Es una hipocresía muy grande la que comete el Gobierno y sus altos jerarcas con la Iglesia Católica, y, sin embargo, el clero, fiel a su misión de encontrar caminos para la concordia y el entendimiento, hace como si no se diera cuenta de lo que, sobre la Iglesia, se piensa y se hace en las altas esferas.
El fariseísmo está en que, empezando por los primeros mandatarios y siguiendo por casi toda la “nomenklatura” masista, se declaran católicos cuando les conviene, juran y se persignan haciendo la señal de la cruz en un “te deum”, declaran, con impostura, que se casarán con la bendición de la Iglesia, y todo eso es mentira. Es falso, porque, fuera del templo, fuera de la vista de los sacerdotes, lo que impera para los juramentos es levantar en alto el puño izquierdo del marxismo ateo. Algunos, tibiamente, cruzan los dedos en cruz y otros se llevan la mano al corazón, pero esos son considerados blandos.
En un país donde el 90 por ciento de la población es católica, a los políticos no les conviene renegar de esa fe. Lo fariseo es que quieren aparentar proximidad a la Iglesia pero no tienen empacho en profesar credos precolombinos, que, para colmo, los están inventando ahora. Sabemos que el sincretismo religioso ha existido siempre en Bolivia. Es decir que las grandes festividades nacionales son una mezcla de catolicismo y paganismo. Muestra de eso son los “ofrecimientos” a las vírgenes o a los santos, nada más que un buen pretexto para dar rienda suelta a los excesos del alcohol, el baile y el sexo.
En los últimos meses nos encontramos con situaciones que, verdaderamente, desnudan esa fe católica que dicen tener algunos de quienes gobiernan. Se pretende eliminar las materias de religión en las escuelas públicas y privadas, con unos argumentos trogloditas y arcaicos, llenos de rencor, que apuntan a derrumbar una religión que, dicen las autoridades, llegó con los conquistadores españoles para subyugar cruelmente a los neófitos. Y no faltan quienes repiten lo que oyen desde el Palacio: la Iglesia es oligárquica, rica, inquisitorial.
Pero, además, ya se están planteando políticas para arrebatar los bienes eclesiásticos. Se intervienen recintos de socorro, como el de Copacabana y otros, pero, además, los marxistas embozados y fariseos, ya están anotando qué tierras se le puede arrebatar al clero, seguramente que, como en el oriente, aquellas que sean “improductivas y no cumplan una función social”. Es decir que hasta los curas ya son terratenientes para el MAS.
Sin embargo, si se produce una crisis, si el Gobierno no sabe cómo salir de un trance difícil, llama a la Iglesia. Y entonces corren los sacerdotes a Huanuni o donde sea llevando su palabra de concordia, buscando la pacificación, el cese de la lucha armada, sin importarles que haya rifles máuser bajo los ponchos.
*Manfredo Kempff es escritor y diplomático.
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