Bombos y vientos para festejar a los muertos de Sorata RURAL • Las puertas de las casas se abren de par en par para recibir a lugareños y forasteros.
VELAS Y FLORES • No importa cuán simple sea la ofrenda a los seres queridos. Este hombre, en Sorata, enciende unas velas en la tumba de un familiar en el cementerio del pueblo.
“Son ya las 12, ¿se han debido ir ya las almas, no?”, le pregunta Antonio Quevedo, de 74 años, frunciendo un mar de arrugas en la frente, bajo su calva, a Luis Jironda, de 79. Ambos están sentados uno al lado del otro, en sencillas sillas de metal, y la tranquilidad es la tónica. Los dos están ya más que acostumbrados a despedir a los muertos. A su alrededor, la mesa en honor a los que murieron —llena de dulces, bizcochuelos, panes y frutas— se deshace poco a poco y los platos llegan a los amigos y familiares de los difuntos como agradecimiento. La vieja casona de Sorata, donde conversan, festeja a los que se fueron.
Esta escena ocurrida ayer, común en cualquier otra parte de Bolivia, tiene sin embargo sus propias particularidades en este rincón del valle paceño. El ambiente acá es más hogareño. Nadie es considerado forastero y todo el mundo es bienvenido. Tanto es así que ya desde el 1 de noviembre las casas abren de par en par sus puertas para recibir a los grupos de pinquilladas, con sus bombos de cuero y sus vientos, que van de un lado a otro hasta el amanecer.
“La música es para transmitir alegría a los muertos”, dice Celso Santander. Por eso, no cesan en su ritmo fúnebre y, no por nada, son ellos los que hacen bailar a todo el pueblo.
Los hornos de las panaderías de esta localidad que roza el trópico, por su parte, no dejan de producir masas de diferentes formas. Y la esencia se mantiene también en esta actividad, pues, a diferencia con La Paz y las grandes capitales del país, acá todo es manual. Un ejemplo de ello es el horno de Tiburcio Chino, que lleva 14 años amasando. Allá, se siguen batiendo los huevos gracias al sacrificado trabajo de una sola persona que, ayudada por un par de correas de cuero que mueve de izquierda a derecha, permite que la crema para los bizcochuelos tome forma tras 60 minutos de meneo de manos. Entretanto, de vuelta al cementerio, el día 2 por la tarde, todavía con el son del sonido más andino presente, se forman grupos, círculos y la gente sigue la música junto a su pareja y, cuando la cerveza comienza a hacer perder conciencias, surgen las peleas.
“Pero éstas igualmente son parte de la tradición”, justifica el sorateño Édgar Iriarte.
Hoy, mientras, será otro día, con un acto que una vez más deja claro que a los muertos en este pueblo se los homenajea de otra forma. A media mañana, en el camposanto, falsos curas celebrarán un bautizo de muñecos. Lo religioso se mezclará con lo pagano. Y, a unos metros de distancia, en la carretera, las cruces recordarán con su silencio que los muertos no son cosa de unas horas, sino el pan nuestro de cada día.