La historia de Juancito Pinto es patética, en el siglo XIX, cuando tuvo lugar, fue objeto de exaltación patriótica, pero convengamos, que un niño muera en un campo de batalla, combatiendo, sólo dice mal de los generales, de los oficiales, y hasta de la soldadesca. Llevar a una batalla a un niño, lo fue y es una canallada. Juancito más que héroe fue una víctima.
Ahora bien, como parte de la celebración de su cumpleaños, Su Excelencia ha hecho, en el más feudal de los estilos, un regalo a los niños del país, a 100 bolivianos por oreja. Ha dicho además que, a nueve meses de gobierno, a nueves meses de matrimonio con Bolivia, se siente como ´padre de un millón doscientos mil niños´. El verdadero alcance de esa expresión no puede ser explicada por un psicólogo, sino que se necesitará un simposio de psicólogos (habrá que reservar los ambientes del Gran Mariscal para cuando la presente temporada llegue a su fin).
No sólo resulta de extremado mal gusto ese tufo entre monárquico y de dictadorzuelo de país tercermundista que celebra su nacimiento con una dádiva al pueblo, no sólo hiede a populismo del más burdo, con culto a la personalidad incluido, el combinar esta millonaria limosna con el cumpleaños del gobernante, sino que indispone que éste sea precisamente alguien que hace menos de una década, recién comenzó a pagar la manutención de un hijo luego de que el juez le obligara. Se necesita tener cuero para ahora posar como padre de todos los niños.
Aunque a cualquiera le caen bien unos doscientos bolivianitos, y si la familia está compuesta de seis niños, hasta se tendrá un monto que bien manejado, si se vive en el campo y se compra una vaca, podría garantizar leche para todos, el mensaje de pagar, de dar un aliciente a los niños para que éstos no abandonen la escuela, es absolutamente negativo. El Estado tiene la obligación de poner escuelas para los niños y los padres tienen la obligación de hacer que éstos vayan a la escuela; pagar a los niños para que éstos no la abandonen es no sólo una distorsión de valores y lo más antipedagógico que uno se puede imaginar, sino que resulta como un insulto a los pobres, porque se pretende que éstos son tan brutos y tan poco racionales, que no envían a sus hijos al colegio porque no ven ningún beneficio en ello, y que lo harán por esos 200 bolivianos, y finalmente es un absurdo porque los verdaderos problemas de deserción no se solucionan así.
No caigamos en la equivocación de comparar el Bonosol con este nuevo producto, el primero implica una dignificación de la tercera edad, éste cimienta la cultura del pedigüeñismo. El Ejecutivo está equivocado, si esto es revolución, yo soy Fidel Castro.
*Agustín Echalar es periodista independiente.
La fábula del estaño y el sésamo
De todas las historias que me contaron en la China hay una que me obsesiona y que la he referido más de una vez. Es la existencia de una ciudad que se llama, literalmente, “sin estaño”, U-Shi.
La burbuja indigenista
Todo el mundo sabe que América Latina está dando vuelcos alrededor de la izquierda totalitaria, la derecha retrógrada y los “centros”, unos más dextrógiros otros más levógiros.
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Ceder o romper
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