta ciudad. El más importante era Renán Montero Corrales (Iván). Además, estaban José María Martínez (Ricardo) —el primero en llegar en 1963—, Harry Villegas Tamayo (Pombo) y el guardaespaldas de Guevara (Tuma). Ya en la guerrilla —narra Soria Galvarro— ser la única mujer del grupo le trajo serios problemas. “Tania se quejó al Che de que Ricardo se la quiso chingar —hacer el amor—, según el diario de guerra de Pombo”. Luego, una enfermedad que Tania contrajo en la selva hizo que el grupo se demorara en su avanzada.