Ya conocemos el largo circuito que han transitado los emigrantes bolivianos desde hace más de medio siglo. Primero, a Santa Cruz, a la zafra, para cortar caña y regresar a las tierras altas con algunos ahorros; después al norte argentino, también a pesadas labores agrícolas, pero para regresar luego con algo en la bolsa; más tarde los campesinos collas se desplazaron a la ciudad de Santa Cruz, esta vez para establecerse como comerciantes o realizando otros oficios de músculo; y finalmente a la ciudad de Buenos Aires, a San Paulo, Washington, y el último salto, al paraíso (¡cuidado con eso!): Madrid.
Escribíamos, hace poco sobre ´un país en estampida´, y eso es lo que sucede, por diversos motivos que no tienen que ver, exclusivamente, con este Gobierno. La demanda de pasaportes empezó hace mucho tiempo y el ingreso de bolivianos a Europa, también. Pero las colas en las oficinas de inmigración, las peleas y empujones en busca de un pasaporte, se están acrecentando día a día, porque, diariamente, la gente se está convenciendo que no va a encontrar empleo y muchos otros lo están perdiendo sin la más remota posibilidad de encontrar nada. Antes los bolivianos salían por centenares, ahora es por miles. La nación en estampida no se detiene.
Mucho menos se va a detener si el Gobierno quiere aplicar medidas burocráticas a la entrega de pasaportes, como sería el certificado de antecedentes policiales y la fotocopia legalizada del documento de identidad, para tramitar el documento de viaje. Menos mal que las autoridades se han dado cuenta del error y lo han enmendado, porque una emigración masiva, cuando la gente tiene hambre y está desencantada, no se detiene imponiendo requisitos mayores a los ya existentes. Las personas se darían modos de obtener el pasaporte, y, lo más probable, para burlar excesos, sería que la corrupción invadiera las oficinas encargadas de la tramitación.
Personalmente he visto lo que significa obtener una cédula de identidad. Colas, solazo, fotocopias, caras perrunas, certificados, para que a uno le digan, cuando todo parece allanado, que no nació donde nació. En mi caso, luego de una acalorada mañana y una tarde infernal, decidí irme a Santa Cruz en busca de mi carnet. En 40 minutos lo tuve en mi poder, pagando 17 bolivianos en valores y ni un solo centavo más. Si para obtener un pasaporte, me pidieran, además de mi cédula de identidad, fotocopia legalizada de la misma (¿para qué?) y certificado de antecedentes policiales, estaría lucido. ¿Dónde existe un expediente de cada ciudadano sobre sus antecedentes policiales? ¿Si no se puede encontrar, siquiera, un certificado de matrimonio?
Fuera de bromas, está bien nomás que las cosas hayan quedado como estaban y que los requisitos no sean más rigurosos. Porque a mayor rigor mayor control del Estado, y a mayor control del Estado menor libertad para los ciudadanos. Las naciones totalitarias se reconocen en las fronteras, como las democráticas también. Si el entrar o salir, en su propio país, está plagado de dificultades, quiere decir que hay excesivo control sobre el ciudadano, y de ahí a un Estado policiaco, ya no hay mucho trecho. Finalmente, el control en la identificación —y su manejo— es esencial para coartar las libertades.
Claro que si, además, la disposición descartada por el Gobierno, transgredía dos decretos supremos (como denunció un ex ministro de Justicia) y la tramitación significaba costos económicos adicionales a los viajeros, hay que agradecer que todo haya quedado en agua de borrajas y que sigan nomás las colas y los empujones de quienes se quieren marchar de nuestro país. Si algo no tiene remedio y no se puede detener es el derecho que tienen nuestros compatriotas de viajar a donde les plazca. Si los bolivianos hemos estado cercados durante años en nuestras propias ciudades y en los caminos, sería un abuso sin nombre que nos bloquearan de yapa en las oficinas de inmigración. Eso ya sería una arbitrariedad tan grande que sacaría de quicio a cualquiera.
*Manfredo Kempff es escritor y diplomático.
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