Cuando un Gobierno empieza a sentir que no alcanza a cumplir las espléndidas y fáciles promesas de su campaña electoral y esto le ocasiona un progresivo deterioro en sus niveles de popularidad, el primer recurso al que echa mano es a las cortinas de humo. Consisten en utilizar los acontecimientos favorables, con o sin mérito propio, de manera que los medios de comunicación mantengan distraído al común de la ciudadanía. Más eficaz todavía, aunque más tendencioso es levantar sentimientos primarios —sean de entusiasmo o de revancha— en las grandes masas, gregarias y acríticas, con los que se las mantenga dóciles por un tiempo. Un tiempo en que el tal Gobierno debería focalizar su gestión a los problemas más serios y urgentes que se van acumulando.
La acumulación de problemas sería comprensible si considerásemos tan sólo la cantidad de asuntos que no se resolvieron a su tiempo. Como solemos decir, esto ocurre en las mejores familias. Convengamos en que no se puede pedir —como lo imploran casi todos los gobernantes con excesiva facilidad— que se solventen todos los conflictos existentes, de la noche a la mañana. Pero la ciudadanía tampoco suele tolerar sin la queja correspondiente la excesiva dilación en la gestión gubernamental. No invento nada nuevo cuando repito que la gente se está hartando de arengas ardorosas pero repetitivas e incongruentes; hastiada de marchas inútiles, improductivas y molestas para corear a los infatigables oradores oficiales, mientras que, nada de esto sirve para esclarecer la confusión en que vivimos. ¿Qué será de este país? ¿Un ortodoxo Estado Democrático y Social de Derecho o la jerigonza de un revolucionario Estado Pluriétnico Comunitarista Andino?
Si se trata de ´refundar´ la República de Bolivia bajo el signo bolivariano importado del Caribe, estoy seguro de que encontrará mucha resistencia, y no precisamente del imperio del Norte, más ocupado en otros conflictos mundiales que en los de la diminuta Bolivia, sino la resistencia del imperio ciudadano de esta Bolivia que no necesita ´refundación´ sino reforzamiento del auténtico sentido nacional y de las instituciones republicanas, de respeto a la heroica tricolor y no a la cuadrícula pluricolor de reciente invención. Más fraternidad y menos racismo.
La nebulosa cortina de humo nos impide ver claro el porvenir del país. La honorabilísima Asamblea Constituyente, con pretensiones de originaria, soberana y plenipotenciaria, navega en veleidades provincianas. Mientras tanto, no se define la dichosa ´migración´ de los contratos con las petroleras y las empresas afectadas ronronean la amenaza de dar la batalla con todo el instrumental jurídico nacional e internacional. Tampoco se aclara la últimamente anunciada ´renacionalización´ de la minería que ha puesto en alerta a las empresas que han invertido muchos millones en la industria del subsuelo. Tampoco se concretan los términos reales de la eternamente deseada explotación e industrialización del Mutún. Y naturalmente, siguen los altos índices de pobreza y desempleo, a pesar de que la coyuntura macroeconómica es envidiable. Recogiendo el sentir cada vez más generalizado, insisto: menos marchas y más labor, menos humo y más gestión.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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