Miguel Carrasco y Ángel Illanes reporteros gráficos de La Razón
Ni el cielo encapotado ni la amenaza de chubasco detuvo a nadie en La Paz y El Alto. Algunos dolientes llegaron desde pueblos lejanos sólo para llevar unos panes, un ají de fideo, una botella de cerveza y algunas flores. Una vela encendida y 10 bolivianos para que le canten una cueca. Todos sentados alrededor de la tumba hasta entrado el día. Esa fue la característica en El Alto.
Mientras tanto en la ciudad, las calles cercanas al Cementerio General fueron copadas por los parientes de los difuntos. No faltó la banda y el mariachi. El comercio tuvo un buen día, especialmente las floristas, las vendedoras de comida y las panaderas. En las periferias, era otra historia. Allí hasta los niños se organizaron para dar los rezos y cantar coplas a los muertos. Todo a cambio de un puñado de pasankalla, una fruta, una t’antawawa y, con suerte, algún peso.
Otra imagen mostraron los cementerios del Sur. La gente prefirió el regocijo y un mensaje al cielo. Las lágrimas no faltaron.