Desde el 6 de enero de 1494, día en el cual se celebró la primera misa en América, la Iglesia católica se ha constituido en la institución más protagónica de la historia del nuevo mundo. Sin embargo, debemos admitir que dicha Iglesia no sólo es un referente espiritual de la sociedad latinoamericana, también tiene su alícuota parte en el quehacer político y económico, y en la hibridación cultural de la idiosincrasia tanto rural como urbana.
Así como también, debemos admitir que la evolución sociocultural ha patentizado nuevas modalidades de practicar, o, mejor dicho, nuevas modalidades de vivir la fe individual y comunitaria.
Los últimos 30 años han asomado unas tendencias seudoteológicas de raigambre sociológica, lindantes con la heterodoxia; me refiero a la teología de la liberación inficionada de fraseología marxista, y a las contemporáneas denuncias de violencia simbólica que postulan un anticlericalismo abierto, postulación que no es más que otra forma —muy embrionaria por cierto— de búsqueda y de reafirmación holística del ancestro.
No obstante, es oportuno recordar que toda religión en su aplicación dogmática, ejercita la violencia simbólica. Pero, puntualicemos la cuestión de fondo, y esto debe quedar absolutamente claro para quienes se solazan en desempeñarse como frailes de misa y olla. No son problemáticas de alambicada teología ni de sofisticadas doctrinas filosóficas y/o morales las que están en mesa, porque, definitivamente en América Latina, esas complejidades ni se entienden ni interesan.
Lo que está legítimamente en debate, es la posibilidad de abrogar la religión católica como religión oficial del continente, y permitir constitucionalmente la libertad oficial de cultos, lo cual no es ni herético ni cismático.
En consecuencia, la Iglesia católica ve amenazados sus seculares privilegios políticos y su desmedido poder económico, ésta es la madre del cordero. De manera que todo aquel rosario de argumentaciones acerca de la moral, la familia, los valores y un larguísimo etcétera, sólo son demagogia teológica.
Nos queda esperar que la Iglesia católica abandone su consabida actitud medievalista, inquisitorial, preconciliar, confundiendo deliberadamente sus intereses terrenos con su misión celestial. Además, en el acto de libre y responsable conciencia, mediante el cual opto vitalmente por ésta o por aquella otra forma de vivir mi fe, alcanza toda su verdad aquello de: ´muchos son los llamados, pocos los escogidos´.
Sin embargo, mientras los ineptos gobiernos latinoamericanos continúen acudiendo a la Iglesia católica para que les saque las castañas del fuego, el carácter y la influencia oficial de esta religión serán irrefragables.
*Marco Antezana es empresario privado.
Nadan contra la corriente
En ciertos personajes del actual Gobierno, cobran recurrencia aprestos de mono culturalismo indigenista con énfasis especial en la cuestión lingüística.
El factor indígena
Una de las principales premisas del actual Gobierno nacional es la de transformar las estructuras políticas y sociales del Estado, para permitir no solamente una mayor participación de sectores indígenas