En los Andes, una persona tiene dos o más ajayus PRÁCTICAS • Jach'a alma, Jisk'a alma, Kamasa, "sombras", ánimo... En el mundo andino se cree que aún el cuerpo difunto tiene su alma.
TIEMPO DE RENOVACIÓN • Las wawas —hoy piezas de pan o t'antawawas (foto)— hablan del comienzo de un nuevo año (ciclo agrícola), pues noviembre era para los andinos el último mes.
En el mundo andino en general, que es donde más se ha estudiado el tema para el caso de las culturas que habitan Bolivia, las almas no son como aquella que concibe la religión católica y que está esperando en algún lugar el día de la resurrección.
El ánimo o ajayu, explica el investigador Milton Eyzaguirre, del Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Musef) viene de a dos, tres, cuatro, cinco por persona. El número varía según la región (Achacachi, Norte Potosí, etc.), como muestran las investigaciones etnográficas.
En la división más simple, y ya con una mezcla de nomenclatura, se habla de la Jach\'a alma y la Jisk\'a alma: una de ellas es apetecida por seres que asustan a los vivos para robársela. Hay mitos y ritos sobre estas pérdidas que, de no ser resueltas, pueden costarle la salud y hasta la vida a la persona (niño o adulto).
Pero, siguiendo con la cantidad, Eyzaguirre dice que se ha identificado contextos donde se cree en la presencia de tres ánimas. A las ya citadas hay que añadir a Kamasa (coraje), que se corresponde con la fuerza de un animal: por ello, alguien puede ser poderoso y absorbente, y otro tan tímido como un ratón.
En Achacachi, añade el curador del Musef, se habla de cuatro ´sombras´. Algunas de ellas pueden perderse sin afectar al individuo. En Viacha se habla de hasta cinco ánimas, aunque las investigaciones no han logrado identificar los nombres que se van perdiendo con el tiempo.
´En la sierra peruana, Peter Gose identificó, recientemente, siete ánimas por persona: tres de varones y siete de mujeres´. Según la que prevalezca, la persona será, por ejemplo, ´habladora´, es decir inteligente, pues ´en el mundo andino lo femenino no tiene connotaciones negativas´.
Todo esto que se relaciona con los vivos, tiene mucho que ver con los muertos y con el Día de Difuntos que se recuerda hoy. ´El cuerpo del fallecido se queda con un ánima, no todas se van. Por eso, los andinos solían (y suelen en algunos lugares) desenterrar los restos, cambiarles la ropa, comer junto a ellos, etc. Y por ello, en la octava de Todos Santos, se acude ante las Ñatitas que tienen aún su alma. ´Un chamankan puede visualizarla en el fuego y ver si es buena o mala´.
Ahora bien. Una de las ánimas —la que abandona el cuerpo— volverá el Día de Difuntos convertida en un Sullka Dios (dios pequeño). Su llegada es recibida con fiesta, pues se espera de ellas que bajen al subsuelo para ayudar en la germinación de las plantas y la fertilidad de los animales. Allí se quedarán hasta febrero, mes de la cosecha.
Augurio de buena siembra
¿Qué haría una t\'antawawa en medio de la muerte?, pregunta Milton Eyzaguirre. En la realidad prehispánica, las wawas (hoy de pan) representaban la esperanza, ´el nuevo comienzo´.
Esto, porque noviembre no sólo era el tiempo del regreso de las ánimas convertidas en sullka dioses, sino el final del año. En coincidencia con el tiempo de preparar la tierra, de la llegada de las lluvias, esos ´dioses pequeños´ arribaban para ayudar a que todo fructifique.
De allí la importancia del rito que los españoles, cuando lo conocieron, rechazaron espantados por considerar que era idolatría y adoración del demonio. Lo que intentaron tapar con la fiesta de Todos Santos.
En el campo, por ejemplo, en el Norte de Potosí y en Chuquisaca, se espera a las ánimas con música de pinkillo o chaja, instrumentos que suenan durante tres meses. Cuando llegue la primera cosecha (febrero), se despedirá a los colaboradores con tarkas o tokoro, ruido, etc., para que se vayan al otro mundo. Mientras, los ajayus que están en las tumbas, seguirán allí.