A lo largo del siglo XX, América Latina se ha caracterizado por ser una suerte de laboratorio, en el cual los experimentos políticos, sociales, culturales, económicos e institucionales se sucedieron en pintoresco guirigay.
El feminismo no ha quedado al margen de tal confusión, planteándose de manera extremista como una actitud acrimoniosa contra toda manifestación masculina. Pero, conviene precisar dos aspectos medulares:
Por un lado, el grueso de las filas feministas lo componen mujeres que arrastran protervos complejos y traumas originados en la carencia de afecto y de valoración, que las hacen ver al diablo con cuerpo de hombre, alimentando una visceral antropofobia y un abierto proselitismo lésbico.
Por otro lado, la cultura que genera la idiosincrasia femenina, y, consecuentemente, las características sicosexuales de la mujer latinoamericana, no hace otra cosa que fomentar un incisivo autosexismo, tan pronto como la mujer ve en el hombre un asidero para librarse de la miseria. La mujer, centenariamente subalternizada y condenada a un malinchismo totalitario, se inicia desde sus años adolescentes en una carrera por obtener holgada seguridad económica, sin reparar en los medios para lograrlo. Nos encontramos frente a un fenómeno en el que un plato de comida o un par de monedas pone precio a la delicuescente dignidad del sexo débil.
Blandiendo demandas que reflejan fracasos históricos, y que en la vida cotidiana parecen argumentar que igualdad de derechos es igualdad de vicios, la mujer no escatima en echar mano de las más temerarias prácticas de sobrevivencia a expensas del otro (el hombre), y utilizando su cuerpo como infalible carnada, en franca exposición sicalíptica, inicia la rapaz búsqueda y captura del soñado príncipe azul.
Por tanto, me pregunto: ¿el feminismo no quedará mejor consolidado y con mejor futuro social cuando deje de lado el victimismo mitomaniaco, poco fiable, quejumbroso —muchas veces cantinflesco—, y se postule desde la manumisión de la billetera masculina?
La supramencionada manumisión, es la única instancia desde donde se puede plantear un feminismo digno y dignificador, y evitar el actual nomadismo intelectual en el que se encuentra.
*Marco Antezana es empresario privado.
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