Para este pueblo amazónico, el paraíso se halla en las corrientes de los ríos. Su vida nómada acabó abruptamente tras el contacto con la cultura occidental. Hoy, estos indígenas pandinos han hecho de Portachuelo su hogar. Allí luchan por mantener su lengua.
Texto: Javier Badani Ruiz • Fotos: Pedro Laguna
Nalga redonda, nariz aplastada, cara de su papá, lorito hablador... ¿Cuál de estos nombres ele- giría usted para su hijo? La pregunta puede sonar insólita. Sin embargo, existe una comunidad indígena asentada en la amazonía boliviana donde escuchar estos nombres es común. Se trata de Portachuelo, localidad pandina donde habitan los esse ejjas.
Esta etnia, que hace décadas abandonó la vida nómada, es una de las culturas del país que lucha actualmente por resguardar los remanentes que quedan de la que un día fue una rica tradición ancestral, y uno de ellos es su idioma.
Constituido por unas 5.000 palabras, el lenguaje esse ejja —proveniente de la familia lingüística tacana— pervive de la mano de los más jóvenes, como Cuo cuo. A sus 16 años, esta adolescente, que habla con dificultad el castellano, consta en los registros oficiales como Marcia Santa Cruz. A pesar de ello, para sus amigos y sus familiares ella es simplemente ´lorito´.
Como Cuo cuo, la mayoría de los esse ejjas lleva plasmado en su nombre alguna particularidad de su apariencia física, que sirvió para nombrarlos después de su nacimiento. Otros, los menos, reciben su alias en honor al animal cuya carne se constituyó en el primer alimento de la madre luego del alumbramiento.
Paradójicamente, al menos una decena de los nombres esse ejja —que de a poco están dando paso a nombres castellanizados— sirven también a estos indígenas para insultarse entre sí.
Así de fascinantes son los hábitos característicos de este pueblo amazónico, cuyos aproximadamente 400 miembros, por otro lado, cuentan con sus danzas, sus leyendas y sus labores artesanales.
Sin embargo, no todo es positivo, pues el contacto con los vicios característicos de la cultura occidental —como el alcohol—, sumado a las carencias —falta de servicios básicos— y el olvido estatal —sin que haya un mantenimiento efectivo de las escasas vías de comunicación—, pone en riesgo la supervivencia de sus costumbres.
Sus vecinos, los tacana, conocen la problemática muy bien, pues hoy únicamente unos cuantos ancianos mantienen con vida su idioma y sus hábitos culturales. Cuando éstos mueran, con ellos se sepultará en la amazonía pandina la esencia de los tacana.
Un paraíso escondido
Ingresar a territorio esse ejja es toda una aventura. Luego de tres horas de navegación por el río Beni —disfrutando de las fascinantes flora y fauna amazónica—, sólo el ojo experimentado logra divisar el casi imperceptible ingreso al corredor de agua que conduce al cuey ecuia-sejjayo (cortes de río), el lago de este pueblo oriental.
Después, por unos 20 minutos, los visitantes deben arrastrar con una soga el bote por este improvisado corredor de un metro y medio de ancho con la ayuda de sus manos. Sólo así se llega hasta el lago.
Que los esse ejjas vivan cerca de cualquier tipo de afluencia acuática no es casual. ´Nunca encontrará usted un esse ejja alejado de un río... Es su espacio vital, su tierra prometida. Lejos de ella, muere´, asegura Ariel Limpias Olmos, técnico del municipio pandino de Puerto Gonzalo Moreno, donde se halla concentrado la mayor parte de este importante grupo étnico.
Así, por ejemplo, la pregunta habitual que se suele hacer tras una larga travesía —¿cuándo llegaste?— se transforma en la voz de los esse ejjas en: ¿cuándo te trajo el río?
Y cuando el tiempo seco mengua las aguas, sus pasos se dirigen hasta las grandes playas de arena del río Beni, donde pasan la mayor parte de la jornada ocupados en la pesca y en la búsqueda de huevos de peta (tortuga), apunta Limpias.
Los huevos de tortuga son muy importantes dentro de las costumbres de este pueblo oriental. Tanto es así, que muchos de los adultos aún mantienen la tradición de contabilizar sus años a través del número de temporadas de recolección de huevos que han pasado desde su día de nacimiento.
El abandono de la vida nómada, en cambio, ha obligado a los esse ejjas a aprender a cultivar plátano, arroz, maíz, yuca y frejol, productos que posteriormente son vendidos en Riberalta. Claro, debido a la falta de accesos camineros adecuados, para ellos es más sencillo llegar hasta esta ciudad beniana — en un viaje de más de 10 horas en pontón (embarcación rústica)— que a Cobija, la capital de su departamento.
El choque de culturas
Fueron las caudalosas aguas de los distintos afluentes amazónicos de la región los que trajeron a los primeros habitantes esse ejjas hasta Portachuelo hace más de 50 años.
Entonces, esta cultura sedentaria tuvo sus primeros contactos con el mundo occidental —en especial con sus enfermedades— y se inició de esta manera un obligado asentamiento en diferentes enclaves ubicados en el norte boliviano.
Calixto Mamio, de 68 años, recuerda que sus abuelos narraban como los primeros esse ejjas no conocían ni siquiera la existencia del machete o el hacha. Así, para trabajar la tierra usaban las manos.
Pero la llegada de unos religiosos norteamericanos del Instituto Lingüístico de Verano, en el Beni, y de la Misión Evangélica Nuevas Tribus, en Pando, transformó paulatinamente esa realidad, pues, amén de proveerles de instrumentos y técnicas de cultivo, el trabajo evangelizador permitió que la lengua indígena pudiera preservarse.
