“Me da pudor felicitarte porque eso no habla bien de nosotros, pero no puedo menos que sentir un cosquilleo parecido a la satisfacción ante lo que has logrado en estas últimas semanas.
Has armado tal batahola en la republiqueta que, si sigues así, pronto vendrán a visitarnos muchos de los que has logrado enemistar entre sí con saña furibunda.
Pensé que tus artes se limitarían a enfrentar a un poblado contra otro, a una región con la más lejana; pero no, lo que has conseguido va más allá de mis mejores anhelos. Has logrado que se peleen los del burgo con los del vulgo e incluso los de una callejuela y otra. Lo que a otros les ha costados copioso sudor durante años, tú lo has coronado en un tris.
Pero empiezo a pensar que cabe la posibilidad de que te estés extralimitando en el cumplimiento del deber y estés atizando hogueras, de tanto entusiasmo, incluso cerca de tus dominios. Y está bien que nos gusten las altas temperaturas, pero primero el deber y luego el placer.
Ahora veo cerca de ti bastante humo y tengo la impresión de que hay quienes quieren tus aposentos para sí; unos porque te superan en ambición y otros porque heridos por tu trato displicente y ensoberbecimiento —qué esperaban estos ningunillos— empiezan a merodear el resentimiento.
Eso me alarma. Porque una cosa es el desencantamiento que ya cunde entre algunos que te aplaudieron antes y otra cosa es que ellos pasen a la militancia contra ti. Si esto acontece, será difícil preservar tus murallas: los conspiradores estarán dentro.
Y de lo que se trata es que se peleen muros afuera, ¿me entiendes? Los pueblos, Escrutopo, se construyen alrededor del poder civil, del mercado comunal y de la Iglesia, mal que nos pese. Tú puedes pelear con el mercado y con la Iglesia, pero no contra los que te mantienen ahí adentro.
Pero si finalmente compruebas que la conspiración se ha emponzoñado cerca, antes que su efecto se desborde, debes proceder a una purga profunda, para deshacerte de quienes en frente te hacen la venia y en reserva murmuran. Empieza con los más peligrosos, los que saben más de ti que tú de ellos, por los tantos forasteros que hoy te ofrecen sus lisonjas. ¿Por qué habrían de respetarte y serte leales? ¿Qué han compartido finalmente contigo y que te hace suponer que algo más que el poder que empieza a resbalar entre tus dedos es lo que aprecian de ti? Cuando tus secretos se arrastren por la plaza, empieza por mirar a quienes dicen quererte sin que les hayas dado razón para permitirse tan oprobiosos sentimientos. Así, a los primeros que debes escrutar es a quienes llegaron al final desde lejos y profesan por ti una devoción sin fundamento; porque el día en que creas que la reverencia es personal y merecida, y no al poder que te desvela, habrás empezado a perder más que la razón.
*Álvaro Zuazo es periodista.
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