La cultura se ha hecho un sitio en la región gracias a las labores que Cepromin realiza desde hace más de dos décadas. Hoy, leer un cuento ya no es un sueño para los hijos de los mineros.
Texto: Inés Ruíz del Árbol Fotos: Miguel Carrasco
No leer lo que Bolivia produce es ignorar realmente lo que Bolivia es´, reza un cartel en la biblioteca popular de la comunidad de Tatasi. Mientras, ajenos al frío que se concentra en las minas y las casas con tejados de calamina, varios niños pasan la tarde completamente absortos en los mágicos cuentos y las historias que relatan los libros y sus fotografías.
Y es que son más de 600 los ejemplares hasta hoy catalogados en cada una de las 15 bibliotecas populares con las que el Centro de Promoción Minera de Bolivia (Cepromin) trabaja desde hace más de 22 años. Así, cuentos infantiles, libros de ciencias naturales, matemáticas, minería o incluso novelas policiacas y de ciencia ficción copan las estanterías de los puntos más recónditos de la geografía del país.
En estos lugares, a los que casi nada llega, se recibe una de las mayores riquezas del mundo: cultura. Y los jóvenes de poblaciones como Tatasi, Atocha, Ánimas y Siete suyos, entre otras, saben muy bien cómo aprovecharse de esta situación.
Una buena acogida
Cada jornada al salir de la escuela, al menos una veintena de niños se acerca a la biblioteca de su comunidad para realizar sus tareas escolares, compartir su lectura con otros compañeros o sumergirse en el mundo de los cuentos fantásticos.
Pero no sólo de jóvenes lectores se llenan estos espacios culturales, pues también los mineros asoman su curiosidad, sacando el polvo a los libros sobre cooperativismo, seguridad minera o historia. Y las mujeres no se quedan atrás. Son muchas las que sacan un rato para acompañar a sus hijos o para enriquecerse con las vidas inventadas que les regalan las páginas de color sepia de algunas viejas novelas.
En estas bibliotecas populares todos tienen cabida. Por ello, y a petición de la gente de las comunidades, se dan también talleres sobre las temáticas requeridas por la población, como la medicina natural.
Desde estos centros, además, se preparan actividades coordinadas con la escuela, como festivales de baile o de lectura. En estos eventos, los alumnos preparan alguna danza popular y la presentan a los certámenes, que se celebran con la participación de otras poblaciones.
Las valiosas colecciones de libros provienen de donaciones o de compras que hace Cepromin desde su sede central, en la ciudad de La Paz. ´Solemos adquirir los libros según las necesidades y las peticiones de cada comunidad´, explica Prima Ramos, una de las principales responsables de que esta iniciativa haya salido hacia adelante. Esta mujer de carácter firme ha elaborado ya un inventario de los libros que hay en las bibliotecas populares móviles, y se encarga, asimismo, de controlar que estos rincones sigan latiendo con fuerza en las comunidades.
Historia de las bibliotecas
Las bibliotecas comenzaron gracias a la iniciativa de los sindicatos mineros hace unas dos décadas, pues en esa época constantemente se solicitaba formación e información.
Por eso, los integrantes de Cepromin, tras una serie de diálogos con las poblaciones potosinas, pensaron en la idea de crear espacios para acercar la cultura y el pensamiento crítico a las comunidades.
Así nacieron las bibliotecas populares móviles, que desde hace seis años cuentan, además, con la financiación y evaluación de la organización española Iscod-Ugt, coordinada por Silvia Rincón, repre- sentante de la misma en Bolivia.
´Las bibliotecas son móviles para que los libros vayan rotando de comunidad en comunidad, para que todas las personas tengan acceso a los materiales, no sólo los de un recinto´, puntualiza Prima.
Con todo, en las comunidades donde funcionan bien las bibliotecas, los libros permanecen, para que la gente los pueda seguir utilizando.
En ese sentido, es fundamental la labor de Raúl Quispe, que trabaja con Cepromin desde hace 22 años y conoce los secretos de cada comunidad. ´El objetivo de la biblioteca es incentivar no sólo a los mineros, sino también a los estudiantes y a las amas de casa´, dice.
Por esa razón, desde hace unos cuantos años, se han añadido a las estanterías libros infantiles y escolares, así como otros especializados en salud y sobre medicina tradicional. Y ahora son los niños los que acuden con más asiduidad a estas bibliotecas, que prácticamente se han convertido en un centro de reunión para la juventud.
Es por esto que en cuatro de las bibliotecas, concretamente la de Llallagua, Aguas de Castilla, Atocha y Poopó, se han creado una especie de centros culturales con espacios más amplios y mayor equipamiento. ´ El objetivo —comenta Pablo Manzanares, técnico de Iscod— es que en las comunidades donde han tenido mayor acogida las bibliotecas éstas se conviertan en casas culturales para que se puedan realizar talleres y actividades con más comodidad´.
En el caso de Atocha, una comunidad que se caracteriza por su total compromiso con la iniciativa, esto es ya una realidad. Allá, hace poco, se ha inaugurado una casa cultural, donde está previsto que se comiencen a organizar varias jornadas culturales y círculos de lectura.