A pesar de ello, para algunos activistas indígenas esta influencia causó que se perdieran tradiciones milenarias de esta cultura como las ceremonias de carácter espiritual, las leyendas y los conocimientos medicinales, todos ellos reñidos con los cánones cristianos.
Hoy, Portachuelo se encuentra dividido en tres: Alto y Bajo, donde habitan los esse ejjas, y Medio, donde se distribuyen los tacana. La vida entre estas tres comunidades —en especial la relación entre esse ejjas y tacanas— no es sencilla. Por ejemplo, una de las razones para que aún la luz no halla llegado a Portachuelo —salvo por dos paneles solares— es la disputa de estas tres comunidades por instalar en su suelo el motor para generar la electricidad. Y como todavía no se define la polémica, los pobladores se resignan a usar velas artesanales o viejos mecheros a diesel.
Ser padre a los 14 años
Cuasa ca\'a (labio partido) madruga todos los días, sin excepción. Y es que esta mujer utiliza los primeros rayos de luz para elaborar, junto a sus cinco hijos que le ayudan habitualmente, tejidos artesanales.
Hojas de chonta, majo, motacú y plátano conforman el material para que Cuasa ca\'a teja ventiladores —para los 37 grados de calor son toda una bendición— y esteras de hasta tres colores. Estas últimas son realizadas en una semana y resumen la destreza manual de las mujeres esse ejjas. Luego, los comerciantes de Riberalta revenden las artesanías, que compran a unos 30 bolivianos, en más de 100.
Cuasa ca\'a enseña diariamente a sus hijos estas técnicas ancestrales del tejido, porque lo más probable es que ellos no terminen de cursar la escuela y comiencen una nueva familia al llegar a los 14 años.
Así lo asegura el profesor bilingüe Armando Callaú Tirina, quien sostiene que el porcentaje de deserción escolar entre los esse ejja es demasiado alto, al igual que el aumento de la población infantil.
´No dominan el castellano y, por eso, se sienten menos. Asimismo, desde sus 14 años los varones ya buscan mujer para dejarla embarazada. Por eso, hemos estado varios años sin bachilleres´, asegura.
Las palabras de Callaú se hacen carne al constatar que en la promoción del único colegio de Portachuelo existen únicamente tres alumnos, y todos ellos son tacana.
Para el misionero norteamericano Michael Riepma, la poca autoestima, pese a estar mejorando, frena el desarrollo de los esse ejjas.
´Antes, al que hablaba español lo llamaban \'el hombre real\' y cuando iban a interactuar con personas de tez blanca les llamaban \'gente\'´, explica el evangélico, quien lamenta que en la actualidad en las grandes poblaciones orientales, donde existen esse ejjas mendigando, todavía se los llame chamas, cuyo significado es nadie.
Pero sin duda es el alcohol el problema más preocupante entre estos indígenas y varios perdieron la vida debido al exceso de trago.
Con todo, a pesar de las dificultades, esta etnia amazónica lucha por mantener sus tradiciones vivas. Así, en la última versión del Festival de la Toronja Dorada —desarrollado en Gonzalo Moreno—, los esse ejja fueron los que se llevaron una mayor cantidad de trofeos.
La más contenta al finalizar el evento fue Cuo cuo, elegida Miss Toronja 2006. Y ahora Lorito no deja de sonreír, ya que está segura de que la corona le permitirá cambiar su nombre por ´la mas bella´.
Vida
Si bien no existen datos demasiado precisos, se cree que las palabras esse ejja significan ´nosotros hombres´. Este pueblo vive en la actualidad en el norte de Bolivia y en el sudoeste del Perú. En el país, los esse ejjas habitan principalmente en Puerto Gonzalo Moreno (Pando), en Rurrenabaque (Beni) y en la localidad que está al frente, San Buenaventura (La Paz). Sus hogares son elaborados artesanalmente con la madera del chuchio y la hoja de cusi, pero lamentablemente las comunidades no cuentan con los servicios básicos indispensables, lo que hace que se produzcan más enfermedades. En su lenguaje, conformado por unas 5.000 palabras, no existe las letras u, rr, b y d. Este idioma, por otro lado, se caracteriza por sus palabras, que son casi siempre largas y guturales.
El nuevo testamento
Minijje ba\'eca cuana queajeanee acue jiquuio ecua miya queajea jjabaquiani jama. Así se traduce en esse ejja el versículo bíblico que reza: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Este párrafo forma parte de la traducción del Nuevo Testamento en este idioma nativo que fue desarrollada hace un tiempo con el objetivo de evangelizar por los misioneros norteamericanos Michael Riepma y su esposa, Chela. Ambos trabajaron durante ocho años en dicha traducción, de la que salieron publicados 3.000 ejemplares de 855 páginas cada uno. Los esposos Riepma llevan 20 años trabajando en la zona de Portachuelo, donde desarrollan su intensa actividad evangélica.
Y confiesan que ganarse la confianza de los esse ejjas fue duro. Sin embargo, el llegar a conocer bien el idioma de la etnia se convirtió en un desafío para la pareja y sus hijos. Y para ello dedicaron cerca a 3.700 horas en un lapso de año y medio. Actualmente, todas las noches, hacia las 19.30, Riepma lleva a cabo sus reuniones religiosas con los fieles esse ejjas, los que no sobrepasan la veintena. Con todo, para la pareja esto representa realmente un éxito.