Como si Bolivia fuera una taza de leche, ahora, para colmo, nos están espantando con los anuncios de pandillas de forajidos, que, al parecer, están haciendo de las suyas en La Paz. Esto de las gavillas de maleantes —nativos y extranjeros— no existía hace algunos años, por lo menos en esta ciudad. En La Paz había rateros pero no ladrones. Los rateritos robaban focos, calzoncillos o camisas que secaban al sol, y los más avezados llantas de vehículos. Pero asaltantes de rompe y rasga, pistola en mano, dispuestos a balear o ahorcar, no existían. Eso sucedía en Bogotá, Río o México. La urbe más violenta en Bolivia, era, con ventaja, Santa Cruz, donde también llegaron mafiosos extranjeros y germinaron los propios, aventajados y entusiastas discípulos de Palmasola, una verdadera universidad del hampa.
Pero, ahora, el problema es La Paz. Se paran los pelos en punta de hojear los periódicos, o de ver la tele, porque desde ahí advierten, con el mejor propósito, cómo la gente debería defenderse de los malhechores. Todas las advertencias son buenas y deberían tomarse en cuenta, pero, ¿será posible enfrentar así a los gángsters? No sabemos cómo uno puede protegerse en verdad. Porque lo que les sucede a nuestras amistades —y nos puede suceder a nosotros— ya va más allá de lo tolerable. No hay semana que alguien no cuente que ha sido robado en su casa o asaltado en la calle. Pero, además, golpeado o amenazado con un arma de fuego o arma blanca. Y contra eso, al parecer, no sirven de mucho los muros altos, ni los alambres de púas. Daría la impresión de que lo único que hace desistir a los bandidos es la presencia humana en una casa. O un guardia en la puerta. ¿Pero quién puede pagar un guardia? En suma, dejar una residencia sin cuidado es invitar al robo. Lo que quiere decir que todos estamos siendo espiados por los pandilleros y badulaques malentretenidos que pululan en la ciudad.
Las empleadas pueden ser la solución o el desastre. Si son empleadas de muchos años y que ya forman parte de la familia prácticamente, las posibilidades de robo disminuyen notablemente. Si no lo son, uno no puede saber ni de sus antecedentes, ni de sus amistades, ni de sus aficiones. Entonces sí que es como ´dormir con el enemigo´. ¿Y los perros? Sirven si es que no tienen el sueño más pesado que los amos. O si no le embuchan una albóndiga narcotizada. ¿Y un revólver bajo la almohada? Eso es tan riesgoso que, por lo general, termina en drama.
No queda, entonces, sino tomar las cosas en serio, y encarar el tema con la familia, los amigos del barrio, los vecinos de la esquina, y prepararse para una defensa común. No queda otra que andar con los ojos bien abiertos para defenderse y, al propio tiempo, proteger al vecino. ¡Vaya consuelo el que nos queda!
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático.
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