´Pero la inquietud nació en el distrito de Aguas de Castilla, donde se estaban dando clases de alfabetización y no existía un espacio acondicionado donde reunirse. De ahí surgió la idea de disponer de centros más completos´, comenta Pablo. En definitiva, se trata de que en las casas culturales se desarrollen actividades de educación no formal, para que se complemente de esta forma la labor que cumplen actualmente las bibliotecas.
Pero estos no son los únicos proyectos que Cepromin lleva a cabo en la región, ya que en su trabajo a favor del sector minero ha puesto en marcha toda una serie de acciones para promover el impulso y desarrollo de las comunidades. Entre los proyectos actuales, destaca uno sobre seguridad industrial para el trabajo en la mina, para lo cual se han formado a promotores que ya son operativos de manera autónoma. Y existen también otros sobre salud, a cerca de poder local y uno más sobre formación integral, que intenta dar a conocer los derechos de los trabajadores, niños y mujeres.
La labor de las bibliotecarias
Judith Ortega es originaria de Tatasi y trabaja como bibliotecaria en esta misma comunidad. Su jornada laboral se inicia a la una del mediodía y termina a las seis y media.
Cuando llega a la biblioteca, lo primero que hace es limpiar las mesas, y luego espera con paciencia a que lleguen los alumnos. ´Me piden el libro que ellos quieren y después hago el registro de los lectores, escribiendo su nombre, el autor, el título del libro y la ocupación´. Pero su trabajo no se queda ahí, pues Judith se ha convertido en un claro referente para los jóvenes de Tatasi, ya que casi todos se dirigen a ella cuando tienen alguna duda en sus tareas de álgebra o de inglés.
´Lo que más me gusta de mi labor es estar con los niños y estudiantes, y poder ayudarles´, confiesa entre el murmullo silencioso de los jóvenes estudiantes. En su biblioteca, entretanto, no todo es estudio, pues hay juegos de mesa disponibles, y algunos de ellos terminan por arrancar las carcajadas de los niños, de todas las edades.
En Atocha, la historia de Jorge Vargas es bastante similar. ´Yo trabajaba como promotor y cuando me cansé de esta actividad me vinculé a las bibliotecas, porque quería estar más cerca de lo que es Cepromin´, se sincera este hombre de carácter tranquilo al que cariñosamente todos llaman Coco.
En el centro en el que se ocupa, además, se realizan cíclicamente concursos de música, ajedrez o dibujo. ´Lo mejor de este trabajo es que estamos promocionando la lectura, porque acá se lee muy poco. Al principio no venían muchos, pero ahora tenemos de 30 a 45 lectores por día. Eso a mí me hace sentir orgulloso´, reconoce Coco con la misma mirada victoriosa de aquellos que han logrado alcanzar una cima que parecía imposible.
En Ánimas, otra de las comunidades mineras con biblioteca popular, los chicos están plenamente concentrados en un concurso de lectura. Norma Quispe es la encargada de manejar esta actividad, y de que se realice de un modo ordenado. ´Lo que más valoramos —analiza la bibliotecaria— es la lectura comprensiva. De nada sirve que lean rápido si finalmente no entienden lo que están leyendo´.
Esta tarea se realiza de forma coordinada con el colegio de la comunidad, y son los profesores de lengua y literatura los que más fomentan que dinámicas parecidas se lleven a cabo cada cierto tiempo.
Por eso, también de forma periódica, se celebran encuentros en los que se trata la formación de las bibliotecarias y la evaluación del funcionamiento de cada uno de las recintos . ´Lo único que tienen que tener las bibliotecarias es interés y ganas por hacer las cosas bien. Cuando uno muestra voluntad funciona todo´, apunta Prima Ramos, rebosante de convicción.
Y sus palabras, por ahora, parecen llenas de sentido, porque realmente en todas las bibliotecas la acogida de la gente del pueblo es bastante positiva, sobre todo entre los más pequeños y sus madres.
Con todo, durante el camino recorrido hasta llegar a la situación actual, Cepromin no siempre ha encontrado la aceptación de los habitantes de las comunidades.
Prima, con un toque de picardía, recuerda algunos de estos momentos. ´En una ocasión, nos estábamos dirigiendo hacia un distrito minero y los hombres nos decían con un poco de ironía que lo único que sabíamos hacer era lavar la mente a sus mujeres y a sus hijos. Pero nosotras reíamos, porque si hacíamos caso a estos comentarios iba a ser peor´, sonríe.
Pero lo habitual es que la gente acepte y agradezca la labor cultural que Cepromin está llevando a estos lugares. ´Cuando estamos en algún distrito, todos se muestran muy atentos y nos reconocen el trabajo, porque siempre hemos apostado por estas comunidades mineras, incluso hasta en los momentos críticos´, reivindica. En este sentido, se debe tener en cuenta que muchos de estos pueblos han permanecido olvidados por años.
Y ahora si uno se asoma al pequeño universo de humildes pupitres que conforman las bibliotecas populares, donde el conocimiento llega a todos, y observa en cada mirada curiosa cómo los libros parecen tener un peso trascendental, comprende enseguida que la cultura hace libre a los pueblos, y quizá también un poco más felices.